domingo, 15 de enero de 2017

María Lionza: un mito vivo del estado Yaracuy



María Lionza: un mito vivo del estado Yaracuy. Apuntes para su estudio simbólico

Por: José Antonio Romero Corzo
docente de la UNEY

1.- Deslinde etimológico del término Mito.
El vocablo mito procede de la raíz indoeuropea meudh o mudh cuyo significado es un acto de habla formulado; es decir, una narración, un reflexionar, un pensar acerca de, o un considerar algo o a alguien. De esa raíz proviene el vocablo latino mutus que indica estar callado o callarse. Esta acepción apunta que -en las sociedades tradicionales cuando un candidato a la iniciación en los saberes ancestrales de la comunidad pasaba por un proceso iniciático, para incorporarse a la vida adulta en el grupo, etnia, clan o tribu-, el silencio ante la revelación de los secretos dada a este en los ritos de iniciación por los ancianos, sacerdotes o chamanes, era una condición de muy estricta y rigurosa observancia. Dichos rituales arcaicos favorecían el tránsito del estado de ignorancia e inmadurez a la edad espiritual del adulto, permitiéndole al iniciado su completa incorporación en la comunidad.
La palabra mythos ofrece, en el uso proporcionado por los griegos, una diversidad de significaciones tales como palabra, discurso, conversación, proverbio, narración, cuento, relato… En La Ilíada y La Odisea este vocablo da entender, entre otras cosas, que se trata de una alocución, arenga o sermón de un anciano venerable en la que se exalta el ánimo de los guerreros mediante la remembranza de las virtudes, hazañas y proezas de los antiguos héroes o semidioses. Homero también emplea el término mithoisi para señalar que alguien tenía destacadas y sobresalientes habilidades verbales, refiriéndose, claro está, a los habladores facundos y elocuentes, en contraposición a los hacedores de obras.
En tal sentido el Profesor Cristóbal Acevedo en su libro Mito y conocimiento (1993), señala que el término mito es afín, ya desde Homero, a la retórica y a la elocuencia, en lo concerniente al,
saber usar las justas palabras en el momento preciso, el empleo astuto de las diversas modalidades del discurso y la capacidad de utilizar un repertorio de historias precedentes que conceden al orador la autoridad de un pretérito consagrado; es decir, el que sabe utilizar en sus parlamentos la autorizada riqueza de las tradiciones mediante la evocación narrativa de los sucesos memorables del pasado (Acevedo, 1993:40)
Platón, por su parte, circunscribe el término y sus múltiples significados en el campo de la poíesis- o hacer creativo-; o, más aún, lo clasifica como un género poiético, cuyo material está constituido por relatos en torno a los dioses, semidioses, héroes y seres que habitan en el inframundo, tal como lo señala el Profesor Bernardo E. Flores en su libro Tras la huella del mito (Flores, 2002:43-44)
Ahora bien, el mito es un relato anónimo, por cuanto carece de un sujeto autorial; lo cual indica que se trata un texto oral, iconográfico y gestual surgido en el seno de la comunidad que lo produce, siendo narrado generación tras generación a todo lo largo del trayecto histórico, social y cultural de la misma. En tal sentido, el mito surge y adquiere su paradójica naturaleza en el contexto existencial de las comunidades, constituyéndose asimismo en el más propio transcurrir vital y dinamizador de una comunidad.
Ya Gilberto Antolínez indicaba con toda propiedad que, en la formulación de todo mito, lo que está en juego es, nada menos que el destino del ser humano, y que el mito como ámbito originario del inconciente colectivo es, como este, la zona más profunda del ser, donde duermen los arquetipos eternos, o sea, esas formas mentales preñadas de pavorosa emotividad, con su misterioso poder obsesionante, mántico y noético. El mito, vendría a ser, entonces, un complejo conjunto de símbolos constelados de sentidos, en sí mismos entidades autárquicas, inexorables ante el probable destino que puedan desencadenar por su presencia en el sujeto sometido a su tremebundo poder fertilizante. Los símbolos presentes en los mitos son verdaderos cosmos, que viven para nosotros y se desgajan de pronto de la Conciencia Universal para marcarnos un Sendero que nunca sospechamos. Antolínez (2006)
2.- María Lionza: un mito viviente del Yaracuy
Quizás, para la gente que como yo creció y fue educada en este hermoso valle de San Cristóbal, al cobijo de las verdes colinas del Táchira y del suave soplo de las brisas del Torbes en las noches y mañanas neblinosas y frescas, o en las caliginosas tardes estivales, el mito de María Lionza resulta una referencia exótica y lejana; a pesar de haber surgido a una distancia relativamente cercana, e incluso, a pesar de haberse extendido en las representaciones, ideas, creencias y prácticas mágico-religiosas de un importante sector del pueblo venezolano. Digo quizás, porque, como en mi caso particular, antes de interesarme por las tradiciones americanas de raigambre aborigen, fui catequizado en los dogmas universales de la religión cristiana. Probablemente muchos de ustedes -al igual que yo lo hacía antes de trasladarme a ejercer la docencia en la Universidad del Yaracuy- vean a María Lionza y lo concerniente a sus ritos, como algo ajeno y extraño. O tal vez, como algo enigmático, misterioso y pintoresco. O, quizá aún, como algo negativo y desdeñable…
Mi intención, sin embargo, y pese a la percepción a priori que alguien en este auditorio pudiese tener, no es la de hacer una apologética proselitista de la Diosa yaracuyana o de su culto; ni menos aún inducirles sagazmente, mediante estrategias y tácticas retórico-discursivas a su veneración devota; por cuanto me guía en esta disertación el interés estrictamente académico de compartir con ustedes mis reflexiones acerca del estudio del mito, el cual he venido haciendo desde hace siete años. Y hago esta salvedad, pues resulta siempre apropiado y pertinente aclarar ante un auditorio conformado en su mayoría por estudiantes universitarios que el estudio de un mito no conduce forzosamente a la práctica de los ritos entretejidos a su alrededor.
El mito de María Lionza es, como la ha indicado con insistencia el poeta Santos López, “un mito vivo”. No se trata aquí del estudio de un relato fosilizado, aunque toda consideración de índole académica tenga, en cierto modo, una vocación taxidermista, ciertamente inevitable. Y como es bien sabido, con esta antigua técnica se procura preservar con apariencia de vida a los cadáveres. Sin embargo, procuraré en todo lo posible no diseccionar el mito del modo acostumbrado por los abordajes sistémicos, sino más al modo de un recuento de los símbolos y arquetipos configuradores de su trama.
Del mito de María Lionza ustedes pueden conseguir varias versiones, todas diferentes y hasta muy disímiles, como es natural en este tipo de relatos. Sin embargo todas ellas preservan algunos aspectos en común. Entre ellas es de ineludible importancia la que narra Gilberto Antolínez, por ser un yaracuyano que dedicó toda su vida a descifrar los códigos simbólicos de sus matrices culturales indígenas, africanas e hispánicas. Antolínez relata que durante una fiesta de fin de la cosecha los indígenas Jirajara-Nívar, antiguos pobladores del centro-occidente venezolano, recibieron de su Gran Piache la siguiente premonición fatídica: nacerá del linaje de caciques una niña de ojos verdes como las aguas de la laguna sagrada y el día que ella llegue a contemplar su rostro sobrevendrá una catástrofe para el pueblo, pues será destruido por una terrible inundación… La pavura se apoderó de todo el pueblo. Siempre que ocurría un nacimiento en la aldea los piaches y los caciques constataban que no fuese una niña de ojos verdes, pues temían el fatídico cumplimiento del augurio. Con el correr del tiempo nada de lo predicho por aquel anciano se había cumplido. Transcurridos muchos años y un poco antes de la llegada de los españoles, el cacique y su pueblo ya casi habían olvidado la siniestra profecía… Pero, un día, la esposa del cacique dio a luz a una hermosa niña de cabellos negros como la noche más oscura, y de fulgurantes ojos verdes como las esplendorosas aguas de la laguna. Para evitar el cumplimiento del fatal designio, encerraron a la indiecita en una choza, bajo la custodia de veintidós guerreros que serían sus guardianes permanentes, debido a que algunos en la tribu querían sacrificar a la recién nacida, a lo que el jefe se opuso, siendo esta la causa de disensión en su pueblo… Sin embargo, un día, cuando la niña hubo llegado a la edad núbil, la enorme serpiente que habitaba en la laguna y a la que sacrificaban una doncella anualmente, con el vaho sutil de su resuello, provocó un sueño profundo en todos los guardianes… Percatada la joven princesa de esto, no lo pensó dos veces para salir a tientas de su encierro, dirigiendo sus pasos titubeantes hacia la laguna sagrada. Impulsada por el mágico hechizo irresistible y atrayente de sus aguas fue a sentarse en sus soleadas orillas… un extraño silencio se produjo en todo el lugar cuando la princesa estuvo frente aquél enorme espejo líquido formado por aquellas quietas y misteriosas aguas… sus bellos ojos verdes permanecieron mirando absortos un par de abismos profundos por donde se asomaba el Misterio del Otro Mundo, de los Dioses subterráneos y de los Muertos que se abrían desde el agua ante su aterrorizada vista, y, para su inenarrable asombro, se iban convirtiendo, lentamente, en dos extraños, oscuros e insondables remolinos que perturbaban, cada vez con la más escalofriante y pavorosa intensidad, la serena paz de aquellas aguas… Se trataba de la enorme serpiente anaconda, Dueño del Agua que, enterada de la presencia de la muchacha en sus dominios, emergía desde las entrañas más recónditas de aquella enigmática laguna, alzando su temible cabeza frente al rostro atónito que la contemplaba subyugado por su poderosa influencia; pues no debemos olvidar que fue este monstruo el que atrajo a la joven princesa indígena hasta allí, después de inducir el sueño a sus veintidós guardianes… Luego de dar un grito que se oyó hasta en los últimos confines de la Sierra de Nívar, la joven se sumerge en el agua… La temible y fatal profecía llegaba así a su más perfecto e inexorable cumplimiento: la serpiente súbitamente se fue hinchando hasta alcanzar mil veces su tamaño ante los ojos atónitos de los veintidós guardianes que al oír el grito de la joven corrieron presurosos a buscarla.. y cuando ya el agigantamiento de la temible anaconda tocó el límite de la tensión que la elástica y flexible piel de una serpiente, por muy enorme que esta sea, pueda resistir, estalló… la onda expansiva que produjo aquel descomunal estallido la serpiente, así como el sinuoso y agitado batir de su cola en las aguas, hizo que una ola de incalculable inmensidad se alzara con el más tétrico furor alcanzado entonces por las aguas, arrasando el poblado de los Nívar, con la más terrible inundación que la memoria de los habitantes de esas tierras del centro-occidente venezolano haya podido recordar. La serpiente exánime quedó tendida con la cola en Sorte, cerca de Chivacoa y la horrible cabeza en Tacarigua donde hoy se encuentra el altar mayor de la catedral de Valencia.

3.- Interpretación simbólica del mito
Como lo ha destacado Mircea Eliade en su hoy clásico Tratado de historia de las religiones, mujer-agua-serpiente-tierra-luna constituyen matrices simbólicas subyacentes en todos los mitos que proceden de antiguas sociedades matriarcales. Gilberto Antolínez, por su parte, en su estudio del mito de María Lionza señala estas constantes simbólicas de lo femenino para dilucidar el sentido oculto en el relato re-creado en la presente versión. Lo femenino aparece aquí como una forma de representación simbólica de la naturaleza en el pensamiento mágico-religioso venezolano. Según las formas del pensamiento mítico el universo se halla regido por un conjunto de fuerzas o energías pertenecientes al orden de lo sagrado, y de acuerdo a ese orden existen y coexisten todas las cosas (seres humanos, plantas, animales y minerales, así como todos los cuerpos celestes) en relación a la polaridad, principio o fundamento femenino/masculino de la naturaleza.
Si bien, el mito surge en un contexto claramente determinado y configura la base sobre la que se fundamenta la cultura de la comunidad que lo produce, conformando su identidad y diferenciación frente a otras sociedades y culturas, el relato precedente no es más sino la expresión de un imaginario primitivo y arcaico común a toda la humanidad. Diríamos, siguiendo a Carl Gustav Jung, que se trata de una narración reveladora de nuestro inconsciente colectivo, sin importar su procedencia geográfica, histórica o sociocultural, por tratarse de algo concerniente al ámbito psíquico nocturno de nuestra especie.
En efecto, una interpretación del mito de María Lionza, orientada según esta perspectiva, nos permite apreciar el trasfondo nocturno del psiquismo humano plasmado en forma de relato como el que aquí estamos descifrando. La doncella indígena sería una representación simbólica del ánima humana, del ámbito femenino de nuestra alma más profunda, más prístina y originaria sin importar si nuestro sexo es masculino o femenino; pues, desde tiempos inmemoriales, la humanidad intuyó la poderosa influencia de lo femenino en sí misma y en la naturaleza. La presencia e influencia de lo femenino fue comprendida a través de narraciones fabulosas como la que estamos descifrando hoy a partir de sus símbolos.
Como lo ha señalado el filósofo francés Michel Focucault en su obra Las palabras y las cosas, la episteme o paradigma del pensar premoderno está regido y signado por la analogía, y la misma constituye el imperio del sentido de la realidad configurado a partir de lo mito-simbólico. El pensamiento mágico-religioso es, en consecuencia, el dominio por excelencia del fabuloso reino de la analogía, en el cual el mito es su territorio más propio.
Según ese paradigma epistémico, existe una interrelación de todos los fenómenos de la naturaleza asociados en el pensamiento premoderno por una serie variada de semejanzas que los vinculan a todos entre sí.
La analogía es, así, fundamento epistémico del mito y del símbolo, pues se trata de una cosmovisión comprensiva del ser y de lo real. En el Mito de María Lionza podemos apreciar cómo el ámbito femenino del ser y de la realidad se revelan como imágenes del mundo natural y del ser humano. Lo femenino de la naturaleza es comprendido como lo que de semejante hay en ella respecto a la mujer y viceversa, de acuerdo con las creencias, imágenes y representaciones que respecto a esto se hacían los pueblos aborígenes del centro-occidente venezolano, al igual que otros pueblos en otros rincones del planeta. Así, en el relato que ustedes acaban de leer, la mujer y la naturaleza son vistas como entes saturados de sentido. La mujer y la naturaleza debido a su carácter sagrado, esto es, debido a ser consideradas como algo venerable y terrible al mismo tiempo, ofrecen, en la cosmovisión aborigen, unas connotaciones ambiguas, paradójicas y contradictorias, como les es propio al mito y al símbolo.
La naturaleza, como la mujer, puede ser portadora de las más horrendas calamidades, pero también puede ejercer las más propicias y benéficas influencias. Es aquí donde el símbolo de lo femenino reúne el sentido más paradójico, ambiguo y contradictorio. Aunque, en realidad este es el modo de ser que hace del símbolo lo que él es.
Entre los aborígenes jirajara-nívar al igual que otros pueblos y culturas del mundo, el género, así como sus roles correspondientes, está determinado por una marcada diferenciación, en lo que podríamos denominar como la construcción cultural de los sujetos masculino y femenino. En lo que respecta al género femenino se le adjudicaban cualidades tales como pasividad, receptividad, estabilidad, fecundidad, en tanto que al masculino se le atribuían cualidades como dinamismo, ímpetu, movilidad e impulso fertilizador. El espacio de desenvolvimiento de dichas cualidades para la mujer era el ámbito familiar, íntimo y doméstico o en, la naturaleza, los ríos, fuentes y bosques, mientras para el hombre era el afuera donde ejercía sus funciones de cazador, guerrero o cacique, pero también asociados a la misma naturaleza aunque en su expresión masculina. En el mito podemos ver ciertos rasgos de esta división primitiva derivada de las condicionantes genéricas masculino-femenina: un hombre es quien anuncia el nacimiento de una niña que traerá la desgracia al pueblo; cuando ella nace es confinada en una choza bajo la custodia de veintidós guerreros; su padre, el Cacique de la tribu Nívar no permitió su sacrificio en los días cercanos a su nacimiento. Legada a la adolescencia es atraída por la anaconda de la laguna sagrada donde la doncella desaparece al arrojarse al fondo las aguas.
Sin embargo, en la lectura del mito resulta para nosotros algo muy curioso e inquietante el temor que tenían los hombres del advenimiento de alguien, quien además de ostentar el sexo femenino también portara la fatídica señal de unos hermosos ojos verdes, como la piel de la serpiente de las aguas. Aquellos ojos verdes constituían el símbolo de algo cuyo poder e influencia resultaban de una condición sobrenatural, la cual le otorgaba a su poseedora unos poderes de procedencia sagrada que, como ya indicamos, era algo considerado digno de reverencia al tiempo que despertaba un gran pavor.
No se trataba del advenimiento de una hija más en el clan del cacique de los Nívar. Antes bien, se trataba del nacimiento de una doncella indígena que por provenir de un linaje divino como el de su padre debía recibir un trato, por demás, especial desde el mismo instante de su nacimiento. Tanto más si se trataba de un ser dotado de cualidades excepcionales y, por ende, numinosas, como era su caso particular.
En todos los mitos referidos al advenimiento de un ser divino, las señales de su nacimiento, así como las extrañas circunstancias en que este ocurre son siempre elementos significadores de su procedencia y actuación sagrada. En el mito de María Lionza encontramos esa señal en el signo inconfundible de sus verdes ojos, en el tabú que prescribía el no ver jamás su propia imagen reflejada en ninguna superficie pulida o brillante o espejeante, y en el confinamiento al que es sometida, por todo ello, en la choza bajo la custodia de los veintidós guerreros.
Como lo señala Antolínez (2006) partiendo de sus lecturas de La rama dorada de James George Frazer, en muchas culturas está prohibido contemplarse a sí mismo en un espejo, por cuanto es de común creencia que cuando la imagen de una persona se refleja, la superficie donde esto ocurre, en realidad lo que está es absorbiéndole la sustancia vital. Así, el objeto o lugar donde se produce el reflejo tiene como uno de sus principales atributos el ser un umbral, un lugar limítrofe entre el aquí y el más allá, una puerta de entrada al mundo de los muertos, de la procreación y de las sementeras. Una entrada al inframundo; es decir, un acceso a lo más recóndito de nuestra propia psiquis.
En el mito de María Lionza estudiado aquí desde la perspectiva simbólica encontramos que laguna es ese espacio limítrofe entre el mundo de los vivos y de los muertos, constituyéndose en un umbral poderoso custodiado por el Genio de las Aguas, la serpiente anaconda que lo habita. La laguna como la serpiente son símbolos de la sacralidad femenina de la naturaleza. La laguna representa el líquido amniótico formado en el interior de la placenta que alberga los más misteriosos poderes de la procreación, el nacimiento y la muerte; en tanto que la serpiente representa específicamente la energía sexual tanto del hombre como de la mujer que al mismo tiempo puede perpetuar la existencia, y, no obstante, debido a su enorme poder puede resultar funesta y devastadora.
La laguna representa, igualmente, el ámbito donde se gestan y cobran vida todas las gamas de emociones, sentimientos, pasiones y afectos que somos capaces de experimentar íntimamente y de exteriorizar en el trato diario con nuestros congéneres. En tanto que la serpiente sería ese ámbito más oscuro, violento e irracional que se encuentra en las profundidades del inconciente individual y colectivo, y que al ser excitado puede sublimarse como una elevada y sutil energía creadora, o estallar como la terrible vorágine avasallante y mortífera de una fuerza completamente destructora.
Las aguas son también la imagen primordial o arquetípica de La Madre Cósmica, de cuyo seno procede todo lo que existe. Por ello constituyen una fuente de vida, un centro de regeneración y un ámbito de purificación.

La serpiente, además, representa en el plano simbólico la perpetuidad, el movimiento, la transformación, la regeneración, la muerte y el renacimiento por la vía del sexo. Veamos lo que indica respecto al carácter simbólico serpentino de María Lionza el propio Gilberto Antolínez (2006: 94):

La creación ‘popular’ de Venezuela: ‘María Lionza’. ¡El más perturbador símbolo que yo haya vivido en mi vida; la más silvante y astuta serpiente que se haya arrastrado en las bodegas ínferas de los orgullosos palacios masculinos; el sulfúreo fuego tríplice: Madre de la Concupiscencia, Madre de la Penitencia, Madre del Perdón! La ‘Ella’ tentadora, ascética e insensible a la vez, humana, sacerdotal e isiaca en una pieza, y que se eternifica a sí misma bañándose en el fuego plutónico y lustral de la entraña terrestre y que, si usa ese fuego para su individual fruición, retrocede a la forma de Bestia Original: la Estrella que cayó, pero que busca ser Estrella Matutina en una palabra: nuestro prototipo femenino de Venus-Luzbel-Lucifer! No hay yaracuyano, -y yo también lo soy (dice Antolínez)-, que no tiemble ante esa figura que en nuestros pagos se siente palpitar en cada recodo, en la sombra sexual de todo boscaje, en el susurro de cada manantial. Nuestra Kundry ardiente fulminada por tendencias antagónicas, urgida de aspiraciones seráficas y abatida por imprevistas claudicaciones: la misteriosa diosa Kundalini tres veces y media arrollada en el hueso sacral, que así como produce la liberación espiritual, puede conducir a la más nauseabunda posesión.

La tierra constituye el símbolo por antonomasia de la fecundidad y la regeneración. Es el vientre o matriz originaria de donde todo sale y a donde vuelve, es el ámbito de la manifestación: útero y sepultura. Cumple la función de madre nutricia pues es dadora de vida y de los frutos que sustentan la vida. Las entrañas de la tierra representadas en grutas y cavernas constituyen el espacio donde la naturaleza alberga todo tipo de tesoros y riquezas.
La luna por ser la luminaria de la noche en casi todas las culturas ha sido asociada con la periodicidad del nacimiento, la muerte y el renacimiento; y, en general con todos los procesos temporales de la existencia. Es también, como la tierra, el recipiente o matriz cósmica para la manifestación de la energía. Las fases de la luna indican asimismo las influencias positivas o negativas que ella ejerce sobre las mareas, así como sobre las distintas formas de vida animal y vegetal y sobre el psiquismo humano. La ovulación y la menstruación están asociadas, generalmente, a los 29 días que duran las lunaciones en sus 4 fases de luna nueva, cuarto creciente, luna llena y cuarto menguante, con una duración de siete días aproximadamente para cada una de las fases. Simboliza el mundo de las emociones, los sentimientos y los afectos. La luna está asociada a la magia, la hechicería y diversas prácticas adivinatorias o nigrománticas.
Otro cuerpo celeste que forma parte de la matriz simbólica estudiada aquí es el planeta Venus cuyas connotaciones se encuentran presentes en el mito de María Lionza, tal como lo indica Antolínez. La belleza seductora, la fuerza de unión, la armonía de los contrarios, la atracción erótico-sexual que puede ser tanto devoradora y destructiva como creadora y constructiva, son asimismo atributos simbólicos de la Diosa yaracuyana, nuestra Venus Criolla, quien es un ser ambiguo, con idéntica capacidad tanto para el bien como para el mal. Sus funciones principales son las de Dueña de la Selva y Guardiana de las Riquezas Naturales: es madre de lo orgánico y lo inorgánico, de la fauna, del bosque y de los metales. Habita en los bosques y selvas, en los remansos de los ríos, en las lagunas encantadas, en los pozos azules que forman los arroyos y fuentes o en las cavernas naturales de las rocas. Peina sus cabellos con un peine de oro, y cabalga desnuda sobre los lomos de un tapir o danto. Su reino es subterráneo y está formado por siete cuevas o Ciudades Encantadas, donde recibe a los cazadores de su agrado y los hace reposar sobre asientos que resultan ser anacondas o tragavenados arrolladas sobre sí mismas durante su letargo. (Antolínez, 2006)
Tiene a su servicio una innumerable corte de Don Juanes, gnomos, sátiros, duendes y hadas, así como de espíritus humanos que han sido subyugados por sus lascivos encantos o se le han vendido a cambio de honores y riquezas y la obedecen en todo lo que les ordene. Todos están igualmente bajo las órdenes de la Reina Guillermina, quien es su dama de cámara y anunciadora de sus visitantes. (Antolínez, 2006).

Conferencia ofrecida en la Universidad de Los Andes, Táchira, los días 22 y 23 de febrero de 2007, en el marco del I Seminario-Taller de Mitología.