martes, 13 de octubre de 2009

María Lionza: El más hermoso de los mitos venezolanos


A propósito de conmemorarse el Día de la Resistencia Indígena, nos viene a colación lo que nos decía el querido amigo y recordado poeta sanfelipeño Manuel Rodríguez Cárdenas durante una de las tantas entrevistas que gentilmente nos concedió al referirse al escultor Alejandro Colina, autor de la estatua de María Lionza, quien a su juicio había logrado concebir magistralmente esta obra de la representación mitológica venezolana.

Afirmaba el bardo que la estatua representa a María Lionza, la extraordinaria figura femenina que protagoniza el mas hermoso de los mitos venezolanos. María Lionza desnuda, cabalga sobre una danta, la misma “danta herrada” en que la imaginan las gentes de corazón sencillo. Tiene las manos alzadas a los vientos, firme las pantorrillas sobre los ijares de la bestia, glorioso el poderoso seno. En lo alto, un ánfora con forma de cadera de mujer, vaso de creación, contendrá el fuego olímpico.

“Alejandro Colina, el mismo autor del monumento al Indio Yaracuy en San Felipe, ha construido toda una teoría sobre la estructura de este monumento. La narra con emoción a quienes quieren oírsela. Para él María Leonza, alzada así, sobre el animal que simboliza la fuerza, es la inteligencia pura, la destreza y la agilidad a un mismo tiempo. No es la primera vez que la extraña mujer imaginaria se convierte en símbolo entre las manos de sus apasionados símbolo artístico, mágico religioso, racial o filosófico. Alrededor suyo han nacido hechos tan variados como la magnífica pintura en que la representa Pedro Centeno Valleenilla; la descripción del mito, felizmente lograda por Francisco Tamayo, la interpretación pormenorizada y minuciosa de su contenido realizada por Gilberto Antolínez; la extraña y misteriosa secta “Atlante” fundada por Jesús Mercedes Guedez, que hasta lenguaje peculiar posee”.

¿QUE ES EN REALIDAD MARÍA LIONZA?

Pero, ¿Qué cosa es, en realidad, María Leonza?, se preguntaba el poeta. “La pregunta resulta difícil de contestar. Sobre todo para quienes hemos nacido en la región donde el mito se formo y que por eso mismo, nos sentimos paisanos suyos. En nuestros recuerdos, por desinteresados que tratemos de ser, María Leonza aparece mezclada con multitud de elementos apasionantes y hasta contradictorios. Desde muy niños nos acostumbramos a verla surgir por dondequiera: mezclada a la vida, colocada en la base de las explicaciones. En las noches infantiles, alumbrados con los rojizos faroles del pueblo, a la luz de los fogones de leña, escuchábamos a los viejos las patéticas narraciones: María Leonza aparecía sentada en su palacio de El Encanto, recostada en su sillón de mapanares, del lado derecho un león “coronado”, del otro el “pájaro campanero” que suelta las horas, sin dejarse ver, en los copitos de los árboles, como si fuesen ruedas de naranjas.

Continúa señalando el poeta: “Cuando éramos mas crecidos, los negros de Carbonero y de Mayurupí nos contaban a espaldas de nuestras madres las maneras como salía María Leonza del fondo de los pozos: la cabellera despeinada, el agua rodándole por los pechos… Luego, en la mocedad, los cazadores con sus tercerolas de los cañones y sus perros cachicameros que ladraban como guaruras. Entraban al atardecer, por los aledaños, las fajas bordadas en hilo crochet, un cacho de pólvora, el “macuto” de cuero de “cui-cui”. Paraban en las pulperías, repletos de historias, y comenzaban a contar: habían ojeado un ciervo; le habían apuntado al codillo; habían seguido el rastro cerro arriba y cerro abajo de pronto en un recodo, cuando ya el animal se tambaleaba, un silbido. El venado, contaban, volvió el rostro, los ojos brillantes y como llamaradas la caramera de siete puntas. María Leonza había pasado en una exhalación, la cabellera suelta, los brazos llenos de cocuyos que alumbraban como cascadas de diamantes. Era el “ciervo de piedra”.

Lo más representativo de la mitología venezolana

Rodríguez Cárdenas decía que esa multitud de versiones, que en el fondo no son sino variantes de la misma trama, integran el enorme mito. Acaso sea el más antiguo del país: de todos modos es el más completo. En el pusieron su imaginación los habitantes precolombinos, los negros, los españoles, los venezolanos de la República, en el la siguen poniendo todos los productos y subproductos de este hervidero nuestro... Por eso es el mito orgánico nacional: El supermito, si quieren para usar una palabra del gusto contemporáneo; la síntesis de la patria, porque la comprende toda en la evolución de los tiempos, en la mezcla de las razas, en las candelas del cuerpo y de la imaginación.

Su punto de partida, adiciona el poeta y escritor sanfelipeño, es Sorte, región pintoresca, al sureste de Chivacoa, en el estado Yaracuy. Allí todo es propicio para la invención: menudean los bosquecillos, corren las aguas ruborosamente, a saltos, por entre peñas; altas `piedras se enlazan a poderosos árboles; grita el viento. El viajero se encuentra en aquel ambiente con las llaves de la soledad y del silencio entre las manos. Canta un pájaro, muy triste y muy lejano, contesta otro. Y ambas músicas, llevadas por la brisa, allá, arriba, encima de las copas de los arboles, golpean las rocas y regresan, cóncavas como misterios, al oído asombrado que antes las escucho de otra manera.

La rica fauna que antaño habitaba esas regiones, contribuyó con sus ruidos a enriquecer el mito; los araguatos hipaban como ancianos por entre los bejucos; cuchicheaba la perdiz en las arenas del playón; lanzaban su alarido caliente de chicharra. El pueblo recogía: el pueblo indio, el pueblo negro, el pueblo de todos los colores. E inventaba. Hasta nació María Leonza, cuya imagen tornadiza cambia en la imaginación lo mismo que la figura sobre los pozos.

“Por encima de todo, afirmaba el escritor, el mito posee una fuerte señal femenina, es eminentemente sexuales algunas regiones, por ejemplo, llaman a María Leonza ‘la Señora’. El término parece rescatarla de lo erótico, pero no es sino un eufemismo para disfrazar profundas apetencias. Quiere decir que María Leonza no es virgen, que tiene poder y se entrega cuando quiere a precio que esclaviza para siempre el alma”. “Señora”, era la mujer blanca, la deseada, caprichosa e imposible, en labios del negro, hace ya mucho tiempo.
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Rituales secretos de venerada 'diosa indígena'

Por ARIANA CUBILLOS
The Associated Press
SORTE, Venezuela -- Miles de devotos se congregaron a la luz de velas en unas remotas montañas que son el centro de peregrinaje anual para venerar a una mítica diosa indígena venezolana conocida como María Lionza.

Muchos fumaban tabaco en los rituales de purificación, mientras que otros cerraban los ojos, acostados boca arriba, rodeado de velas y sobre elaborados diseños dibujados en el suelo con un polvo blanco.

Algunos se llamaban a sí mismos como los "vikingos", pinchando su lengua con filosas cuchillas, mientras que la sangre les corría por la barbilla y el pecho. Ellos dijeron que no podía revelar los secretos esotéricos que rigen sus tradiciones.

Los rituales se iniciaron la semana pasada y se prolongaron hasta después de la medianoche del 12 de octubre - aniversario de la llegada de los conquistaron españoles a América- en las montañas de Sorte, localizada a unos 290 kilómetros al occidente de Caracas y cerca de la ciudad de Chivacoa.

Algunos repetían la palabra "fuerza" bailando encima de ardientes brasas en una ceremonia en honor a la diosa de la madrugada del lunes. Muchos acamparon en carpas, mientras dedicaban varios días a las ceremonias espirituales.

El culto a María Lionza, cuyas referencias datan de hace más de 500 años, es una mezcla de indigenismo, espiritismo, afroamericanismo y catolicismo. Los creyentes a menudo piden la curación espiritual o la protección de la brujería, o traen ofrendas a la diosa en agradecimiento por la cura de alguna enfermedad.

Venezuela es predominantemente católica. La jerarquía de la Iglesia Católica desaprueba este culto, pero hace mucho que abandonó sus intentos por suprimirlo.

La escultura de María Lionza, que data de 1951, erigida en la principal autopista de la capital venezolana, es otro de los más populares lugares de concentración de sus devotos.

En el año 1953 el dictador Marcos Pérez Jiménez, quien era devoto de la diosa, ordenó instalarla sobre un pedestal 4,5 metros de alto en medio de la autopista, que atraviesa la ciudad de este-oeste, ese es lugar considerado por sus devotos como el centro energético de la ciudad.

El dictador, que promovió activamente el establecimiento de santos patrones en toda Venezuela, esperaba legitimar su gobierno con la imagen de la diosa, que levanta la pelvis al cielo, montada en un tapir, en cuyas patas se enrosca una serpiente.

Los seguidores de María Lionza regularmente dejan ofrendas de flores, licores, monedas o frutos en los santuarios en honor a la diosa o de otros santos populares.
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