sábado, 21 de febrero de 2009

Algunas Noticias...

San Ismael, Malandro

VENEZUELA San Ismael, también conocido como Niño Ismael, fue un matón atracador de bancos que se llevó por delante a más de diez personas antes de morir en un tirotero con la Policía. Corrían los años setenta. Ha pasado tanto tiempo que todo lo que se diga y nada es todo uno.
21.02.2009 -
ISMAEL MARÍA GONZÁLEZ ARIAS ESCRITOR

L A fama se la lleva Chávez. Hasta el extremo de que una sola persona representa a un país. Su particular manera de ser nos da la sensación de ser estereotipo suficiente para entender Venezuela entera. Un país que vota un presidente así puede merecerse eso y más. Es la opinión reduccionista más simple. Pero más real. De todas formas, si es por explicar el país de manera reduccionista, yo me quedo con San Ismael. El presidente Chávez, imitando al presidente Fidel de caqui, es mal ejemplo. Así no viste el país. Así no viste ningún país. En cambio, San Ismael sí va a la moda. El modelo estándar del santo se encuentra en cerámica. Como los sanantonios de cuando éramos críos. Poco más de medio metro. Colores brillantes. Gafas de sol con cristales espejo. Chupa de cuero verde lagarto. Pantalón de currela de barrio, que alguna vez fue ocre amarillento. Y, fundamental, la boca entreabierta.
No es broma lo de la boca. La primera ofrenda que se la hace en el día es encender un cigarro y dejar que se consuma en su boca. Con la povisa cayéndole por la chupa y amontonándose sobre las bambas Nike. También lleva una gorra de béisbol ladeada. Su toque más chic. Pinta de rapero con clase. La segunda ofrenda consiste en rociar la figurita, desde la gorra para abajo, con un poco de anís. Para que huela a hombre. Le sienta bien a su imagen con pistola calibre 38 al cinto. Puro macho.
Para todo lo otro es como los demás santos. Te pones de rodillas y le ruegas por esto o por aquello. Es una cuestión de fe. Una vez que la tienes te da lo mismo arrodillarte delante de los sanantonios de mirada arrobada que de los sanismaeles de gafas de espejo.
Es difícil de creerse esta historia fuera de Venezuela. Pero es suficiente teclear en Google para darse cuenta que la versión venezolana del santo tiene más entradas que la versión canónica de la Santa Madre Iglesia. San Ismael, también conocido como Niño Ismael, fue un matón atracador de bancos que se llevó por delante a más de diez personas antes de morir en un tiroteo con la Policía. Corrían los años setenta. Ha pasado tanto tiempo que todo lo que se diga y nada es todo uno. Se camina por el resbaladizo terreno de la leyenda. Y de la fe. Sobre todo de la fe. Se trata de un culto semirreglado cercano a la santería. En particular a la serie de cultos ligados a María Lionza, una especie de Virgen María que la Iglesia Católica no ha conseguido erradicar ni siquiera de sus propios centros parroquiales. En su corte de espíritus se encuentran los santos malandros, antiguos delincuentes elevados a la categoría de intercesores de los nuevos delincuentes que no quieren acabar sus días en medio de una balacera. De ahí que ante ellos, muertos por lo general a tiros, pidan intercesión.
Los estatuillas de los santos malandros empezaron a aparecer en los mercadillos de primeros de los noventa. Ocuparon los estantes de las tiendas de santería a finales de esa década, a poco de ganar Chávez las primeras presidenciales. Ahora se encuentran en todas partes. Coincidiendo con el impresionante aumento de la violencia que supuso la proliferación de armas en los barrios pobres, cantera de votos del presidente electo -y, según los últimos resultados,- hasta que la muerte lo separe de los venezolanos.
La prueba más evidente de que en algún momento el Ismael que ahora es santo existió la tenemos en el cementerio de Caracas donde puede visitarse su tumba. La cola diaria suele ser impresionante. No se trata sólo de venir de la otra punta de la capital, llega gente del otro extremo del país. Gente que se dice católica. Devota de la Virgen María. Y de María Lionza. De San Juan, el Bautista. Y de San Ismael, el Niño Ismael.
Una imagen cualquiera. Un padre de familia con su esposa y cuatro hijos. El mayor andará por la peligrosísima edad de catorce años. Carne de banda de barrio. Una fotocopia en pequeño de San Ismael. Porque hoy mamá lo vistió elegante. Para que el santo lo preserve de todo mal. De la policía, se entiende. Fuman todos y echan bocanadas de humo sobre la cara de la estatua que preside la tumba. Los críos más pequeños incluidos. Beben anís y escupen su particular ofrenda a los pies del santo. Un rito que tampoco se pierden los más pequeños. Bien aleccionados por mamá. Con el premio de una colleja de aprobación por parte de papá cuando tosen por el humo y el alcohol.
-Rapidito se me hacen hombres -dice éste con un guiño de condescendencia.
La estadística de la violencia en Venezuela es demoledora. Catorce mil personas asesinadas el año pasado. Caracas se lleva la palma. Más que Nueva York. Más que Medellín. Más que El Salvador. Detener esta sangría significa dotar de medios represivos a la policía. Y atacar sus focos centrales en los barrios más pobres. Un lujo que no puede permitirse Chávez. Ahora menos que nunca. Ahora que pone su futuro en manos de los venezolanos votación tras votación.
Y o no me asusto. Nací con historias teberganas similares a las de Robin Hood. Un héroe perfecto para cuando se es niño. Alguien que roba a los ricos para dárselo a los pobres. Escuché historias parecidas en Madrid y Sevilla a primeros de la década de los ochenta. Ahora nos venden aquel tiempo como los años de la movida. También fueron los años de Los Chichos. De las historias que contaban sus canciones. De los santos malandros que corrían la M30 delante de la policía.
Por eso me gusta, más que ninguna otra, la historia de San Ismael, malandro. Por lo que tiene de nuestro a pesar de la distancia. Porque ojalá los venezolanos tengan suerte y que dentro de veinticinco años se acuerden de estos años como los de la movida. Que no dejará de haberla.

FUENTE



Últimas Noticias 21 de septiembre de 2003
HISTORIAS DE ESPANTO Y BRINCO

62 aniversario

Página 20

“Almas caritativas” reposan entre promesas, milagros y ofrendas






Por María Victoria Pérez

Adentrarse por las ahora inseguras calles del Cementerio General del Sur, es redescubrir una parte importante de la idiosincrasia del venezolano.
Plagadas de historias desde 1876, cuando fue inaugurado, las veredas que conducen a las tumbas, algunas centenarias, dejan ver el paso de los años. La anarquía, el descuido y la falta de planificación dejan una huella que costara borrar.
Los domingos, especialmente los domingos, ciertas tumbas, aquellas donde están enterrados los “espíritus buenos”, reciben la visita intermitente de agradecidas almas a quienes la fe las conduce hasta la última morada del objeto de su gratitud.
En esas tumbas el orden anárquico de las ofrendas resalta a simple vista: placas y objetos de cualquier especie son colocados en el piso, encaramados sobre las lápidas, a un costado y al otro, en cualquier huequito o espacio disponible.
Hay “ánima buenas” que responden a cualquier necesidad: para conseguir casa, apartamento, carros, y cualquier cosa material es bueno rezarle a Victorio Ponce. Si el problema es pasar esa “dificilísima” prueba de finales o reparación, nada mejor que invocar a María Francia. Ahora, si se encuentra en medio de un litigio, el difunto abogado Mario Ortega es la clave; y cuando de familiares presos se trata. Con “Ismaelito” es la cosa.

El alarife de Curiepe. La señora Carmen tiene mucho tiempo visitando la tumba de Victorio Ponce, un albañil nativo de Curiepe fallecido en 1880.
“Me lo recomendaron como un ánima buena, por eso le pido”, dice la humilde mujer, quien asegura que gracias a la intercesión de Victorio Ponce, y a su fe, ha visto como su sencilla casa ha cambiado. “Poco a poco la he ido arreglando, está bellísima. Siempre que me falta algo por arreglar vengo para acá”.
Doña Carmen puso techo nuevo, acomodó el frente de su vivienda y a los baños les hizo un “cariñito”; ahora le falta el techo de uno de los cuartos de su casa en Catia.
La morada del maestro de obra barloventeño, quien participó en la construcción del Teatro Caracas, es pequeña, pero sus milagros son tantos que las promesas dejadas por sus fieles ya no caben en el reducido espacio, y han invadido el árbol al costado de su tumba.
Figuras de casas, carros y otros objetos cuelgan de las ramas como ofrendas.
Ciento dieciséis años después de su muerte, cada año los devotos conmemoran su desaparición física con una fiesta que incluye tortas, pasapalos, tambores y mariachis. Todo pagado con la contribución de sus fieles. Por su puesto, en la rumbita se reparte la oración de Victorio Ponce.

Aposento azul. Un inmenso nicho que guarda una imagen juvenil se destaca por encima de las incontables camisas azules en la tumba de María “lulú” Francia.
María Francia es el “ánima buena” de los estudiantes.
“Ella estudiaba en la Universidad Central; se murió en 1890 picada por una culebra, aunque otros dicen que falleció producto de una enfermedad, relata Carmen Yolanda Torres, quien tiene 24 años cuidando la tumba.
“yo casi repetía el año porque me dijeron de un día para otro que tenía que reparar cinco materias, pero me encomendé a ella, le prometí mi uniforme y vine a pagarle la promesa, ya que pasé todas las materias”, comenta Gabriela, una recién graduada bachiller en ciencias.
Como testigos de sus favores allí reposan placas, franelas, cuadernos, tesis de grado, lápices y morrales.

Un pana que cumple. Se llamaba Ismael Sánchez, era de Carapita, y hace siete años murió de forma violenta. Las figuras que adornan su nicho llaman la atención: efigies humanas con anteojos oscuros y pistolas en la cintura.
El sitio de “Ismaelito” es visitado con frecuencia por antisociales que salen de la cárcel, para agradecer la libertad.

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“Lo que he escuchado es que era un malandro, pero la gente le pone ofrendas porque los ayuda con problemas de salud y de trabajo”, comenta un anónimo visitante.
Y es que tras las rejas, algunos presos han generado un rito y le piden para que los ayude a salir pronto
Cada vez que llega un entierro de un delincuente, afirma Hernán Ravelo, trabajador del cementerio, la corte “malandra” se desvía y va hasta la tumba de Ismaelito para rezarle.
Pero su morada es usada también para ciertos trabajitos de brujería.
En busca de justicia. Desde 1999 la tumba del Dr. Mario Ortega recibe cada año una placa de agradecimiento de parte de Dridley, un estudiante de derecho, según comenta Ravelo.
El abogado, que falleció en 1952, ejercía la rama penal, y ahora, después de muchos años, el sitio se ha hecho famoso y es objeto de colocación de ofrendas como la de William Ojeda, por la publicación del libro Cuánto vale un juez
La familia del Dr. Ortega se sorprende, pero siempre agradece el interés en su deudo, ya que el nicho se mantiene limpio y bien cuidado.
“La gente ha creado el mito de que el Dr. Ortega ayuda a la gente presa o con problemas legales, siempre tiene flores y lo visitan casi a diario”, comenta el empleado del cementerio.

El joven “Martincito”. Muy cerca de la entrada principal del Cementerio General del Sur, una tumba recibe la curiosidad de los transeúntes. Los que se acercan, oyen decir a su cuidador que “Martincito” era un muchacho que murió a los 18 años.
Y hasta allí acuden a pedirle favores de todo tipo: estudio, salud, dinero. Prueba de ello son un montón de placas, colocadas desordenadamente, en señal de gratitud a Martín de Jesús Falkenhagen. Como dice el refrán: la fé mueve montañas.

2 comentarios:

LOS PONTIAC'S LA MAGIA DE LOS 60 Y 70 dijo...

ANTE TODO UN CORDIAL SALUDO, QUISIERA SABER ALGO SOBRE EL DR. MARIO ORTEGA Y SOBRE TODO COMO HAGO PARA VISITAR SU TUMBA, EN DONDE ESTA ENTERRADO Y EN QUE PARTE, SALUDOS Y DE ANTEMANO GRACIAS POR LA INFORMACION...

Luis Moreno dijo...

HASTA DONDE YO HE SABIDO, ISMAEL NUNCA MATO A NADIE