viernes, 20 de febrero de 2009

ANIMAS EN ARGENTINA

La Difunta Correa

Deolinda Correa, antes de convertirse en santa popular, fue una mujer viajera, que no dudó en echarse a andar para rescatar a su marido. Y fue precisamente en la ruta donde, sin fuerzas, se dejó morir.

Hoy, los camioneros y conductores de autobuses la veneran como patrona, y solicitan su protección cada vez que salen a trabajar por los caminos de Argentina.

Ellos son, en gran medida, los responsables de la difusión del culto no sólo por regiones remotas del territorio nacional, sino también por los países limítrofes, entre viajantes que cruzan las fronteras con sus cargas.

"Ser camionero es un sentimiento, y la Difunta Correa también lo es. Ante la soledad de las grandes distancias, necesitamos a alguien que nos proteja", afirma Carlos Martín Díaz, al volante por más de 48 años.

El Día Nacional del Camionero, en noviembre, es jornada de reunión en el santuario de San Juan.

Ante la soledad de las grandes distancias, necesitamos a alguien que nos proteja
Carlos Martín Díaz, camionero

Con una caravana a paso lento y ritmo de bocinas, los conductores recorren los 70 kilómetros que separan la capital provincial del santuario de Vallecito.
Viajan con sus familias en pleno, cargan ofrendas y llevan una lista de pedidos para que "la Difuntita" les cumpla a lo largo del año.
Muchos tienen en sus carrocerías la imagen pintada de la mujer sufriente, con el hijo abrazado a su pecho, como signo visible de su devoción.

"Todo camionero va con la Difuntita Correa. Es una cosa increíble, yo vivo por ella", relata Díaz a BBC Mundo.

"Tuve varios accidentes, y me salvé por la Difunta, porque ella quiso... en uno de ellos, simplemente le entregué las llaves del camión y le dije 'Difuntita, vos guiame'. Me ha concedido muchos milagros", revela.

Carlos Martín Díaz participa en la caravana de camiones desde sus inicios.
"Mis padres me enseñaron que la Difuntita es de lo más milagrosa. Nosotros llegábamos con mal de ojos, sin saber qué nos pasaba, al santuario pequeño que estaba armado bajo un algarrobo. Ella nos curaba. Y ahora mire el santuario, es una ciudad...", agrega el camionero.

Como sus colegas de las rutas, Díaz celebra con la santa cada logro y adquisición: un camión nuevo, la posibilidad de trabajar durante la cosecha, la llegada a destino con buena salud, la protección ante los contratiempos del camino...
"Nos encomendamos a ella para que no nos asalten, también", dice Díaz.

Los camioneros devotos corrieron la voz de que la Difunta es "cobradora": el culto exige que se pague sin demora la promesa una vez esta santa intercede para su cumplimiento.
Si no, sus fieles creen que el enojo de la patrona puede manifestarse anulando el favor concedido, o bien cerrando toda posibilidad de un nuevo pedido.
En la Cabalgata de la Fe

Antonio Caballero, presidente de la Confederación Gaucha, organiza la Cabalgata de la Fe.
Otro de los momentos en los que el santuario desborda de devotos es el día de la Cabalgata de la Fe, una celebración de hombres de campo convertida en tradición por la Confederación Gaucha Argentina.
La procesión, que dura dos días, se repite desde hace 16 años. En 2006, fueron dos mil los jinetes participantes, a los que se unieron carruajes, tractores y otros vehículos.
Como dijo a BBC Mundo Adolfo Caballero, presidente de la Confederación, la figura del gaucho está directamente relacionada con los orígenes de esta devoción.

"A la Difunta la encuentran dos gauchos. Luego, los que popularizaron el culto fueron los arrieros y troperos que pasaban por el lugar regularmente. Primero los gauchos, y luego los camioneros: ellos son gauchos montados en caballos mecánicos, que continúan la tradición", afirma Caballero.

No veo incongruencia entre el pensamiento católico y la creencia popular. Si el pueblo tiene inclinación hacia estos santos, es porque hay un vacío en otra parte, ¿no?

Adolfo Caballero, presidente de la Confederación Gaucha
Además de gaucho por convicción, Caballero es abogado, ministro de la Corte de Justicia de San Juan, y devoto de la santa popular.

"Yo fui educado en una universidad católica, creyendo que estos mitos no tenían ningún valor hasta que fueran canonizados oficialmente. Pero el pueblo sabe... Yo sé que la Difunta es milagrosa, porque me lo contaron y porque lo viví", declara.
La creencia popular señala que, cuando se viaja por ruta desde San Juan capital hacia el este, hay que "hacerle una pasadita obligada" a la Difunta: entrar al santuario a saludarla, aunque sea sin bajarse del vehículo.

Para Caballero, este es un ritual ineludible: "Un amigo mío se reía, decía que eran puras pavadas de criollos ignorantes. Una vez, él pasó por el frente del paraje en un coche flamante, y no cumplió con la tradición. Créase o no, en una curva inocente tuvo un vuelco y casi se mata... Estuvo seis meses internado, y ¡le cobró un respeto a la Difunta! No cree en Dios, pero sí en la Difuntita".

Los gauchos devotos dejan sus herramientas: facones, boleadoras y estribos como ofrendas.
La patrona popular sanjuanina también marcó la historia personal de Caballero.

"Cuando el hombre necesita el apoyo de un ser superior, allí está ella. Mi nieto, que tiene dos años, está vivo de casualidad. Nació con una infección generalizada, y nosotros hicimos una promesa a la Difunta, rogándole por el chico... y está vivo, ahí lo ven", cuenta el abogado, visiblemente emocionado.
"No veo incongruencia entre el pensamiento católico apostólico romano y la creencia popular. No es un paganismo despreciable, y hay que respetarlo porque por algo nos aferramos a esta creencia", dice.
Y concluye: "Si el pueblo tiene inclinación hacia estos santos, es porque hay un vacío en otra parte, ¿no?"

fuente

EL GAUCHO GIL

Corrientes, tierra de esteros. Allí nació Antonio Mamerto Gil, un gaucho que conoció la guerra a edad temprana, cuando lo reclutaron para luchar en la campaña bélica contra Paraguay.
La leyenda dice que Gil vino al mundo en 1847, cuando las luchas civiles entre los celestes y los colorados tenían en vilo a los pobladores de la región del Litoral, en el noreste de Argentina.
Cuando el coronel Juan de la Cruz Zalazar citó a todos los hombres en edad de ser incorporados a la milicia, el Gaucho sintió que no podía salir nuevamente al campo de batalla.
En sus sueños, decía haber recibido una iluminación del dios guaraní Ñandeyara, quien le había revelado que los hermanos de sangre no debían tomar las armas para luchar entre sí.
Siguiendo el mandato divino, Gil se convirtió en un desertor del ejército: un hombre al margen de la ley que hizo del monte su hogar, y de la huida, su modo de vida. El Gaucho sabía que pagaría caro esta decisión.
El coronel Zalazar organizó una partida policial para salir en su búsqueda. El objetivo de las fuerzas del orden era detener al desertor, y llevarlo a la ciudad para juzgarlo.
El defensor de los pobres
Antonio Gil dedicó su vida en la clandestinidad a corregir lo que, según la misma revelación del dios de sus sueños, era un desajuste en el reparto de la riqueza.

Este gaucho nómada se convirtió, por propia convicción, en una especie de Robin Hood de las pampas: según la tradición oral, robaba ganado a los terratenientes de la zona para repartir luego su botín entre los más pobres.
No hay muchas certezas sobre cómo fue el final de su vida. Se dice que una patrulla lo halló durmiendo bajo un árbol, y lo detuvo de inmediato.
Él se entregó mansamente, conocedor del castigo que lo esperaba por los cargos de desertor y ladrón.
Entre los policías se encontraba un tal Velázquez, quien conocía y respetaba al Gaucho. Este veterano coronel decidió interceder por Gil, y se presentó ante Zalazar para pedir clemenecia para el detenido.
Zalazar le dijo que, si quería probar su inocencia, debía recolectar 20 firmas entre los habitantes de Mercedes, el poblado natal de Gil, que pudieran dar fe de las buenas intenciones del acusado.

Velázquez cumplió con la misión, pero el petitorio salvador con las firmas de los vecinos llegó tarde.
Los soldados ya habían llevado al reo rumbo a la ciudad, y lo habían matado en un alto en el camino. Todos sabían que, en esa época, ningún preso llegaba a destino para ser juzgado.


Sangre junto al árbol
Antes de morir, sin embargo, el Gaucho hizo gala de una facultad sobrenatural sobre la que luego se basaría su historia de santidad.
Según los relatos de la época, Gil miró a los ojos a su verdugo y le anticipó que su hijo caería gravemente enfermo.

"Cuando te den la noticia de su estado, tú reza e invócame para que interceda ante Dios por la vida de tu hijo", le dijo.

"Así, mi sangre inocente no habrá sido derramada en vano", agregó.

Luego, murió colgado de un árbol, cabeza abajo. La sangre que manchó su pañuelo de cuello se convirtió así en el símbolo de este personaje, que hoy es honrado con banderas rojo rabioso.


El presagio se cumplió esa misma noche. Cuando el policía llegó a su casa y halló a su hijo moribundo, decidió rezarle al Gaucho, darle digna sepultura y construirle una cruz con ramas de ñandubay que colocó sobre su tumba.

Allí, en el lugar donde se dice que Gil murió desangrado, hoy se erige el santuario en el que millones de personas que creen en sus poderes se acercan cada 8 de enero, en el aniversario del fallecimiento del gaucho de los pobres.

Con ritmo de chamamé

Junto a la ruta provincial 123, que une la ciudad de Mercedes con Corrientes capital, todos los 8 de enero se improvisa un multitudinario campamento.


Son los devotos del gaucho Antonio Gil, que llegan después de transitar cientos de kilómetros.
Muchos viven en los alrededores de Buenos Aires, y se han llevado con ellos la tradición de este culto campesino. Ahora, vuelven al pago para visitar el santuario mayor de este santo popular "en ascenso", que ha multiplicado notablemente su poder de convocatoria en la última década.
Mientras flamean las banderas rojas, toda la noche suenan los acordes del chamamé, un género folklórico característico del noreste del país que integra elementos musicales de los indios guaraníes con la tradición instrumental de los inmigrantes de Europa del este, llegados aquí en el siglo XIX.
No hay descanso para músicos y bailarines. El calor no cede, pero no hay devoto que se rinda.
Mientras corre el vino tinto, bebida apropiada para un culto en tonos de rojo, se escuchan los sapucay, gritos celebratorios que son parte de la cultura chamamecera.
"Al Gaucho se lo celebra con la tradición de nosotros, de los del campo", explica Miguel Angel González.

Yo bailo para él... Sé que me mira mucha gente [cuando bailo], pero mi espíritu, mi corazón es para el Gaucho

Maggie, devota del gaucho Gil
Su pareja de turno es Maggie, una devota que entiende que la pista de baile es mejor que los altares a la hora de dar gracias.
"Estoy lista para bailar, porque llevo una promesa de por vida. Yo soy una hija del Gaucho que ha vuelto a nacer. He luchado muy fuerte contra un cáncer, y aquí estoy, y para siempre, a la par de Antonio Gil", relata.
Entre canción y canción, agrega: "Yo bailo para él... Sé que me mira mucha gente [cuando bailo], pero mi espíritu, mi corazón es para el Gaucho".
Al galope y con banderas

Para conmemorar la muerte trágica, los seguidores de Antonio Gil participan en una misa, muy temprano a la mañana, en la parroquia de Mercedes.

Desde allí parten luego en procesión, a caballo, en vehículos de motor o simplemente caminando. Con atuendos colorados y banderas al viento, los devotos recorren los ocho kilómetros que los separan del santuario, y son recibidos por el tronar de las bocinas.

"Siempre fui devoto del Gaucho, por eso es que nos gusta desfilar todos los años", dice Raúl Sosa a BBC Mundo.

"Le soy fiel porque es muy milagroso para con el pobre. Acá somos todos allegados a él, porque él comparte los valores de las personas, de los humildes... Es que él era un gaucho humilde", reflexiona, mientras se seca las gotas de sudor que se deslizan debajo de su sombrero de ala.

Para Adolfo Maidana, quien llega montado en un zaino bautizado Chispazo, la visita al santuario tiene por finalidad agradecer un milagro concedido.

"Me habían robado mi caballo, y a los siete días lo recuperé. Cuando lo estaban por cargar, se rompió el camión donde se lo llevaban, y así lo recuperé. Vengo a cumplir mi promesa, porque le pedí ayuda y ahí está, me devolvió el caballo", relata.
Vino, tatuaje y cigarros

La vida díscola de Antonio Gil, quien forjó su leyenda de santidad a fuerza de enfrentarse a la norma y evadir a la justicia, congrega a algunos fieles que ven en él un ejemplo a seguir.

Según la tradición oral, Gil supo pasarla bien en sus años mozos. Hoy, las ofrendas de alcohol y los cigarrillos encendidos junto a su tumba dan cuenta de ese pasado.

Junto al río de cera roja que se funde con el vino tinto, al pie del árbol donde se cree que el Gaucho murió ahorcado, Mariel reza con los ojos cerrados.
Acaba de dejar múltiples objetos a modo de ofrenda: ropas, muñecos, velas, y una botella a medio tomar.
"¿Por qué? Porque él me ayudó mucho, con todo...
compré mi casa, mi familia se juntó. ¿Qué más puedo pedir?", dice, y los ojos se le llenan de lágrimas.
La mujer también deja a los pies del árbol una imagen del Gaucho, hecha en cerámica pintada, chamuscada y partida en dos. Cuenta que se le ha prendido fuego.

"Dicen que cuando se quema hay que cambiarla, es una señal de que el Gaucho ya no quiere estar en esa casa sino que quiere volver aquí, al santuario... Igual, la imagen que uno tiene en la casa hay que reemplazarla todos los años, por eso yo la traje y ahora me llevo otra", añade Mariel.

Otros devotos hacen lo mismo que ella. La tumba y la cruz están rodeadas de estatuillas con un Gaucho de vincha y bigote, pañuelo rojo al cuello, boleadora en mano y chiripá.
Más allá, cientos de puestos de venta ofrecen figuras idénticas, que los peregrinos compran por docenas.

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2006/rituales_de_la_ruta/newsid_5005000/5005482.stm


BBC


Arte sacro en versión popular
Valeria Perasso
BBC Mundo

La historia de devoción de Daniel Barreto nació, como para muchos otros seguidores de santos populares, al costado de una ruta argentina.

En sus viajes por el país, Barreto, de profesión artista, empezó a documentar los altares a la vera del camino.
Sacó fotos. Muchas. El proceso de registro fotográfico comenzó cuando las ermitas improvisadas eran todavía escasas, concentradas en el noreste de Argentina.
Diez años después, esas fotos dispararon nuevas ideas, que se plasman en las series de cuadros dedicados al Gaucho Gil que Barreto ha exhibido en distintas galerías de Buenos Aires.
"La omnipresencia del color en el culto me sedujo. Me llamaron la atención las banderas rojas, que flamean en el viento en los altares, y están siempre rodeadas de ofrendas", revela el artista.
Cuando Barreto comenzó a investigar la historia de Antonio Gil, descubrió que había nacido en Corrientes, y lo sintió como un llamado personal.
"Me sentí atraído hacia el personaje: mi padre era paraguayo, y yo tengo un vínculo fuerte con el Litoral, de donde proviene el Gauchito. Además de lo estético, hubo una cuestión de cercanía", explica.
Instalación colectiva
El altar como espacio de encuentro, pero también como materialización de una fe que necesita de objetos para expresarse, es el elemento central en la obra de este artista


Barreto llevó adelante una investigación sobre las ofrendas que deja la gente en los altares, que varían según la naturaleza del favor pedido al santo, y se interesó en la "arquitectura" que va tomando forma a partir de estos objetos.
"En el santuario que está cerca de mi casa, por ejemplo, hay muchísimos vasos de vino, que acercan los devotos que tienen un problema. Esos vasos van quedando, y se va formando una arquitectura particular e irrepetible", relata el autor.
En base a sus observaciones, el artista comenzó a construir altares con su pincel: a dibujar y dar color a los distintos espacios que los devotos arman, en sus casas o en las rutas. Altares que son, esencialmente, una creación colectiva.
"La gente pide cosas que no puede pedir en la Iglesia católica. Lo bueno y lo malo están permitidos, y no hay ningún límite. Esa noción de libertad se plasma en mi obra", dice Barreto.
Del arte a la fe
La relación de Barreto con el Gaucho Gil fue más allá de un amor pictórico: la fe de los seguidores con los que se fue cruzando en el camino lo convencieron de que el fenómeno no sólo era materia de análisis sociológico.

"Sí, soy devoto. Primero fue seducción estética, pero luego me fui haciendo totalmente devoto. No sólo del Gauchito, sino de todos los santos populares. Aprendí a compartir la fe de otros creyentes en los que basé mi trabajo", confiesa el artista, quien además se reconoce católico.

"No hay contradicciones. En Brasil, por ejemplo, es normal que los santos católicos convivan con los afrobrasileños. Mi ser religioso tomó mucho de ese sincretismo, que no es tan común en Argentina", opina.

Y también en el aspecto visual la religión popular se mezcla con el catolicismo establecido.

"La imagen del Gauchito en los comienzos de su devoción era la de un hombre común: morocho, de vincha y pelo largo, propio de su provincia. Ahora, se ha hecho más prolija, y se parece cada vez más a Cristo. Es una manera de legitimarlo", concluye el artista, que actualmente trabaja en la edición de un libro sobre el tema en la colección Arte Brujo.

Con raíces en la tradición oral, elementos guaraníes, y una fascinación evidente por la geografía de la región, el arte de Barreto es estilizado, estridente a la vez que elegante, con un aire kitsch y algo burlón que hace aún más evidente la dimensión material de los cultos populares.

El Gaucho es, a la vez, figura central y destinatario de su obra: arte entendido como una ofrenda al santo que da, a cambio, protección y bendiciones.

EN
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2006/rituales_de_la_ruta/newsid_4873000/4873464.stm

"LOS MILAGROS DE GILDA"

Intermediaria y sanadora

El Santuario de los Milagros de Gilda está a apenas 130 kilómetros de Buenos Aires por la ruta número 12, en el rincón sur de la planicie entrerriana.
Literalmente, en medio de la nada. Pero muy cerca de donde la cantante popular terminó sus días.
Es fácil dar con el lugar: se lo reconoce por la cantidad de vehículos que están parados al costado del camino, por las flores plásticas de colores chillones que contrastan con el verde uniforme del paisaje, y por las cumbias pegadizas que suenan por los altavoces del predio.
Este santuario sencillo es fruto del emprendimiento de Carlos Maza, un devoto de la cantante que, como signo de gratitud por un milagro recibido, decidió construir y administrar un lugar de culto para su santa patrona.
"Todo comenzó cuando nació mi hijo con un tumor. Justo prendí la televisión y vi un programa en el que un grupo de seguidores de Gilda contaba historias milagrosas ocurridas por su intermedio, y decidí rezarle con fuerza", relata Maza a BBC Mundo.

"La desesperación de un padre ante la enfermedad de un hijo te hace ir más allá de cualquier frontera. Si te dicen 'andá allá, que se te cumple el milagro', uno lo hace", agrega.
Maza, como otros fans de Gilda, cree que la cantante tenía poderes de sanación que ya se habían manifestado durante su vida.
"Por eso la gente pedía que ella les tocara la cabeza... tenía un don y sus seguidores lo sabían", expresa Maza.
El hombre no duda de que sus pedidos fervorosos tuvieron efecto. Su hijo fue operado con éxito y, una semana después, viajó con la familia al paraje entrerriano, a agradecerle a la fallecida cantante.
Allí junto a la ruta, donde estaban desparramados los restos del autobús del accidente, construyeron un monolito con una cruz, que luego fue trasladado varias veces por cuestiones de seguridad: la cantidad de gente que visitaba el paraje se convirtió en un peligro para el tránsito por la ruta nacional.

"Seguro que hay gente que lo podría haber hecho mejor que yo, porque tiene mayor poder adquisitivo... pero el elegido fui yo. Por eso, con mucho esfuerzo compré el predio y ahora nos pertenece. A nosotros, y a Gilda", revela el administrador.
En la adquisición de la finca, Maza también asegura que se nota la mano de la cantante: "Si tomás las medidas del terreno, de cualquier manera que las sumes, siempre dan siete: el número místico de Gilda. Es una señal..."
¿Cree que ella es santa, entonces?, le preguntamos.
"Bueno, va en la fe de cada uno. Lo que es seguro es que desde arriba, la flaca nos está ayudando. La humanidad, no sólo la Argentina, está en busca de nuevas creencias, y Gilda fue un ser maravilloso que nos sirve de modelo."
"Mi paraíso terrenal"
Roberto Cuesta es cordobés, mecánico de ocupación y visitante frecuente del santuario a la vera de la ruta.
Viaja hasta allí cada domingo que puede, y llega puntualmente con su familia todos los 7 de septiembre.
"Vengo desde hace ocho años, uno menos de los que lleva Gilda muerta. Primero fue por una promesa que había hecho por mi nieta Agostina, y luego seguí pidiendo otras cosas", relata Cuesta.
"Yo hago mil kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, estoy sin dormir y me siento como si nada... como si recién me hubiera levantado. Es que aquí hay una energía especial, y yo siempre digo que, si tengo que morir, me gustaría morirme acá, porque es mi paraíso terrenal", afirma.
La devoción de Cuesta tiene fecha de inicio: la del nacimiento de una nieta con un problema digestivo grave, que luego se complicó con una neumonía.
Después de una seguidilla de visitas a médicos y curanderos, la familia decidió apelar a los presuntos poderes sanadores de la cantante popular.
"Nadie podía explicar qué tenía mi nieta. Los médicos ya nos habían avisado que no iba a sobrevivir. Cuando nosotros hicimos la promesa a Gilda, se mejoró de repente. La llevamos al hospital ocho días después, y el médico no lo podía creer", revela el devoto.
Aunque se define como "muy católico", Cuesta tiene un altar en su casa dedicado a la cantante. Allí no faltan las velas - una cada día, puntualmente, para cumplir con la promesa de por vida.
"Para mí es mi Dios... mi salvadora. Como católico, le he pedido a muchos santos, pero no me escucharon. Esta mujer sí, así que yo tengo que creer. Me cansé de pedir, y de ir a la Iglesia. Será que ésta era la santa para mí", reflexiona el cordobés.
En señal de gratitud, a la nieta menor la bautizaron Gilda.

EN: http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2006/rituales_de_la_ruta/newsid_4954000/4954930.stm

La santa de la música y el amor

En un hogar de clase media, en un barrio porteño cualquiera, Miriam Alejandra Bianchi imaginó una vida sin grandes logros ni sobresaltos.
Educada en un colegio religioso, y de profesión maestra, Miriam fue desde joven el soporte de su familia.
Tenía sólo 16 años cuando, en 1977, murió su padre y debió hacerse cargo del hogar. Se casó luego, tuvo dos hijos, y guardó para sí su pasión por la música y el deseo secreto de convertirse en cantante.
Todo cambió el día en que leyó un aviso en el periódico, en el que pedían vocalistas para un grupo musical. Su voz y su carisma le ganaron un lugar en una banda de género tropical, y su familia cedió, después de una oposición tenaz, a que incursionara en el mundo del espectáculo.
Miriam se convirtió en Gilda, en honor a la femme fatale que encarnaba Rita Hayworth en la película del mismo nombre.
En los comienzos de su nueva carrera conoció a Toti Giménez, compositor y tecladista, quien más tarde se convertiría en su pareja y, según dicen los que conocieron de cerca a la cantante, en el hombre encargado de forjar la leyenda de Gilda.

Fue él quien la convenció de lanzarse como solista y la apoyó en la lucha contra las compañías disqueras, que por entonces creían que el mundo de la música popular era exclusivo para voces masculinas.
Al corazón de la bailanta
"De corazón a corazón" se llamó su primer álbum, editado en 1993. A éste le siguieron otros dos, y después llegó "Corazón Valiente", el más exitoso de su carrera.
La fórmula funcionaba a la perfección: letras sobre amores contrariados, una imagen entre seductora y angelical, y centenares de presentaciones para que los fans pudieran verla en vivo y en directo.
Gilda se convirtió así en un torbellino que revolucionó el mundo de la bailanta, un género popular inspirado en la cumbia colombiana que suma adeptos entre las clases populares en la misma medida en que es mirado con desdén por los intelectuales.

Tenía 35 años cuando ocurrió el accidente trágico que le costó la vida, en septiembre de 1996. Sucedió cuando transitaba con sus músicos en un autobús, intentando cumplir con una seguidilla agotadora de shows.
En la llamada "ruta de la muerte", la número 12, que une el noreste argentino con Paraguay y Brasil, el bus fue embestido por un camión, y la cantante murió en el acto, junto con otros seis pasajeros. Entre ellos, su madre y su hijo menor.
Poderes sobrenaturales
Gilda ya había ganado en vida fama de sanadora.
La misma cantante relató, en varias entrevistas, que recibía visitas de fans que creían que ella podía curar enfermedades. Le pedían, simplemente, que los tocara o abrazara.
Muchos de ellos se presentan cada año en el santuario erigido a la vera de la ruta 12, para dar testimonio de la intervención milagrosa de Gilda en sus vidas.
Para algunos una santa, para otros una intermediaria ante Dios: Gilda es el modelo de devoción de estos tiempos, al que sus fieles sienten que pueden hablarle de igual a igual.

Le llevan flores de plástico, vestidos de novia, instrumentos musicales... a cambio de curaciones, trabajo o éxitos artísticos.
Más tarde, una serie de acontecimientos contribuyeron a alimentar el mito: una cinta con una grabación casera en la que Gilda cantaba sobre una imaginaria despedida sirvió de prueba para sus seguidores, que creen que la artista podía predecir el futuro, e incluso su propia muerte.
También, una serie de coincidencias en torno al número siete adquirieron carácter místico.
Siete personas fallecieron en el accidente, a las siete de la tarde de un día siete. Y con el número siete estaba rotulada la bolsa de la morgue en la que se llevaron los restos de la cantante, después de rescatarlos de entre los hierros retorcidos.
Esa montaña oxidada de lo que alguna vez fue un autobús, está en el centro del Santuario de los Milagros de Gilda: un emprendimiento humilde, fruto del esfuerzo particular de uno de los tantos creyentes en esta cantante devenida santa.
Allí, todos los 7 de septiembre llegan aquellos que buscan música, salud y algo de amor.

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2006/rituales_de_la_ruta/newsid_4943000/4943534.stm
BBC