lunes, 23 de febrero de 2009

Doña María Alonso - María de la Onza del Prado de Talavera - María Lionza


(La diosa Yara, de Pedro Centeno Vallenilla)
Antes el mundo era distinto: la montaña era verde, las aguas y los cielos azules, purísimos, y los animales corrían libres…

En aquel tiempo seres humanos y dioses vivíamos mucho más cerca. La tierra era sagrada. Hablábamos con los árboles del bosque que, bondadosos, nos daban cobijo y sombra.

Ese era el tiempo en que los padres y las madres de la naturaleza nos enseñaron los secretos de la vida. Era el tiempo en que las serpientes arcoiris con ojos de fuego dominaban ríos y lagunas; y la danta y la onza y la mariposa cantaban canciones que crearon la poesía y la magia que entregaron como regalo a los seres humanos.

En esa época – tan antigua que se pierde en la memoria – vivió una hermosa princesa indígena amiga de todas las criaturas que habitaban la montaña y conocedora de las artes mágicas. Y cuentan las historias que su belleza era tal, que no sólo asombraba a los hombres. La princesa era tan bella, que uno de los dueños de las aguas, la gran anaconda que vivía en un lago en las cercanías de Nirgua, se enamoró profundamente de ella y decidió raptarla, y la arrastró hacia las profundidades para hacerla su compañera.

Pero los ancianos y sabios dioses se enfadaron tanto por el acto de la serpiente que la hicieron crecer e hincharse hasta que reventó y se transformó en el río inmenso que recorre la región. Y la princesa, en cambio, fue convertida en una diosa de las aguas y los bosques; habitante de un reino subacuático cuyo trono se enclava en lo más profundo del verdor de una inmensa montaña…

Y pasó el tiempo… y a las tierras sagradas llegaron los invasores, y hubo guerras y los dioses antiguos se retiraron a otros sitios. Y hasta hay quienes creen que ellos ya no viven en nuestro mundo porque los habitantes de aquel lugar fueron obligados a olvidar cómo hablar con los árboles, los ríos, y la serpiente y la danta y la onza.

Pero aquella reina – diosa y madre – decidió quedarse en sus ríos y su montaña. Y libró su propia batalla contra el olvido, y lo venció. Y tomó nombres distintos. Y tomó formas distintas, pero allí está…

Reina – siempre -, madre de la naturaleza, en su montaña inmensa y verde.

Por "Luzcaraballo", en: http://www.delirica.com/work/read/work=38533#