martes, 14 de agosto de 2018

Mitología e imaginería de María Lionza




Por Daisy Barreto
Universidad Central de Venezuela

En el lapso que comprende estos últimos cincuenta años, de 1939 a 1989, en la tradición escrita han aparecido múltiples variantes de dos versiones del mito de María Lionza:



La más antigua que hemos encontrado en la revisión de las fuentes hemerográficas data de 1939 y es una historia mítica que atribuye a María Lionza un origen indígena. Ella es hija de un cacique de la tribu Caquetia o Jirajara, que habitaban en tiempos prehispánicos en la región de Nirgua en el estado Yaracuy.




Debido a que su padre no quiso sacrificarla al dueño de la laguna, fue recluida en un bohío hasta que se hizo mujer. En un descuido de sus guardianes se aproximó a la orilla de la laguna y el dueño. al verla la rapta. Ella se convierte así, en un encanto femenino, en la culebra anaconda, que habita en el fondo de las aguas, de las que sale transformad en una gran sierpe, con características de dragón.



Otras veces aparece en forma de una gran mariposa de tonos azulados, o como un venado blanco, o como una mujer de bellos atributos femeninos con los que encanta a los campesinos y cazadores que se adentran en la montaña, Ilevándoselos al fondo de las aguas donde tiene su reino. De esta versión encontramos hasta hoy múltiples variantes en la tradición oral, pero los relatos mantienen en su estructura estos elementos.

La segunda versión del mito comienza a aparecer en la tradición escrita, a partir de los años sesenta. En esta versión, encontramos tres variantes: 1) María Lionza es la hija de la unión de un español y una india, 2) es hija de un matrimonio español y 3) es la hija de un negro africano y una mujer española. En todas estas versiones hay un rasgo invariante y es que ella todavía niña o después de hacerse mujer se pierde en la montaña de Sorte, en el estado Yaracuy. Esta montaña, desde mediados de este siglo pasó a ser el lugar sagrado de reunión de los creyentes, donde acuden de todas partes del país y, más recientemente, de otros países hasta donde ha llegado su influencia, como Colombia, Trinidad, Curazao República Dominicana y Ecuador. En esta montaña la niña o mujer se perdió y la raptó el adueño. de las aguas, o el «encanton que en ellas habita. En otra versión del mito se cuenta que fue criada por una Onza, (mamifero carnívoro semejante a la pantera, que se dice es domesticable), bajo cuya protección se crió. A partir de aquí, ella se transformó en La Reina, María Leonza o María Lionza. La diosa virgen, madre de las aguas, dueña y. señora protectora de la naturaleza virgen que prodiga ternura y protección a los hombres, pero puede castigar y traer también la muerte y la desgracia. Con ella se hacen pactos para obtener bienes que van desde el dinero, la salud, el amor, el trabajo, la suerte en los juegos, etc.



A la versión del origen blanco, español, se la ha querido dar una fundamentación histórica a partir de un documento de archivo que se dio a conocer por los años sesenta. Se trata de un documento sobre una Encomienda de indios de .nación Guamontey y Jirajaras que fue asignada al pueblo de Santa María de la Victoria del Prado de Talavera, en el Yaracuy, y que la tenía el mulato Simón Díaz, quien al morir le sucede su mujer Doña María Alonzo, a quien se le proveyó en 1631 hacer posesión en segunda vida de la Encomienda de su marido. (Archivo General de la Nación. Encomiendas. t.v. 1945). Se dice que esta mujer encomendera llegó a ser muy rica, y que antes de morir dejó enterrados en la montaña de Sorte sus tesoros. Se asocia a partir de aquí, el espíritu de doña María Alonzo con María Alonza.

A través de la tradición oral; el mito y la creencia de María Lionza se remonta a los comienzos de este siglo. Diversos testimonios recogidos entre personas que vivieron a principios de este siglo, confirman la existencia de la creencia en María Lionza en el estado Yaracuy y en los estados vecinos desde esos años. Gran parte de estos testimonios orales fueron recojidos por los poetas, escritores e intelectuales Yaracuyanos, como Eliseo Jiménez Sierra, Manuel R. Cárdenas y Gilberto Antolínez, quienes las incorporaron en sus publicaciones a partir de los años 40. Algunas de estas historias míticas fueron contadas por sus progenitores o por los lugareños quienes decían, que en la Montaña de Sorte los campesinos y negros celebraban ritos a esta diosa.

El poeta yaracuyano Eliseo Jiménez Sierra comienza su poema a María Lionza, preguntandose por los orígenes de esta diosa:

Quién eres, di leyendaria?
de dónde llega tu acento?
Eres acaso la niña
-codicia de aventurerosque
huyendo un día al Rey criollo
sembró su vida en el cerro?
O Eres la Reina del agua ... esa de nube y misterio
que a la orilla de los ríos
adoraron otros pueblos?
Te pintan los que no saben
medir la luz de un secreto,
los que nunca en sus dominios
la belleza comprendieron, '
como una reina maligna,
dueña de un turbio dinero
que das a trueques de almas,
sin el permiso del cielo.




La imaginería poética y mitológica de ayer y de hoy, alrededor de María Lionza, se sigue recreando el misterio de sus orígenes, en la que ha predominado la imagen de ella como una hermosa india desnuda que derrocha sensualidad y encanto. Esta imagen se ha reforzado con la representación iconográfica: en la escultura, la pintura, en dibujos, tallas, grabados, también en los montajes para  teatro y danza, y en las composiciones musicales, que van desde la música folclórica, pasando por himnos, como el que escribió para ella el famoso cantante José Luis Rodríguez en el año 1963, cuando fue su adepto, hasta la pieza de salsa, con que la internacionaliza el famoso cantante de este género musical, Ruben Blades. 



La otra imagen de María Lionza que se asemeja a un retrato de una mujer española, con peinado, corona, aretes, collar y un traje al estilo de las reinas europeas del siglo XIX, la encontramos a partir de los años sesenta, aunque no podemos afirmar que no tenga una mayor antigüedad. A veces lleva un banderín en su mano izquierda que dice, protectora de las aguas. Diosa de las cosechas. Esta imagen de María Lionza como una reina española, junto con la de la escultura de Alejandro Colina (19521, en la que aparece montada sobre una danta, situada en la principal arteria vial de Caracas se han incorporado en todos los altares y santuarios.



Hace 30 años falleció el pintor de María Lionza




El 14 de agosto del año 1988 falleció en Caracas Pedro Centeno Vallenilla, pintor, dibujante y abogado venezolano, representante de la corriente Nativista en Latinoamérica.

Centeno Vallenilla falleció en medio de su faena creadora, a la edad de 89 años, dejando para la presente y futuras generaciones la estela de un valioso e histórico legado artístico.

Nacido en Barcelona, estado Anzoátegui, fue hijo de Melchor Centeno Graü y Hercilia Vallenilla Lanz. Hacia 1883, su familia se establece en Caracas.

El 25 de septiembre de 1913, formaliza su inscripción en la Academia de Bellas Artes, donde tendrá como profesores a Cruz Álvarez García en escultura, Antonio Herrera Toro en pintura y, tras la muerte de éste en 1914, a Cirilo Almeida Crespo. Este último (venido de Inglaterra y devoto prerrafaelista), ejercerá una gran influencia en su formación.

Siguió la carrera de Derecho en la Universidad Central de Venezuela, doctorándose en 1926, y al egresar de esta entró al servicio diplomático, su carrera diplomática le llevó a Roma, el Vaticano, París o los Estados Unidos.

En 1927, viajó a Europa, sirviendo en París desde 1932 y luego en Roma, a partir de 1932, en la representación venezolana ante el Vaticano. De 1940 a 1944 vivió en Estados Unidos.



A su regreso a Caracas, se consagró enteramente a la pintura y abrió una academia en su taller de la esquina de Mercaderes. Sus primeras exposiciones se celebraron en la Escuela de Música de Caracas en 1932, y en la Galería Charpentier de París, en 1933.







En la década de los cincuenta, fue contratado para realizar sus murales sobre la nacionalidad en el Palacio Federal y en el Círculo de las Fuerzas Armadas. Otras exposiciones: Fotografía Manrique y Cía., 1924; Ateneo de Caracas, 1943; Centro Venezolano-Americano, 1944; Galería Acquavella, 1964, 1965 y 1967; Galería Li, 1971; Galería Bernard, 1979. De manera póstuma y como homenaje, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas presentó una extensa retrospectiva de su obra en 1993.



Sus obras tienen una fuerte carga homoerótica, los temas que trató resaltaban los temas étnicos o mitológicos, mezclando lo religioso con lo pagano. Cuerpos fuertes y musculosos de indios, negros, mestizos o blancos, recordándonos en ocasiones a los dibujos de George Quaintance o Tom Finland.

Le gustaba concentrarse en la realización de sus obras, por ello prohibía que nadie le molestara en su estudio cuando trabajaba en su obra. Por este motivo fue encontrado muerto días después de su fallecimiento en agosto de 1988.



Participó en la primera y segunda exposición de artistas latinoamericanos residentes en Italia, y con su obra Brujerías, obtuvo una mención honorífica en la Exposición Internacional de Lieja en Bélgica. Con sus figuras pedestres de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Alonso de Ojeda y Guaicaipuro; así como sus obras El pequeño dios blanco y El trópico se inauguró la nueva sede de la Embajada de Venezuela en Washington en 1940.

Por su obra Canto olímpico del olivo y el fuego, con motivo de los III Juegos Deportivos Bolivarianos, obtuvo en 1951 la medalla de oro. Dos años después recibió el primer premio del Centro Literario Filosófico Arca del Sur de Montevideo por su Canto al hombre americano.






Pedro Centeno Vallenilla se considera uno de los responsables dentro del medio artístico de exaltar a través de sus obras, la figura de María Lionza y la valoración sobre el mestizaje, la identidad y el arquetipo de la Gran Madre que este personaje sugiere.





 Para muchos su pintura era exagerada e incluso fue catalogada de kitsch. Lo cierto es que las pinturas de Centeno Vallenilla desbordan erotismo, cierta picardía pecaminosa y un simbolismo surrealista.





Cuentan que en una entrevista a Salvador Dalí le preguntaron, quién pudiera ser el artista que lo sustituirá después de su fallecimiento, y al parecer, el maestro respondió: “En un país llamado Venezuela hay un artista de nombre Pedro Centeno Vallenilla”.



Pedro Centeno Vallenilla es considerado como uno de los responsables de enaltecer desde sus obras el mestizaje y la identidad nacional. El artista amaba pintar, y fue su vía de realización y expresión. Muchas fueron sus obras entre grandes lienzos y murales, y muchos también sus dibujos, pues dedicaba largas horas a reflexionar sobre la posición, las masas de color y los volúmenes necesarios para alcanzar el cuadro que en su cabeza ya había pintado.


sábado, 28 de julio de 2018

Machera, el robin hood de los pobres





Luis Enrique Cerrada Molina nació el 28 de julio de 1956 y murió el 1 de octubre de 1977 de veintiún años. Su familia de origen campesino se instaló en el barrio Santa Anita, al norte de la ciudad de Mérida. Cuando contaba con dieciocho o diecinueve, o tal vez más joven, viajó a Caracas, donde vivió por seis meses. Regresó de nuevo a Mérida, a su barrio y se hizo conocido entonces por sus andanzas criminales, convirtiéndose en el cabecilla de una banda. Su apodo, Machera, se debe a ser considerado por sus amigos, como atrevido, valiente, un hombre echado pa’ lante; este apodo se identificará luego con su culto.

Identificación con el muerto milagroso

Machera es uno de los muertos milagrosos más importantes de Mérida. Su tumba es una de las más visitadas diariamente en el cementerio de El Espejo y durante el Día de los muertos, el dos de noviembre, esta tendencia se acentúa. Gente de todas las edades se apresta a “saludar” a este muerto y a cumplir o solicitarle algún favor: “Ayúdeme en los exámenes, “socorra a mi mamá enferma”, “consígame esa casa”, “que me den ese dinero para el carro”, “gracias por aquel día que me sacó ese malandro encima” o simplemente “gracias por haber conseguido que esa niña tan bella se acercara a mí”.

También es venerado en el lugar donde murió, en el barrio Santa Anita, donde se hizo una pequeña capilla a su culto; además es venerado e invocado en los altares de María Lionza y de manera íntima o privada. Los devotos al culto no solo son numerosos, pertenecen a distintos grupos sociales: malandros, policías, estudiantes de todos los niveles, amas de casa, profesionales, viejitas, señores y uno que otro profesor de la Universidad.

Cada quién tiene un relato que contar sobre el muerto, ya sea sobre su vida o milagros; esto la acerca afectivamente a sus devotos, y así los relatos crecen tanto como su figura sagrada; un familiar cercano contaba: “… Era mi primo, nos llevábamos muy bien, viajamos junto a Caracas, era mi pana, por eso yo vengo siempre el Día de los Muertos y me quedo aquí con él todo el día, es una promesa”.

La fotocopia de su cédula la regalan o la venden los “guardianes de su tumba” como reliquia, objeto que real o simbólicamente estuvo en contacto con el muerto. También lo hacen con unas pequeñas piedras blancas, esas con las que se hacen los pisos de granito y algunas tumbas del cementerio. Sirven de protección a quienes las llevan consigo, preferiblemente se guardan en la cartera contra los delincuentes o atracadores; sirva para proteger a aquellos que con frecuencia salen hasta altas horas de la noche a beber y a divertirse. También son muy solicitadas las estampitas y su novenario, que contiene las oraciones que los devotos utilizan para rezarle, solicitarle favores y amparo:

“Protegedme, amparadme, liberadme de todo mal y peligro, consolad a los que sufren, dadnos la paz en nuestra casa y por donde vayamos, dadle la paz a los presos”.



SIGUE NUESTRA HISTORIA
Robin Hood o azote de barrio

Todos los relatos de los devotos señalan los rasgos del malandro: Robaba, se drogaba, se dice que mató a varias personas e incluso es acusado de violación. Whitman Chipias (1983), En su trabajo de tesis, recoge los expedientes policíacos de Machera, por los que fue acusado. Entre estos hay un apartado llamado “los elementos identificables de la personalidad” allí se anota que era “mitómano”, un rasgo curioso que nos hace suponer que era hablador, exagerado y mentiroso; en una palabra, un fabulador. Algo de esto seguramente tuvo que ver con su famoso apodo.

A sus acciones delictivas espectaculares se les agregan las caracterizadas por su solidaridad, encontrando varias anécdotas al respecto que alimentan el culto: “…una vez robo un camión de pollos y lo repartió entre su gente, entre la gente pobre”. “Robaba farmacias para darle medicinas a quien necesitase”, “le daba potes de leche a madres con hijos que no tenían plata”. Se dice que fue muy querido en su comunidad, “no se metía con su gente”. Su generosidad se ilustra en los relatos cuando se afirmaba que “robaba a los ricos para darle a los pobres”, es decir, un “Robin Hood”, como frecuentemente lo llaman los devotos.

Muerte:

La muerte de Machera y sobre todo la forma en que murió causaron gran revuelo en la ciudad. Murió tras una persecución digna del cine. Con ayuda de los vecinos, se montó por los techos de los ranchos del barrio hasta quedar encerrado en la casa de su familia y luego ser acribillado por más de cien balas, no sin antes haber matado a varios policías, a los que despojó de sus armas. Su muerte sin embargo es recordada tristemente. 






A pesar de ser un criminal en una de las estampitas hace hincapié en que dios lo perdonó:

“Con el permiso de Dios a quien rogamos te haya perdonado, porque bien sabemos que, a pesar de tus errores, dentro de ti había un alma buena y un corazón noble”.

Siendo uno de los delincuentes más buscados por la policía de la ciudad. La prensa de Mérida, luego de su muerte reseñó lo temido que era por su habilidad y el gusto por las armas. Dice el vigilante:

“Luis Enrique Cerrada era temido por su rapidez en el manejo de las armas de fuego, diciéndose que siempre portaba hasta 3 revólveres y abundante cantidad de proyectiles, tal como se pudo observar luego que se produjera su muerte, cuando agentes de la PTJ al requisar su ropa, se encontraron 20 proyectiles de revólver 38mm, un revólver oculto entre la bota derecha como refuerzo, más de revólver en el cual disparó sobre los PTJ”.

Tras su muerte estas armas se transformaron en relatos de un solo y mágico revólver, el cual, según se afirma, tenía “secreto”, es decir investido con poderes mágicos, este fue guardado como una reliquia, cuentan los relatos, por uno de los policías que lo atrapó. Esta impregnado del poder de Machera proveyendo beneficios a su poseedor.


Consideraciones finales:

El articulo descrito es el resultado final de una investigación realizada por el Licenciado en Historia y magíster en Etnología de la Universidad de los Andes, Francisco Franco, profesor del Dpto. de Antropología y Sociología sobre el culto. Escuela de Historia. Facultad de Humanidades y Educación. No tergiversamos el resultado de la mismas, solo adaptamos el artículo de acuerdo a los parámetros establecidos por Hechos Criollos para ponerlos a la comprensión de nuestra audiencia.
Johan Rivas



FRANCO, Francisco: Muertos, fantasmas y héroes. El culto a los muertos milagrosos en Venezuela.
Mérida, estado Mérida. Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y tecnológico (CDCHT),
Grupo de Investigación de Historia sobre las Ideas en América Latina (GRIHAL) y el Consejo
de Publicaciones de la Universidad de los Andes, 2009, pp.268-280.

jueves, 26 de julio de 2018

La imagen de María Lionza




...por Michelle Polanco y Luis Valero

Como una baratija, cual reliquia abandonada, yace la imagen de María Lionza en la Universidad Central de Venezuela. Vista como una guerrera, una diosa o incluso una reina ante los ojos de los indígenas y aquellos que la siguieron tanto en vida como en espíritu. Ahora, ante el desinterés de mortales y ciudadanos, su imagen tallada en cemento yace en la UCV, oculta y olvidada.

Según la leyenda, hace ya un tiempo atrás un chamán predijo que cuando naciera la niña de ojos extraños como el mar, habría que sacrificarla pues su venida significaría una desgracia para el pueblo. El día llegó en que esta niña de ojos extraños fue traída al mundo, y su padre fue incapaz de condenarla a muerte. Así que se armó de valor y decidió protegerla, ocultándola en una cueva donde nadie pudiera encontrarla, custodiada por veintidós guerreros que la vigilaban día y noche. Esta niña de ojos extraños creció, dejando atrás la creencia de ser una desgracia, una profecía malinterpretada, convirtiéndose en una mujer fuerte y decidida.

Con su tez blanca, larga cabellera negra y ojos peculiares como el mar, no era de extrañarse que fuera venerada por muchos y odiada por otros. Ella vivía para la naturaleza, entre los árboles y los matorrales; las actividades de los hombres poco le importaban, lo suyo era ser uno con la vida silvestre, vagando entre cerros y riachuelos, mas un día su gente no supo más de ella, se dice que lo último que vieron fue cómo su silueta se adentraba a una montaña para no ser vista más. Y desde ese día, su espíritu y su ser trascendieron el lugar. Ella era María Lionza, la diosa de la naturaleza, protectora de las aguas y las cosechas.

Desde entonces el culto hacia esta mujer tomó rienda suelta. Empezó como algo pequeño, siendo venerada por tribus de indígenas adyacentes al lugar en donde fue vista por última vez, entre las montañas de Sorte, del estado Yaracuy. Sin embargo, poco a poco el culto a María Lionza fue creciendo, abarcando toda la región del país venezolano.

Por ende, al ser una deidad aclamada y adorada por muchos venezolanos, en 1951 el escultor Alejandro Colina la inmortalizó para el mundo. El artista la esculpió como una mujer desnuda con musculatura atlética y rasgos indígenas, con los brazos alzados hacia el cielo sosteniendo en sus manos una pelvis femenina, sinónimo de la fertilidad. Su cuerpo se rige montado sobre una danta, y ante los pies de la criatura, ésta aplasta unas serpientes, alusión a la envidia y el egoísmo que acecha al mundo.

Midiendo 7 metros y medio de largo y pesando más de 15 toneladas, se alzó su estatua en la autopista Francisco Fajardo, para ser contemplada ante los ojos de transeúntes ciudadanos. Y así, la Diosa de Sorte, empezó su guardia fija noche tras día, que no terminaría sino hasta el día de su muerte, vigilando a los ciudadanos, aquellos caraqueños que día a día pasaban por donde sus ojos alcanzasen a mirar, a aquellos que de otras tierras caminaban también por allí; algunos con la única intención de contemplarla, ¿pues cómo apartar la mirada cuando por encima de sus ojos se yergue la imagen de María Lionza, fuerte como ninguna otra mujer, exótica, hermosa y salvaje?

Mas no sólo aquellos transeúntes que se acercaban a ella lo hacían sólo para observarla, muchos venían con ofrendas para ella, y eso a la Flor de la Montaña le encantaba. A sus pies dejaban siempre rosas y coronas, cual regalo mendigo ante una reina de su calibre. Aún así, ella no rechistaba, pues no había regalo más preciado para María Lionza que lo que la Madre Naturaleza le había dado.

Su piel era gris y descolorada, pero ella se las arreglaba y se adornaba cada día con sus más bellas flores y diferentes colores.

Pero el tiempo pasó y María Lionza empezó a ver las cosas cómo realmente eran.  

Al estar todos tan acostumbrados a que ella estuviese siempre fija en su puesto, lentamente la comenzaron a olvidar, ya no le traían rosas o coronas, ya no la contemplaban con el fervor de antes. Y entonces una realización hizo un hueco en su conciencia; tanto la habían elevado que paulatinamente no le quedó otro remedio que sólo contemplar la miseria y fealdad de la ciudad, y aunque su corazón fuese de piedra, no pudo evitar llorar.

Un buen día el mundo escuchó sus plegarías y contempló con certeza su dolor, esa mañana María Lionza ya no miraba hacia el frente, había amanecido mirando al cielo. De su vientre una herida larga y profunda salía, separándola de sus piernas que la ataban a la danta, que la ataban al mundo material que ya no la recordaba.

Desde hace mucho tiempo que la Diosa de Sorte no admiraba algo tan puro y tan hermoso como el suave y azul cielo que la desbordaba ante sus ojos, se sintió plena y pensó para sí misma que ya todo acabaría, que por fin se reuniría con los suyos y estaría de nuevo entre la maleza.

Pero a su alrededor sólo podía escuchar lamentos y voces llenas de miedo, como si su partida al mundo avecinara un mal augurio. Ella quería decirles que no preocuparan, que esto era lo que su corazón, aunque de piedra, más deseaba, pues este mundo ya no la hacía feliz, pues tarde comprendió que ese nunca había sido su lugar. Mas los hombres, tercos como siempre, no escucharon lo que ella decía. Y tomándola entre sus brazos, decidieron repararla. La trasladaron a otro lugar, y esta vez, no había cielo ni ciudadanos que contemplar. La Universidad Central de Venezuela, había escuchado decir que se llamaba al lugar, de la boca de dos personas que murmuraban a su lado.

Día tras día experimentaba con ella, insertándole vallas de metal que le atravesaban el torso de extremo a extremo, para juntarla de nuevo con la danta, aquella criatura que en antaño la protegía, pero que ahora se encontraba tan triste como ella. Su piel también lavaron, con fuertes químicos que arrancaban pequeñas partecitas de su cuerpo y cualquier suciedad que en su piel se incrustara.

Arduo fue el trabajo de los hombres, pero al fin habían logrado su cometido, curaron su herida y lustraron su piel, y en sus ojos vio su imagen reflejada: era hermosa de nuevo. Pero el hueco en su corazón no podían mancillarlo.

Resignada, pensó que la llevarían de vuelta al lugar en donde estaba, aquella avenida poco ilustre y tan transitada. Pero los hombres tenían un plan distinto para ella. No la habían vuelto a poner hermosa para que los ciudadanos la contemplaran, la repararon para ocultarla en lo recóndito de ese lugar, sin miedo a que volviera a malograrse.

Ya no contemplaría de nuevo el verde de los árboles, ni vería a los pájaros que sobrevolaban sobre ella. Ya no recibiría ofrendas, rosas ni regalos. Ni sentiría de nuevo el calor del sol abrazador sobre su piel descolorada. Sólo encierro y tormento la esperaba.

No tardó en llegar a sus oídos que el lugar donde ella solía hacer su guardia, otra copia a su semejanza la hacía. Lo más común, pensó ella, era que esa noticia la molestara y la hiciera sentir defraudada, pero francamente, ya no le importaba.

Todos los días María Lionza se despertaba con la esperanza de que se apiadaran de ella, si bien ya no pedía ser libre, esperaba que al menos la devolvieran a la avenida en donde estaba, pues la soledad la atormentaba. Incluso extrañaba la miseria y fealdad de la ciudad, pero sus plegarias nunca fueron escuchadas.

Hace ya diez años que el encierro se convirtió en su hogar. Sin embargo, la Diosa de la naturaleza no pierde la esperanza de que algún amanecerá de nuevo viendo al cielo, y que esta vez, tendrá libre albedrío de vagar entre las montañas. Aquellas que se encuentran en la tierra la vio nacer, su vieja Sorte, allá en el estado Yaracuy, para estar de nuevo con los suyos, y ser otra vez una con la naturaleza.



miércoles, 18 de julio de 2018

José Parra y la Diosa María Lionza






"Romance a María Leonza"




 ¿Quién eres? ¡Di, legendaria! 
 ¿De dónde llega tu acento?
 ¿Eres acaso la niña,
-codicia de aventureros-
que huyendo un día al rey criollo,
sembró su vida en el cerro? 

 ¿O eres, la reina del agua... 
esa de nube y misterio
que a la orilla de los ríos 
adoraron otros pueblos?

Yo no sé nada de historias.
Yo, que tal alba te quiero,
sólo sé que desde el fondo 
menos claro de los tiempos,
después de la Inmaculada 
eres la gracia del pueblo;
la que perfuma sus noches
la que madura sus huertos 
la que afina las guitarras 
y enluna a los limoneros,
la que humedece los labios
cuando los mira sedientos,
la que da fuerza a los hombres,
la que da espigas al suelo
 y dulzura a las mujeres 
en la fragancia del seno,
para que chupen los niños 
 tu cariñito materno. 

 Te pintan los que no saben
medir la luz de un secreto,
los que nunca en sus dominios 
la belleza comprendieron, 
como una Reina maligna 
dueña de un turbio dinero 
que das a trueque de almas,
sin el permiso del cielo. 

Pero yo que te he sentido
 como una novia en el pecho,
yo que he vivido en tu sangre 
y pernoctado en tus huesos, 
yo que sé como te agradan 
las fantasías del miedo,
voy a enseñar a esta gente
con voz amiga del pueblo 
lo que aprendieron mis ojos
 en "El Encanto" del cerro.

Nada de oscuras culebras 
 enroscadas... por asientos,
ni dantas para surcar 
largas noches de misterio,
ni personajes amargos,
ni pajarotes siniestros. 

Tu cerro verde, María, 
no es sino un poco de sueño;
allí solo puede oírse 
la tenue luz de silencio
 deletreando maravillas 
en los compases del viento 

Cuando llegué a tu morada, 
¡como surgiste al encuentro! 
¡Como te vistió de aromas 
la exaltación de mi verso! 
¡Que extraños ojos azules!,
¡Que río de luz el cuerpo!
¡Que palabras en los labios 
 mojados de sentimiento!
y ¡qué anillo la cintura! 
y ¡qué flores en el pelo! 

 Jamás mis años corridos 
vieron algo más perfecto. 
"Sorte" a tus plantas movía
su caminito de inviernos 
y en las piedras resbalaba
el agua de los recuerdos...

Allí reconstruí la historia 
que me contaron los viejos,
la que anda siempre en el aire, 
como un soplo de lo eterno.

Toda tu confianza un día
diste a un hombre predilecto
casas, terrenos, ganados
en su fortuna crecieron
y la provincia de todos
invadió sus documentos.

Viviendo como un patriarca
de los arcádicos tiempos,
fundó un hogar de diez sangres,
impuso audaz su derecho
y murió al fin de una sombra
que ignoraban los galenos

No dejó Escuela ni hospicio,
ni biblioteca ni templo,
elevadas ambiciones
jamás hubo en sus adentros,
pero sembró la comarca, 
dio trabajo en sus linderos, 
y se creyó campesino
y quiso un poco a tu pueblo...
Por eso no es tan desnuda
su historia en tu pensamiento.

Tras su partida en la noche
vino el primer heredero
y la región en sus manos
aró la tierra de nuevo.
Después llegaron los otros,
los que nunca la quisieron...
Desdibujaron tablones, 
aniquilaron vegueros
y cuando todo era polvo
ni adiós al valle dijeron.

Es aquí entonces, amiga,
donde regresas al cuento;
supersticiones antiguas
que surgen de tu reverso,
dicen que urdiste su fuga
y les borraste el dinero...

Y es que tú, lirio del agua,
y alegría de los besos,
sirena del caquetío,
y orgullo del romancero,
y Blanca Nieves del Bosque,
y espumita del lucero,
y canción de los bohíos, 
y esperanza de los tedios.

Tú que no puedes ver nunca
bajo este dombo de fuego
rumiando hambre a los hombres
en la bondad de tu suelo;

Tú que por dar a los tristes
de donde alzar el sustento,
te has afanado plantando
un estambre azucarero;

Tú maravilla del alba
y armonía del desvelo
y la mejor de las Reinas
cuando te nimba el respeto,
sabes también dar el paso
en los instantes severos...

Y así con fuerza de siglos,
a quien malquiere tus predios
lo desdeñas o lo arruinas
para que cunda el ejemplo.




José Parra, poeta yaracuyano (Chivacoa 1907 / La Victoria 1993) obtuvo en 1954 el primer premio en el concurso latinoamericano de poesía con el romance a "María Leonza", promovido por el Centro Literario Filosófico "Arca del Sur" de Montevideo, para escribir sobre un mito americanoEl nombre de la Diosa para entonces, difiere de cómo lo conocemos hoy día: María Lionza...