lunes, 30 de septiembre de 2019

El baile de las Turas






Entre el 23 y 24 de septiembre los estados Falcón y Lara se funden en una danza sincrética para invocar y o agradecer las buenas cosechas y la generosidad de la tierra y de los espíritus.

Dicha celebración combina la presencia de los pueblos aborígenes ayamanes y jirajaras, de los poblados limítrofes de Mapararí (sur del estado Falcón) y Moroturo (norte del estado Lara), con la catolicidad fundacional de nuestros pueblos mestizos. A pesar de llamar a estas actividades sincréticas y enmarcadas en el catolicismo, pues coinciden con la festividad de la Virgen de las Mercedes, al menos en Moroturo ésta “acción de gracias” se realiza en honor a la Reina María Lionza, deidad aborigen que se mantiene hoy día en la religiosidad popular venezolana.



En principio, hay que diferenciar entre dos tipos de baile de las Turas: las turas de Mapararí y Moroturo, las cuales tienen sutiles diferencias: Las turas de Falcón se inclinan por danzas de cacería, mientras que las de Lara, en el cerro de Moroturo (sector de Siquisique, capital del municipio Urdaneta), “poseen las características de una danza de cosecha ya que se baila dando acción de gracias por los beneficios obtenidos en los cultivos, especialmente el maíz, y la abundancia de agua recibida en el transcurso del año”. 



Fotografías de César Escalona






Reproducimos a continuación un material que resume esta festividad ancestral que sigue en el corazón de nuestro pueblo. 





Apuntes sobre Las Turas


Lectura del capítulo “Tres vertientes de Las Turas registradas entre 1990 y 1995”, del libro de Natividad Barroso García, Cuatro ensayos desde los crepúsculos, 2004, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A., pp. 145-161


Dice la autora que hay lugares en los estados Lara y Falcón donde se efectúan varios tipos de turas con sus variantes, según la ocasión y el motivo. Las Turas no es un simple baile, sino un rito mágico, una danza convocatoria espiritual. El término “tura” tiene varias acepciones: maíz tierno o mazorca de maíz tierno; instrumento musical hecho con carrizo o guasdua (a ese carrizo también se le llama tura), “tura hembra” y “tura macho”; danza ritual: “Baile de las turas”. Según la autora, se cree que antes de la llegada de los españoles había en el territorio del actual estado Lara un río caudaloso llamado “Tura” que desembocaba en el mar Caribe, cerca de Coro, en el lugar denominado Boca de Tura. En el Mare-mare del oriente del país hay una estrofa que hace referencia al baile de las turas:

Cuando murió Mare-mare 
los indios bailaron tura 
y después que lo bailaron 
les pegó la calentura



En su libro, Natividad Barroso cita un texto de Alfredo Jahn1 donde hace una descripción del baile de las turas. De allí extraemos algunas notas. Dice que se celebra en los meses de julio o agosto, época cuando el maíz está jojoto, tierno. Jahn habla del instrumento musical que da el nombre, de la preparación de la chicha de maíz previa al baile, de la organización de la fiesta por parte del cacique, del uso por parte de los hombres de una cuerda gruesa (hilos de algodón torcidos y encerados) colocada en la cabeza, de un metro y medio de largo, las mujeres llevan en la cabeza una corona de bejucos de caraotas, batatas y otros productos agrícolas. Luego Jahn describe las partes del baile:

Los hombres solos, a veces alternando con mujeres, forman un círculo, apoyando las manos sobre los hombros de sus vecinos. El centro de este círculo lo ocupan los dos tañedores de turas y el indio que hace de ciervo o venado, quien soplando por el agujero occipital dentro de un cráneo con carameras que sostiene con ambas manos delante de sí, e imitando los mugidos del ciervo salta sobre los bailadores amenazándoles con la cornamenta y tratando aparentemente de forzar el paso. Entre tanto los bailadores cantan y cierran sus filas para impedir la huida del furioso animal, balanceándose al compás de las notas arrancadas a las turas. (p.149)



Según algunos investigadores2 , son los indios ayamanes los más frecuentes practicantes del rito y con el transcurrir del tiempo los otros indios de la zona de Mapararí, estado Falcón, como los ajaguas, caquetíos, cuibas, gayones y jirajaras, se mezclaron entre sí. Los practicantes actuales del rito se consideran a sí mismos como ayamanes o descendientes de ellos.
Según Domínguez, en Mapararí se bailan dos tipos de turas, la pequeña, practicada en áreas campesinas, a la vista del público y transcurre durante dos días aproximadamente; y la grande, en las zonas montañosas, entre los parientes de los ayamanes. La pequeña la resume de la siguiente manera:

Limpieza del patio; construcción del palacio; ofrendas simbólicas; elecciones de mayordomos, ayudantes, reinas y músicos; denominaciones de los tonos musicales; instrumentos musicales; simbolismos de los movimientos danzarios practicados por hombres y mujeres; realizaciones de cortesías, ante el santo patrono (dueño del patio, en el reino de las ofrendas simbólicas del palacio, en el encuentro de los tureros invitados); botada de la basura; árbol de la basura; zumbado de los inviernos (bautizo o brindis de chicha de maíz al árbol de la basura); comida ritual delante de este árbol; repartición de las hojas verdes por los mayordomos y ayudantes; repartición de vainitas de caraotas sementales por la reina a los tureros agricultores; talismanes de lochas y medios; alumbrado del espíritu del árbol de la basura. Todos los acontecimientos integran, sin duda, un rito de carácter esotérico, ya que aquellos indígenas lo realizan en presencia de otras personas ajenas a sus creencias y costumbres tradicionales y no tienen nada de misterioso ni de secreto, más bien lo que contiene es un carácter simbólico fácilmente traducible a conocimiento común. (…) La Tura pequeña se celebra una sola vez en poblado cuando los ejecutores han obtenido una buena cosecha y durante los meses de septiembre y octubre, celebración ésta que se hace por invitación expresa de algún dueño de patio con el objeto de que los tureros tomen parte en determinadas fiestas patronales y cuyos gastos corren por cuenta de dicho personaje. (pp. 154-155)



La tura grande, Domínguez la resume así:

(…) escogencia por parte del Capataz Mayor de los sitios en donde deben encontrarse el Árbol-Palalcio, el Árbol de la Basura y el lugar en que tienen que practicarse los actos de La llora; ofrendas simbólicas de productos vegetales y piezas de cacerías; participación de siete capataces, siete mayordomos, siete ayudantes, siete grupos de danzantes; instrumentos musicales confeccionados con cachos de matacán y de venado, flautas de carrizo o guasdas y maracas agujereadas; simbolismos de los movimientos de la caza; cortesías y encuentros de los grupos de tureros que deben participar en las ceremonias rituales; botada de la basura; árbol de la basura, brindis de agua o carato de maiz al árbol de la basura; comida ritual delante de este vegetal y repartición de hojas verde por los capataces, mayordomos y ayudantes. Como se observa todo esto se lleva a cabo en forma más diferenciada que en la Tura pequeña o exotérica. (…) La Tura Grande, es celebrada únicamente por los descendientes de los Ayamán y de los otros indígeneas antes mencionados, sin que puedan participar en ella otras personas extrañas, y se efectúa en lugares selváticos especialmente seleccionados para ello. (…) La Tura Grande, conforme hemos visto en la parte descriptiva de este estudio, tiene un carácter marcadamente misterioso y secreto, lo cual nos hace pensar, con mucha seriedad, que se trata de un rito mágico, sólo conocido y practicado exclusivamente por esos grupos indígenas. (…) Las ceremonias de la Tura grande las practican aquellos descendientes indígenas en mayo, junio y julio, época en que los agricultores dan comienzo a la siembra del maíz y, en septiembre y octubre, cuando las turas o mazorcas de maíz alcanzan su plena madurez y se efectúa la recolecta de tales frutos. Dichas ceremonias tienen por significado, en primer caso, rogar a la Madre Naturaleza por la protección de las sementeras y, en el segundo, tributar pleitesía a los poderes míticos por haber logrado los celebrantes su objetivo. (pp. 155-157)

Natividad Barroso cita otro texto de Domínguez donde éste aclara el tipo de rito de las turas y con el cual ella coincide plenamente. Lo transcribimos a continuación. Las turas son:

 ...fundamentalmente un rito mágico, toda vez que en la secuencia de estos actos que integran la Tura Pequeña, la Tura Grande y La llora, se observa que constituyen un conjunto de hechos referentes a las creencias, costumbres y tradiciones de la comunidad humana descendientes de los indígenas Ajaguas, Ayamanes, Cuibas, Gayones o Jirajaras con el fin de afirmar esas creencias y obtener un beneficio de las mismas, en este caso alcanzar los favores de la Madre Naturaleza en salud física y mental y en bienes materiales. (p. 158)



Tres vertientes de las turas registradas entre 1900 y 1995

La pública anual al margen de lo cristiano a) Cuando el maíz está jojoto b) Cuando el maíz está “duro” o completo o maduro. Registradas en el cerro de Moroturo Se celebran de acuerdo con la recolección de la cosecha. c) “Lloras” Día de los difuntos en noviembre (aunque con algunos elementos cristianos) Registrada la de niños en El Palmar de San José, por Pozo Azul, en los alrededores de Moroturo

La pública anual sincrética (con incorporación de una virgen cristiana) Con la Virgen de Las Mercedes, la “Virgen de las lluvias”, en la fiesta patronal de Aguada Grande.* (Como la celebrada y registrada en Mapurarí) Se celebra el 23 de septiembre  *Las fiestas patronales de aguada Grande se celebran en honor a la Virgen del Carmen, el 16 de Julio de cada año. www.municipiourdaneta.com

La de todo el año al margen de lo cristiano (aunque con algunos elementos cristianos) a) Hay unas para promesas. Las hacen en sus fincas los “dueños del patio” Hay que hacerlas durante siete años seguidos. Registrada en Quebrada Amarilla. b) Todos los fines de semana. Registrada en la quebrada de Casa e Piedra. c) Variantes: “Sones” (no la tura completa), para peticiones o agradecimientos especiales. Registradas en Turagual y en El Palmar de San José, por Pozo Azul, en los alrededores de Moroturo)

Sin registrar (pero con testimonios orales). Tura oculta, secreta (p.161)

A la que asisten sólo descendientes de los indígenas. Aunque no participé en ninguna, tuve conocimiento de ella por comentarios hechos por los tureros informantes entre sí y por un turero que me informó algunos aspectos. a) Posiblemente dos fijas anuales: en abril o mayo para invocar por buenas cosechas y agua suficiente y en septiembre para agradecer por lo recibido. La pública viene siendo una representación de éstas, con la excepción de la parte de las “lloras” por los antepasados que sólo se hace en las secretas. b) Otras en cualquier momento en caso de muerte del capataz mayor; para la elección de los capataces, mayordomos y reinas de las turas; para ensalmer el manatín; para efectuar el embariquisamiento y probablemente, para otras necesidades urgentes de la comunidad de tureros.




Libro Encuentro con el folklore en Venezuela de Luis Arturo Domínguez, Caracas: Editorial Cincel-Kapelusz, 1992. Capítulo: Fiestas tradicionales. Fiesta de Nuestra Señora de Las Mercedes (Mapararí, Estado Falcón, 23 y 24 de septiembre). Págs. 67 y 68

En las fiestas patronales de la población de Mapararí se practican los actos rituales de la danza de Las Turas, vivencia de un rito Ayamán. Estos mismos actos rituales se practican en otras poblaciones del estado Falcón y en el norte del estado Lara. Toda esta región se conoce como “zona de las turas”. Dice el autor que los tureros son hombres y mujeres que participan en este rito con un carácter funcional y creyendo que con esas ceremonias lograrán obtener de la Madre Naturaleza buenas cosechas, abundante cacería, miel de abejas, productos silvestres, plantas medicinales y el bienestar colectivo de la comunidad indígena.
“La “banda de músicos” está conformada por seis personas: dos cacheros mayores,dos cacheros menores y dos tureros que suenan sus cuernos de matacán, y venado y flautas de carrizo y guasdua. Cada uno de ellos, al mismo tiempo que sopla su aerófano, sacude con tembloroso ritmo su correspondiente maraca de taparo. No es raro que por invitación del “dueño del patio”, intervengan en la danza, varios grupos de tureros, entonces el número de músicos no está limitado.
El vestuario es sencillo, sin ropas especiales. Los hombres usan pantalones, camisas, alpargatas o zapatos y sombreros. La Reina de las Turas, luce un vestido habitual, chinelas de cocuiza y una corona de cartón pintada de verde y adornada con ramas y vainitas de caraotas; además lleva un letrero que la identifica: Reina de las Turas. Los danzantes asisten por invitación de algún dueño de patio. A estos se suman otros pobladores con el fin de divertirse o como observadores. “La danza de las turas es colectiva y se compone de dos circunferencias: la que forman la línea de los seis músicos tureros (interna), que constituyen la primera rueda que danza alrededor del Palacio o Árbol de la Comida y andan sueltos, y la de los otros tureros y demás participantes del público presente (externa), que forman la segunda rueda en torno de los músicos y del palacio quienes, tomándose por hombros y cintura, se mueven pausadamente siguiendo los mismos vaivenes de los músicos. Estos giran durante algún tiempo de derecha a izquierda y, al escuchar la orden de “¡un grito de cazadores!” dada por el Mayordomo-Jefe de Campo, giran de izquierda a derecha, dando tres pasos hacia adelante y tres pasos hacia atrás, sin dejar de moverse alrededor del palacio o árbol de la comida”
Libro La cerámica de la luna y otros estudios folklóricos, de Miguel Acosta Saignes. Caracas: Monte Ávila Editores, C.A. 1990 (1° edición, 1962)



Al comienzo Acosta Saignes hace referencia a los autores que han registrado Las Turas: Juan Liscano en 1945 publicó una grabación de la música. Incluida en un álbum editado por el mismo Liscano y Charles Seeger, Folk Music of the Americas. Album XV. Venezuela Folk Music. Washington: The Library of Congress, 1949. Liscano también publicó “Música, Cantos y Danzas del Pueblo Venezolano”, en Venezuela, 1945, p. 485. (referencias de pié de página del libro). Cita un texto del mismo autor donde se describe la danza y también cita la opinión del músico Eduardo Lira Espejo, quien participó en esa investigación, cuando sostiene que “La música no revela influencia alguna, quizás es la más pura expresión musical indígena que se conserva en Venezuela”. Continuando con las referencias de autores, Acosta Saignes transcribe un texto de Lisandro Alvarado, tomado de Datos Etnográficos, en el cual habla del baile; de Francisco Tamayo, de Luis Arturo Domínguez, quien presenció la danza en Moroturo, en 1917; de Silva Uzcátegui en la Enciclopedia larense; de Alfredo Jhan en su descripción de la danza -texto que ya fue citado por Barroso en líneas anteriores-. Dice Acosta Saignes que se notan algunas diferencias en las descripciones de las coreografías observadas por los investigadores anteriores y las que él mismo registró en marzo de 1949. Además no hay acuerdo acerca de la procedencia exacta: para Liscano el origen es ayamán-gayón y para Arcaya, jirajara-ayamán, al igual que Oramas, en cambio Lisandro Alvarado la ubica simplemente como un baile de la región occidental de Venezuela. (p.75-78)



Posteriormente el autor revisa cuestiones generales apoyado en documentos del pasado colonial e investigaciones posteriores, particularmente en los estudios del folklore como rama de las ciencias antropológicas, el cual se vincula con la dinámica social, la historia de las transculturaciones y los procesos de asimilación y origen de rasgos culturales. (p.78-82) En lo observado por Acosta Saignes en Aguada Grande, en marzo de 1949, se nota la lectura del “Reglamento” -un escrito extenso-, hecha por el “Cacique”, quien lleva colgado en la muñeca un látigo con varios nudos. Luego éste se coloca en el centro del solar donde se realiza la ceremonia y junto a él comienzan los músicos a tocar las turas, los cachos y las maracas y se forma un gran círculo de danzantes integrado por hombres y mujeres sin ningún orden, con los brazos extendidos, colocadas las manos en los hombros de uno y en la cintura del otro (en posición de sigma). El círculo gira al ritmo de la música, en sentido contrario a las agujas del reloj, haciendo ondulaciones. “Era como una serpiente, que mordiéndose la cola, se moviese constantemente. La ondulación se hacía a favor de cierto vaivén que imprimían los danzantes al cuerpo y se volvía colectivo, por la forma de enlazarse”. El ritmo es de zapateo un poco arrastrado. Luego los músicos comienzan a moverse, realizando figuras distintas imitando una persecución, como si fuera una escena de caza: los cuernos de venado adelante, luego las maracas y cruzándose entre ello los tocadores de turas, como si fuera el silbido del viento. La danza continuó toda la noche hasta el amanecer. En la mañana, después de soplar las turas por el pueblo, volvieron a danzar con menos personas. Esta vez dos mayordomos tocaron las maracas en la ceremonia que actualmente se llama “cortesía”, “reverencia”, pero en el pasado debieron ser exorcismos e invocaciones. (p.82-86)

Acerca del contenido general del “Reglamento”, el autor cita a Liscano cuando dice:

En la redacción de este documento intervinieron, sin duda alguna, el Jefe Civil, el cura del pueblo y el patrón. Junto a indicaciones de carácter deliciosamente espontáneo, junto a un acento de entrañable y conmovedora sencillez en el que alienta el espíritu de la tradición, se observan promesas de fe religiosa que parecen emanadas del catecismo, conceptos oficiosos de respeto a las autoridades civiles y sobre todo, manifestaciones que benefician notablemente los intereses del latifundio...



El documento que analiza Acosta Saignes, editado en 1890, en la imprenta El Comercio de Coro, fue redactado -afirma el autor- por mandones y literatos regionales, donde se incorpora un cuerpo de regulaciones como seguramente fueron estos parlamentos en el pasado en las danzas indígenas del área del Caribe. En los primeros párrafos se alaba “la raza americana”. “Queda reconocido por nosotros -establece- porque así lo creemos, que el baile de las turas trae su origen de los indios... tenemos orgullo de pertenecer por abolengo a esta noble raza, y no a la africana, que indebidamente fue introducida a la América por los conquistadores europeos...” Luego dice que es una ceremonia político-religiosa para elegir capataces y obtener buenas cosechas. Lo cual, según Acosta Saignes, podría significar la elección de antiguos funcionarios indígenas. En el título segundo se hace un breve recuento de la historia de la danza, remontándose a la fecha de 1814 y se recomienda el ejemplo de sus sistemas democráticos en la elección de funcionarios. Dice el Reglamento: “...sepan que en una República como es la de Venezuela, es la voluntad popular la que hace todos los gobernantes y no la de un solo hombre; y que el Gobierno que surja legalmente, por la voluntad del pueblo, ese mismo pueblo debe respetarlo...” (p. 88-89).

En el capítulo tercero se establecen dos clases de tura: la llamada “chiquita” y la “grande” y se pautan las reglas de la organización presidida por el “capataz”, que en 1949 se le llama “Cacique”. En el título cuarto se recomienda reiteradamente el “orden” posiblemente relacionado con la abstinencia de bebidas alcohólicas, aunque varios autores han registrado el consumo muchas bebidas alcohólicas, de chicha y aguardiente. Los mayordomos están integrados por cuatro hombres y cuatro mujeres. En el Reglamento de 1814 el capataz ejercía la autoridad con el símbolo de unas maracas en la mano; en 1949 el “Cacique” solo tiene un látigo anudado. Cada mayordomo exigía a varios de sus dirigidos, llamados “cazadores” que presenten caza, pesca y artículos de recolección, como miel. Dice el autor:

Una de las atribuciones de los mayordomos era la de conseguir el “bariquí” y “embariquizarse”, es decir, pintarse. El término se conserva entre los danzantes de “Las Turas” y, según se nos dijo, cuando realizan las ceremonias en los campos, usan para cubrirse, todavía, pieles de animales y se tiznan. Cuando salen a danzar en algún pueblo, solo algunos pocos adornos de los acostumbrados conservan, como las plumas que usó el “Cacique” durante el baile en Aguada Grande.

La danza de “Las Turas” es la supervivencia de un rito agrario, de una danza de fecundidad, conservada con fidelidad, tal como lo observó el autor en aquel año. Señala la importancia simbólica de la posición de sigma en el entrecruzamiento de los brazos de los bailadores, que según otros investigadores se da en otros bailes del Caribe, como el Maremare y que tiene que ver con su simbología eólica. Otra simbología es la ondulación en serpentina del círculo giratorio de danzantes, lo cual muchos pueblos han relacionado a la serpiente con la fecundidad y con la tierra. Esta danza dedicada a obtener fertilidad imita el movimiento de la serpiente al reptar.

Cruz Barceló, 2 de octubre de 2015
Fuente IPC

1 JAHN, Alfredo (1973). Los aborígenes en el occidente de Venezuela, Caraca: Monte Ávila Editores, citado por Barroso García, pp. 148-150
2 DOMÍNGUEZ, Luis Arturo (1984). Vivencia de un rito ayamán en las turas. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, citado por Barroso García, pp. 152 y153

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