Por décadas, los caminos que conducen a Sorte han estado llenos de fe, humo de tabaco y cantos. Sin embargo, pocos saben que la figura de nuestra Reina María Lionza fue rescatada para el mundo intelectual por un visionario llamado Gilberto Antolínez (bajo el seudónimo de Xuhé).
En su obra fundamental, Hacia el indio y su mundo, Antolínez nos propone un viaje fascinante: entender que la Reina no nació en la colonia, sino que es el rostro moderno de fuerzas mucho más antiguas.
Para el pensamiento indígena, la selva no es solo un conjunto de árboles; es una entidad viva y devoradora. Antolínez describe esta atmósfera de manera magistral:
“Esa proliferación continua que simboliza esa vorágine de plasma no es tanto la menos angustiosa de la vida animal... como la de la vida vegetal, la de la vida tentacular y abisal de la liana, el helecho y el hongo... la selva insaciable, que todo lo cubre y todo lo devora.”
Antolínez explica que antes de la llegada de los españoles, existía en el territorio venezolano (y en toda la Amazonia y los Andes) el culto a una entidad femenina que personificaba el agua. Mucho antes de llamarse María, nuestra deidad era la "doncella hechicera del bosque" o "reina de las aguas". Estas figuras eran el espíritu de la naturaleza misma. En los Andes la llamaban Cócha-máma (Madre de las lagunas) y en la Amazonia era Yaráa, a quien Antolínez define como:
“Hermosa y dulce concepción tupí... Yaráa, según Ruiz de Montoya, significa ser desgraciado... agua corriente que se apodera de algo.”
¿Por qué "María de la Onza"?
Uno de los hallazgos más hermosos de Antolínez es el nombre original que encontró en las regiones de los actuales estados Yaracuy, Lara y Falcón: allí la llamaban María de la Onza. Este nombre es una clave mágica que une la gracia con la ferocidad:
“En las reminiscencias aborígenes actuales de Yaracuy, Lara y Falcón, la Gran Madre de las Aguas y de la Selva ha tomado el nombre de María de la Onza. Este nombre, aunque aparentemente cristiano, encubre una realidad mítica mucho más antigua: la de la dueña de las fieras.”
El autor sugiere que la deformación de "de la Onza" a "Lionza" es un proceso de eufonía popular. Al decir "María de la Onza" rápidamente, el habla popular terminó fusionando las palabras, pero recalca que la raíz es siempre el animal (la onza), el tótem del poder selvático.
La "Onza" es el jaguar, y su presencia en el nombre no es casualidad. Antolínez aclara la jerarquía de la Reina sobre lo salvaje:
“La onza (el jaguar) es el símbolo de la crueldad y de la fuerza ciega de la selva; María, el de la gracia que la domina y la cabalga.”
El Camino de los Tres Estados: Yaracuy, Lara y Falcón
El culto que hoy conocemos se refugió en la geografía espiritual de este espacio geográfico, donde las antiguas creencias se camuflaron para sobrevivir.
Antolínez explica que la figura de María Lionza es la supervivencia de un culto pre-hispánico a la naturaleza que se refugió en las zonas montañosas de esos tres estados (específicamente en la Sierra de Nirgua y el Cerro María Lionza) tras la llegada de los conquistadores.
Sostiene, además, que la Reina es el resultado de un proceso de "mitomorfización", donde la deidad indígena toma elementos hispanos para persistir en el tiempo. Señala que este culto persiste en las zonas donde la herencia de lo Jirajaras y Caquetíos es más fuerte.
Para Antolínez, no se trata de una superstición, sino de una herencia viva que sitúa a María Lionza como la protectora de la fauna y la flora, una "Reina de las Aguas" que castiga a quien depreda los espacios naturales.
Un Mito Vivo
Leer a Antolínez es entender que cuando invocamos a la Reina, estamos llamando a una fuerza ancestral. María Lionza es la síntesis perfecta de nuestra identidad, como bien señala el autor al referirse a estas figuras femeninas del bosque:
“¿Quién que haya estado en nuestras densas selvas de Guayana, o en las más australes maniguas amazónicas, no ha oído hablar alguna vez de la doncella hechicera del bosque, o de las reinas de las aguas arteras?”
Para Antolínez, María Lionza es la selva misma que ha dejado de ser un "demonio" o un espíritu puramente indígena para convertirse en una entidad nacional. Ella es la heredera de la Yara por su belleza, de la Cócha-máma por su relación con el agua, y de la "Señora de las fieras" por su dominio sobre la onza y la danta. Al fusionar la gracia de la mujer (representada por el nombre María) con la bravura de la naturaleza (representada por la Onza), nace la concepción de María Lionza como una síntesis de la identidad venezolana: india de origen, pero con un nombre y una estética que dialoga con lo europeo.
La próxima vez que sientas el fresco de un río en el Monumento Natural Cerro María Lionza, recuerda que llevas contigo una herencia que conecta el corazón de Venezuela con los misterios más profundos de la creación americana.




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