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viernes, 17 de diciembre de 2021

Acercamiento al pensamiento "Espiritista" de Bolívar




Por: Luis Salazar Martínez 
(S/F)


Es notoria y reconocida la filiación masónica de El Libertador. Bolívar con quistó el Grado 33 en 1823 (desarrollaba, entonces, la Campaña del Sur).

Por otro lado, leía constantemente la obra del Conde de Volney: "Las Ruinas de Palmira" y le da tanta importancia hasta el punto de recomendarla a los senadores del II Congreso Constituyente de Venezuela reunido en Angostura, en 1819. Dicho libro fue escrito en trance sonambulico y dictada por un espíritu, un fantasma o un ser más allá del mundo corporal. Lo encumbra en su "Mensaje" como Genio Tutelar de Venezuela" y no es un titulo simple ni frase rimbombante. Para Simón Bolivar es una verdad cierta. Para Moisés seria algo así como el espiritu de Jehová comunicándose en Sinai.


Existen algunas anécdotas relatadoras de entrevistas con mujeres como Maria López, Clarita Albeinson, Casilda Romero. Maria de la Concepción, Ana del Monte que conocieron a Bolívar y le profetizan felices eventos. Hasta el propio Juan Vicente Bolívar, su padre carnal, veía un hermoso caballo blanco en vísperas del nacimiento del Héroe de América. Pero son comentarios de segundas y terceras personas. 


Es necesario un acercamiento a través de sus escritos y sin embargo siempre habrá la duda de si Bolívar aceptaba o no la existencia de los espíritus y si recibía algún tipo de orientación que reconociera como tal. Sólo una comunicación perfectamente auténtica del mismo Padre de la Patria, sería un testimonio convincente.


Haré cuatro citas: las dos primeras de la obra "Itinerario Documental de Simón Bolívar-Escritos Selectos", Ediciones de la Presidencia de la República de Venezuela, Caracas, 1970: la tercera, de Armando Rojas: "Ideas Educativas de Simón Bolívar", Monte Avila Editores, Ca racas, 2a edición, 1990; y la última de su "Instrucción Pública", de 1826.


1.- -"No comparéis vuestras fuerzas físicas con las enemigas, porque no es comparable el espíritu con la materia". (Manifiesto del 7 de septiembre de 1814, pág. 100").


2.- El progreso de las luces es el que ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces", (Angostura, 15 de febrero de 1819, pág. 165**)


En estas dos citas de Bolivar, se pretende infundir valor a los combatientes basándose en la fuerza de los espíritus frente a un ejército realista imponente: es el aliento para la lucha y la esperanza de refuerzo para la victoria. Enciende, pues, a sus soldados con la luz espiritual en la segunda, pretende señalar que el recto proceder hace a los hombres más sabios.


3.- Por su parte, Armando Rojas afirma que: "Ver la concepción bolivariana una sujeción de lo espiritual a lo temporal, es desconocer el pensamiento del Libertador, celoso defensor en todo momento, de la autonomía de los poderes espirituales". Estos poderes espirituales son emanaciones de la volun tad del mundo espiritual cuyas decisiones se cumplen como ley fatal para el progreso de la humanidad y Bolívar no lo ignora, o por lo menos, comprende la libertad y la Justicia, como manifestaciones supremas del espíritu universal.


4.- En la última cita nuestra, Bolívar define con exactitud las entidades que componen al hombre en el justo orden de primacías, Espíritu, alma (sent mientos) y cuerpo que ejecuta:


"Los premios y castigos morales, deben ser estimulados de racionales tiernos; el rigor y el azote de bestias. Este sistema produce la elevación del espíritu, nobleza y dignidad de los sentimientos, decencia de las acciones". 


No estando desarrollada la doctrina espiritista ni existiendo centros públicos para el estudio serio de la cuestión espiritual en el siglo 19, podríamos conceptualizar Bolívar como un "espiritista ingenuo", sin menoscabo de su alta investidura: un hombre puede decir que cree en los espiritus y jamás habérse le producido una manifestación espiritista. Se acepta porque a la conciencia sólo le habla otra conciencia y ésta es impalpable.


La interpretación de sus palabras documentadas es sólo un intento y, a lo sumo, sólo podemos concluir en un posible conocimiento de la existencia inteligente incorpórea de parte del Libertador.

domingo, 7 de abril de 2019

Del Panteón de los héroes a la Corte Libertadora



Eduardo Planchart Licea
Analítica 1 abril, 2019
La pintura del s. XIX en Venezuela, una de sus razones de ser era legitimar y justificar los regímenes “militaristas-clericales”, -como diría Antonio Escohotado- instaurados tras la Independencia. La dimensión estética trató de generar una religiosidad oficial al mitificar esta gesta, y fundamentar el poder político en lo sagrado. Y así justificar el no haber implementado un contrato social, o crear una república inspirada en los principios emanados en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, de 1789, tras la liberación del yugo español. En lugar de ello, se establece una sociedad dominada por lo militar, jerárquico, autoritaria, caudillista donde no tenían cabida los principios del liberalismo y el comercio. Ante esta realidad, pintores como el carabobeño Arturo Michelena (1863-1989) para avanzar en sus carreras, y obtener ayudas gubernamentales para completar su formación en los centros del arte del exterior, y obtener encargos oficiales de esta élite militar desprofesionalizada; debían crear obras pictóricas que enaltecieran el culto independentista, y transmitirle a esos episodios históricos un carácter mitico, que exaltaría los rituales oficiales. Tendencia que se continuó en el siglo XX. Un ejemplo de esto son las 17 piezas pintadas por Tito Salas(1887-1974) en los cuarenta, en el Panteón Nacional, creando nuevos elementos para fundamentar esta religiosidad militarista, en la cual El Libertador es acompañado de ángeles y dioses paganos. Este conjunto estético posee una estructura cosmogónica, al incorporar mitos de origen como son la Fundación de Caracas, o el Juramento de Bolívar en el Monte Sacro.

En este sentido, en el s. XIX se llegaron a crear pinturas paradigmáticas en la historia del arte venezolano como Miranda en La Carraca, 1896, donde uno de los creadores del pensamiento filosófico político independista, oficial de carrera, conocedor de cerca de la revolución francesa, y de lo que era Estados Unidos en ese entonces, y que en lugar de tener temor hacia sus logros, se cuestionaba el porqué ese desarrollo republicano e industrial no sucedía en su patria. Y qué nos muestra el cuadro de la Carraca: un Francisco de Miranda (1750-1816) cansado, desilusionado, con un rostro pensativo, que emana dudas sobre el destino de Suramérica. De no estar recostado, podría percibirse la semejanza de la posición del caraqueño con El Pensador de Rodin (1880), y todo el simbolismo que esta escultura encierra, al representar originalmente a Dante, sentado frente a las puertas del infierno. ¿Sería ésta una de las metáforas de este cuadro de Michelena? El precursor, imaginando el horror que se abriría en su patria, tras la gesta independentista, quien fuera el Mariscal de Campo del ejército revolucionario francés en 1792, estaría imaginando las monteras, el saqueo, la violación… y el caudillismo como principio político, que dominó el territorio nacional hasta la época de Juan Vicente Gómez (1857-1935).
En Venezuela no se llegó a esos extremos, pero dominaron las fuerzas ciegas de la historia; simbólicamente esto podría representarse en Miranda, recostado sobre la cama de paja en una prisión del Arsenal de la Carraca en Cádiz, España; donde muere en 1816. El personaje lleva una indumentaria dominada por los opuestos: el blanco y el negro. Podrían estar simbolizando su paradójica existencia y su polémico pensamiento. En la parte inferior de su cabeza dominan las sombras en la pared, la oscuridad, el caos que devendrá. No hay en la composición de este cuadro la luminosidad, que caracteriza otra de sus obras maestras la Carlota Corday, 1889, decapitada tras asesinar en 1793 con un puñal a Marat (1743-1793), mientras hacía la lista de los ciudadanos que debían ser guillotinados al día siguiente. La luminosidad que penetra por la puerta y por la ventana, la desmaterializan, guían el camino que llevará a Carlota Corday a su muerte.
Francisco de Miranda era uno de los pocos que podía tener esa visión, al ser un lector insaciable de la Ilustración, no en vano poseía en su biblioteca los 24 tomos de la obra de J.J. Rousseau (1712-1778), los 51 volúmenes de Voltaire (1694-1778), y otros libros prohibidos en España. Su biblioteca era una de las más voluminosas del siglo con más de 6.500 volúmenes. Sería ésta la razón por la cual el prisionero de la Carraca se encontraba entre libros en este cuadro. Es él uno de los pocos personajes cultos, reflexivos e informados que tuvo la gesta independentista, había leído a los ilustrados, cuyas ideas transformaron la civilización, y paradójicamente abrieron las puertas a uno de los momentos más terroríficos de la historia francesa: La decapitación por guillotina de la llamada era del terror (1792-1793).
Premonitorio cuadro, pues el Libertador junto a casi todo estos militares, crearon un panteón, pero no como el del Olimpo, ni en la religiosidad del Estado sino en los espacios sincréticos de la santería y sus cortes. Se inmortalizaron en la religiosidad popular venezolana, contemporánea; en la corte libertadora, la corte negra, conviviendo no con Diana la Cazadora, sino con María Lionza, la corte malandra y la corte vikinga. Éstas son evidencias psicosociales de cómo los antivalores, dominan el alma del venezolano. De ahí en parte su incapacidad para enfrentar los retos del presente y el futuro, que exigen valores y un pragmatismo, el trabajo, la constancia y la creatividad opuestos al inmediatismo del pensamiento mágico que nos tiene atrapado en la incapacidad de reacción político de un pueblo dominado por el populismo y la psicología de masas conductista.
Esta generación de artistas, creó un culto al militarismo y a la guerra, evidencia este sentido el Panteón de los héroes, (1898), Olimpo independentista. Los guerreros liberados tras su muerte violenta, o por sus secuelas, han renacido en el más allá. Disfrutan de la inmortalidad del destino del guerrero en el Valhalla. Están en una especie de empíreo como estaría Zeus en la mitología junto a los dioses que domina. No en vano la estructura arquitectónica es la de un monumento griego, pero el cuadro esta contextualizado en nuestra geografía, y en uno de los planos compositivos está El Ávila. El Zeus de este Olimpo es el Libertador (1783-1830), sentado en un monumental trono, con un ángel femenino que simboliza la libertad, sosteniendo entre sus manos una corona de laureles; que simbolizan la gloria y sus triunfos militares. Predomina en este cuadro, lo masculino y lo militar. Abundan los uniformes con hilos brillantes, charreteras, y bicornios; la única mujer presente es Luisa Cáceres de Arismendi (1799-1866), la gran ausente Manuela Sáenz (1795-1856). Y al lado de este Zeus-independentista, está Francisco de Miranda, camina con paso decidido, con mirada orgullosa, todo lo opuesto al prisionero de la Carraca, pintando dos años atrás. Cabría preguntarse, ¿por qué este cambio en la percepción de Miranda por parte de Michelena? Destacan entre la muchedumbre los guerreros y civiles que estuvieron involucrados en la independencia: José Antonio Páez (1790-1873), Antonio José de Sucre (1795-1830), José Félix Ribas (1775-1815), Pedro Camejo (1790-1821). Es un cuadro sin terminar, pues Arturo Michelena estaba muriendo de la enfermedad consagratoria del romanticismo: la tuberculosis, debido a la blancura que provocaba la enfermedad en la piel, que los asimilaba al estar consagrado a la diosa Blanca, la diosa lunar o las musas.


miércoles, 8 de marzo de 2017

La Negra Matea Bolívar

Busto de la Negra Matea Bolívar en la Maternidad de la ciudad de Maracay, Edo. Aragua

Por: Janite Fuentes
El 21 de septiembre de 1773 nació, la Negra Matea Bolívar, quien fue en vida la aya del Libertador Simón Bolívar. Hija y nieta de esclavizados, por tradición adoptó el apellido de sus dueños, nació en Hato El Totumo, al sur de San José de Tiznados, estado Guárico, y falleció en en 1886 a la avanzada edad de 112 años, longevidad que causó asombró en sus tiempos.

Matea estuvo viviendo en la hacienda de los Bolívar en San Mateo y también en la casa de María Antonia, hermana del Libertador. Hizo de aya, muy niña, de los Bolívar más pequeños, entre ellos Simón, un tanto menor que ella.
La Negra Matea vio morir a Antonio Ricaurte en la batalla de San Mateo, luego Bolívar le otorga libertad, sin embargo, ella no se quiso ir, se quedó con la familia. Parte junto con María Antonia, hermana de Bolívar a La Habana, Cuba, huyendo de la persecución de los realistas. Una vez liberada la patria regresa a Venezuela y se entera de la muerte de su tan querido Simón.

FUENTE

El escultor venezolano Alejandro Colina y su obra "Negra Matea" en el taller

Antonia Esteller Camacho Clemente y Bolívar, quien fue pedagoga y escritora, redactó una biografía de Matea en la que señala que al llegar a la casa de Juan Vicente Bolívar, padre del Libertador, Matea fue bien recibida por la esposa María de la Concepción Palacios y Blanco, al lado de la cual aprendió con esmero el arte culinario y donde sus postres se hicieron muy famosos.

Cuando se supo en Caracas la muerte del Libertador, acaecida en Santa Marta - Colombia, el 17 de diciembre de 1830, Matea compartió con la familia la gran pena que los agobiaba.
Matea vivía, entonces, en la casa de María Antonia Bolívar Palacios, quien era casada con Pablo Clemente y Palacios. A la muerte de ésta, la negra vivió con la hija de María Antonia, Valentina Clemente de Camacho.

La gente en Caracas se asombraba de la longevidad de Matea, quien acompañó al entonces Presidente de la República Antonio Guzmán Blanco, cuando trasladaron los restos del Libertador desde la Catedral de Caracas hasta el Panteón Nacional, el 28 de octubre de 1876. Matea tenía entonces 103 años.
Muerte de Maria Teresa del Toro 
(La negra Matea acompaña a Bolívar en tan doloroso momento)

“Cuando algún caballero venía a visitar la casa, Matea lo confundía siempre con algunos de los personajes de la Independencia, así es que no lo anunciaba sino con el nombre de Montilla o Sucre o cualquier otro general de tan alta talla”, escribió Antonia Esteller Camacho Clemente y Bolívar, quien asegura que la negra justificaba sus malas palabras diciendo que las había aprendido de José Tomás Boves (comandante del Ejército Real), cuando la batalla de San Mateo (1814).


Matea murió en Caracas a la edad de 112 años y seis meses, el 29 de marzo de 1886.
FUENTE


LA NEGRA HIPÓLITA, NODRIZA DEL LIBERTADOR




Escultura del parque "Negra Hipólita" en la ciudad de Valencia, Edo. Carabobo

Por: Carmelo Paiva Palacios

PRESENTACIÓN
El presente trabajo fue publicado, por primera vez, en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Tomo LXXVII, Nº 307, Caracas, Agosto-Septiembre de 1994, en las páginas 130-138 y la página 147.
Ese mismo año de 1994 fue editado, en forma de folleto, con el sello de la “Librería Estelar” de Caracas. Ahora, esta tercera edición, a 180 años del regreso triunfal del Libertador Simón Bolívar (por última vez en vida) a su ciudad natal. Transcurridos 244 años del nacimiento y 172 de la desaparición física de la negra Hipólita, nodriza del Libertador. Se trata íntegramente del texto dado a conocer en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia; aunque se agregaron unas pequeñas notas al pié de página con el fin de explicar, especialmente, el nombre homenajeado y precisar el lugar del fallecimiento del Libertador.


I.- EN EL DINTEL DE LA GLORIA
La grandeza de una persona tiene su medida y equivalencia en la obra que le haya correspondido participar. Una humilde mujer que pudo haber pasado inadvertida se agiganta en el tiempo por haber contribuido en la crianza de un personaje de inmensa significación en la construcción de las naciones del continente americano. La negra Hipólita es recordada por su papel de nodriza de Simón Bolívar, el Libertador. Ella desempeñó a cabalidad el trabajo que le correspondió en los primeros años de la vida de quien es reconocido por la historia como Libertador y Padre de cinco naciones en la América del Sur.
Hipólita fue uno de los pilares principales que sostiene el escenario de los primeros años de Bolívar y dejará indelebles señales porque está comprobado que en la psicología de un hombre participa activamente todo lo que le rodea en la niñez. Entre los pocos personajes del recuerdo de años infantiles que aparecen mencionados en los escritos de Bolívar destaca la figura de la negra Hipólita, a la que considera y reconoce como madre y padre.
Es imprecisa la fecha de su nacimiento y se da por probable el 13 de agosto del año 1763, en San Mateo1, localidad del hoy Estado Aragua, y bautizada con el nombre inscrito en el santoral católico2 para conmemorarse en el mencionado día. Esclava de la familia Bolívar Palacios en la hacienda “El Ingenio”3 en San Mateo; pero la vida rutinaria de trabajo en su lar nativo se suspende cuando, en los días finales del mes de julio de 1783, se le trae a Caracas para que sirva de nodriza a un niño recién nacido en la casa de sus amos, vendrá a desempeñar la obra que significará su grandeza y hará perdurable su nombre.

En los tiempos de zafra, es decir de cosecha en una hacienda, si era necesario incrementar el número de trabajadores, los amos acostumbraban trasladarlos desde alguna otra propiedad. Es así como Mateo, también siervo de la familia Bolívar, oriundo de la hacienda “Santo Domingo de Macaira” localizada en la jurisdicción del cantón Caucagua, conoce, se enamora y contrae matrimonio con la joven Hipólita. Ella estará en fecha de parto al momento de nacer el cuarto hijo de doña María de la Concepción Palacios de Bolívar.
Durante una década cesará de su ocupación ordinaria en la hacienda y estará en forma exclusiva al cuidado y crianza del niño Simón. Ella desde joven fue buena como jinete, por lo tanto no representará ninguna dificultad impartir las primeras lecciones de cómo montar y jinetear a un niño que con el correr de los años cabalgará las distancias y caminos más sorprendentes que pueda imaginarse.
Hipólita era una mujer sencilla, ordenada, que ponía su empeño y tezón en atender cabalmente las tareas que le fuesen asignadas. Respetuosa y fiel, valiente y abnegada servidora que ganó merecidamente la confianza de sus amos.
Bolívar decreta y concede la libertad a los esclavos casi desde el comienzo de la lucha independentista y después, en 1821, a los pocos que le quedaban. Pero la negra Hipólita sigue fiel porque era un lazo de amor y agradecimiento mutuo el que la unía a esa excepcional familia.



II.- SU PAPEL DE NODRIZA
El cuarto hijo del matrimonio formado por el coronel don Juan Vicente Bolívar y Ponte, y doña María de la Concepción Palacios y Blanco, nace en Caracas el 24 de julio de 1783. La madre es muy joven todavía (se había casado el primero de diciembre de 17734, ya para cumplir la edad de quince años por haber nacido el 9 de diciembre de 1758); sin embargo, no puede amamantarlo pues se tiene que alejar del niño a la presentación de los síntomas de la grave enfermedad del pecho que años después la llevará a la tumba. Por unos pocos días el niño fue alimentado por la vecina y amiga de su madre, doña Inés Mancebo de Miyares5 (esposa de don Fernando Miyares González, quien después fue gobernador nombrado por el Rey para la Provincia de Maracaibo a principios del siglo XIX y, más tarde, Gobernador o Capitán General de Venezuela).
Pocos días después de nacido, se traerá desde San Mateo a una joven esclava negra que en esos días también había sido madre. Se trata de Hipólita, joven de unos veinte años rebosantes de buena salud, de agraciada estampa, alta, bien formada y ágil, con opulentos senos que desde entonces y hasta bien crecido alimentarán al niño Simón. Era de por sí una significativa distinción para una esclava el que le correspondiera amamantar a los hijos de sus amos. En el caso de Hipólita la situación es por demás singular porque le corresponderá suplir las faltas del padre y de la madre.
El 18 de enero de 1786, a los sesenta años de edad, muere el padre y queda huérfana esa familia de niños (María Antonia, 9 años; Juana, 7; Juan Vicente, 5; y Simón, 3 años), con una madre de precaria salud que sólo le sobrevivirá seis años, pues morirá en 1792 cuando contaba la edad de treinta y cuatro años6. De modo que antes de cumplir los nueve años, Simón había perdido a sus progenitores y tendrá que conformarse con el afecto maternal y la constante magnificencia de su esclava nodriza.
Hipólita no solamente hizo de madre alimentándolo, sino que como fiel y abnegada servidora de la familia se encargó completamente del niño dirigiendo y cuidando sus primeros pasos, enseñándole las primeras palabras, sustituyendo al padre y compensando los mimos que la madre enferma no podía prodigarle. Efectivamente, ella se consagró al pequeño Simón exclusivamente y sobrepasa en su desempeño la responsabilidad que como nodriza le correspondía.
Comprobación de ello es el reconocimiento que le hace Bolívar ya adulto cuando la llama madre y en carta dirigida a su hermana María Antonia refiriéndose a Hipólita expresa: “su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella”.
Después de la muerte de doña María de la Concepción, ese mismo año contraerán matrimonio las dos hermanas7: María Antonia con don Pablo Clemente y Palacios, el 22 de octubre de 1792; y dos meses más tarde, Juana con don Dionisio Palacios y Blanco. El niño Simón queda bajo la potestad y tutorías de su abuelo don Feliciano Palacios8 y de su tío Carlos Palacios, y encargados de su educación en diferentes momentos figuran9, principalmente, el Padre capuchino Francisco de Andujar, Licenciado Miguel José Sanz y don Simón Rodríguez. Pero la abnegada negra Hipólita siempre estará cumpliendo su papel, y evitará que sea mayor el trauma psicológico que pudo ocurrirle al niño al perder a sus padres en tan tierna edad. Se había ido a vivir con María Antonia y por eso el chico se fugaba de la casa de sus tutores y buscaba refugio en el hogar de su hermana mayor, donde encontraba las caricias y el regazo de su nodriza.
Disfrutaba las innumerables narraciones fantásticas y la protección y apoyo a sus infantiles travesuras.



III.- INFLUENCIA EN LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER DE BOLÍVAR.
Lo amaba como a un hijo propio y al mismo tiempo lo respetaba como a un amo. La falta de los cuidados naturales que doña Concepción, la madre debilucha ya y prematuramente agotada no podía prodigarle, fue compensada con creces por los mimos excesivos y amorosos de la esclava.
No hubo capricho ni solicitud que la fiel y abnegada negra Hipólita no estuviera pronta a satisfacer, ni antojo al cual escaseara la disposición de darle gusto. Esta circunstancia es por demás importante y significativa para la formación del alma del futuro Libertador. Resulta fácil suponer que desde entonces se creyó con derecho a mandar y a ser obedecido. Es muy probable que, desde aquellos momentos, entendió la satisfacción de todos sus deseos como un hecho normal y natural no sujeto a controversias. El torrente impetuoso de las energías de una raza fuerte, como era característica de la familia Bolívar, encontró en las facilidades y mimos de su infancia canales expeditos, en los cuales sus fuerzas vitales aprendieron a vivir vertiéndose hacia fuera, saboreando desde temprano los encantos del mundo exterior. Su personalidad se va desarrollando robustecida por un profundo sentimiento de optimismo, que le será decisivo en las singulares luchas de su vida excepcional.
Son muchas las crónicas y noticias que se refieren a sus años infantiles donde abundan en anécdotas sobre los caprichos y singularidades que se observaban en el menor de los Bolívar, en ellas se le presenta como el niño voluntarioso y difícil de soportar, en la espera de que quienes le rodeaban estuvieran dispuestos a someterse a sus deseos so pena de despertar las intemperancias del fuerte carácter que todos reconocerán desde sus años juveniles hasta los postreros de su existencia terrena.
El inmenso amor que Hipólita sentía por Simón Bolívar es correspondido firmemente por éste. Son múltiples las muestras de ello en palabra y acción. Valga recordar, por ejemplo, las tiernas palabras donde el Libertador menciona a “su” madre Hipólita, precisando a su hermana María Antonia que “no he conocido otro padre que ella”10. A ese amor lo acompaña la permanente y fiel disposición de la servidora. Ella sabía ocupar muy bien su lugar y estaba en todo tiempo y con dedicación total a atender sus necesidades y caprichos para evitar que fuese a crecer con resentimientos o traumas ante la falta de calor y apoyo paterno del que carecerá desde una muy corta edad.
Se criará Simón Bolívar en un ambiente de amor, respeto y aceptación de gentes negras y blancas, ricos y pobres, amos y esclavos. Ese ambiente y la gran contribución de Hipólita, será también crisol donde se moldeará el espíritu, el modo de ser y actuar del futuro paladín de la libertad del continente. Es por ese ambiente y formación que con toda pujanza “defiende a los chiquito, a los negrito, a los blanquito, contra el grandulón”, como escribe en un poema Andrés Eloy Blanco11.
Es preciso reconocer que Hipólita no solamente hizo de madre alimentándole, sino que se encargó completamente del niño dirigiendo sus primeros pasos, sustituyendo al padre que faltó en 1786. Efectivamente ella se consagró al pequeño Simón exclusivamente. No lo abandonó un momento. Vigorosa y joven, con toda la intensa afectividad de su raza, fue bien acogida entre la numerosa esclavitud de la familia Bolívar-Palacios para el oficio de nodriza de Simón, oficio que ella cumplió con esa capacidad de entrega leal y rotunda de que es capaz la raza negra. Pues en ninguna otra raza se da aquella disolución del propio yo en aras de otro afecto, la entrega plena de una vida a otra existencia como si la propia no tuviera un fin distinto.



IV.- CON BOLÍVAR EN LA LUCHA.
No estará presente cuando, tras la fulgurante Campaña Admirable12, regresa el general Simón Bolívar a la capital de Venezuela el 7 de agosto de 1813 y es aclamado y reconocido con el título de “Libertador”, porque la negra Hipólita vive trabajando en la Hacienda San Mateo. Pero al saber que su amo ha salido a combatir, viene solícita a acompañar al ejército bolivariano en los enfrentamientos de finales de septiembre de 1813 en Puerto Cabello13, en la Batalla de Araure del 5 de diciembre, en la que el Libertador Bolívar obtiene uno de sus mayores triunfos frente al ejército conjunto de los feroces jefes realistas coronel José Yañez y general José Ceballos. Será mayor la participación de Hipólita en los hechos guerreros que en febrero y marzo tienen como escenario a San Mateo14 con costosos triunfos que el ejército comandado por Bolívar se acredita sobre las fuerzas que responden al mando de los sanguinarios generales realistas José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales.

Se multiplicaba la valentía y arrojo de la nodriza del Libertador: Pendiente y dispuesta a atender a su amo en lo que se refiere a su alimentación, al lavado y planchado de sus ropas; pero también al mismo tiempo prestando ayuda, socorriendo y dando ánimo a los heridos. ¡Cómo de útil para todos esos menesteres le resultaba su experiencia de buena jineteando caballos, adquirida en los años de su juventud!
La vida de la guerra no era lo que más le atraía. Estaba allí más por admiración a Bolívar, por el orgullo que sentía ante la valentía y don de mando mostrado, a la edad de treinta años, por quien de niño se alimentó de su pecho y cuyo carácter contribuyó a formar. Corto pero intenso fue el tiempo en que Hipólita está presente con Bolívar participando en lucha por la independencia. Era como una especie de inseparable asistente, quien desafiaba peligros y seguía a su hijo de crianza con heroica decisión, con integral apego, en vigilancia contra posibles atentados. Hipólita se multiplicaba, se tornaba beligerante, abría sus blancos ojazos en seguimiento asiduo del infatigable capitán. Iba y venía de un sitio a otro para consolar viudas que acababan de perder a sus maridos, animar a los desalentados y a los vacilantes, reanimar a los acobardados, infundir a todos la fe y la esperanza en la hora fatal del vencimiento.
En los años posteriores no volverá a estar con Bolívar en el campo de batalla15. Ella se queda en San Mateo y cuando esta hacienda deja de estar bajo la administración directa de los Bolívar, se radicará en Caracas, en la jurisdicción de la Parroquia San Pablo y tendrá su casa en un barrio situado donde está hoy día la urbanización El Silencio.



V.- DE BOLÍVAR PARA HIPÓLITA
La distancia no era óbice para que el Libertador se mantuviese pendiente y preocupado por atender la situación de su siempre querida Hipólita. Estando en Guayaquil, el 29 de mayo de 1825 envía una carta a su sobrino Anacleto Clemente encargándole que del producto del arrendamiento de la Hacienda San Mateo se pase mensualmente “treinta pesos para que se mantenga mientras viva”16. Debió ser éste un ingreso permanente que asegurara el sostener un nivel de vida más que regular; sin embargo, consideraciones que no vienen al caso en esta oportunidad, lo hacen inexistente pasado cierto tiempo. Tan pronto como recibe noticias de la irregularidad, escribe a su hermana María Antonia desde el Cuzco, el 10 de julio de 1825 diciéndole: “te mando una carta de mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiere, para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella”17.
Cuando vuelve a Caracas en busca de frenar el movimiento que años después significará la separación de Venezuela de la Gran Colombia, toma personalmente providencias en beneficio de su antigua nodriza que ahora rebasa los sesenta y cuatro años; y antes de partir instruye por escrito, el 2 de julio de 1827, a su hermana María Antonia con una especial recomendación para que del dinero que quedaba en su poder entregara a Hipólita cuarenta pesos. Meses después María Antonia le escribirá al Libertador, desde San Mateo, explicándole los motivos18 que le imposibilitaron a cumplir las órdenes que le dejara en favor de Hipólita.
Otra demostración de la preocupación del Libertador está en la carta dirigida en septiembre, desde Bogotá, a su amigo caraqueño José Ángel Álamo. Precisamente, el 3 de noviembre de 1827, Hipólita Bolívar envía una carta al mencionado señor Álamo en los siguientes términos: “Mi estimado señor: He recibido una carta de mi amo Simón, fecha 21 de septiembre de Bogotá en que me dice que me recomienda a su merced para que me supla la suma de 30 pesos mensualmente. Creo que su merced lo verificará y espero que su merced tendrá la bondad de contestarme lo más pronto posible, porque estoy muy necesitada y debiendo mucho, porque desde que mi amo se fue no he recibido ni medio de mesada. Me alegraré que su merced se halle sin novedad y mande a su humilde servidora”19.
La instrucción dada era que se podía librar contra el Libertador por la pensión de un año, más o menos. Álamo cumple con la solicitud y prueba de ello es que el 19 de diciembre de 1827 en carta enviada desde Bogotá le dice: “Muchas gracias, mi querido Álamo, por la bondad con que Ud. Ha atendido la recomendación que le hice a favor de la viejita Hipólita: no esperaba menos de la buena amistad de Ud.”20.
Hipólita, en Caracas, vivía en el número 5, tercera casa hacia la izquierda, de la calle de La Amargura en la Urbanización El Silencio.
Nunca abandonada ni arropada por la miseria. Allí era visitada por María Antonia Bolívar, su hija Valentina Clemente de Camacho y por las hijas de ésta. Allí vivirá hasta la fecha de su fallecimiento. Por cierto que esa su casa es derribada a finales de julio de 1942 para la reurbanización de El Silencio; la puerta de dicha casa era de tablero o cuadritos de buena fabricación y fue donada a la Casa Natal del Libertador por el Banco Obrero (el doctor Diego Nucete Sardi, Director Gerente de dicho Banco hace la entrega y la recibe el señor Emilio Beiner a nombre del doctor Vicente Lecuna)21. Dicha puerta una vez restaurada; pero dejándole todo su aspecto antiguo, con la clara certeza de constituir un recuerdo de valor histórico, fue colocada en una pared de la izquierda de la Casa Natal, que era donde vivían las mujeres del servicio22.

Detalle del bautizo del Libertador, en brazos de la Negra Hipólita

VI.- BOLIVARIANOS Y CONTRARIOS
Desde el año 1825 ya está tomando cuerpo el sentimiento que traerá la desintegración de la obra unificadora del gran Libertador. En Venezuela, el 30 de abril de 1826, las tropas y autoridades de la ciudad de Valencia reconocieron a Páez como Jefe Militar, y pocos días después tanto Caracas como el resto del país le reconocieron como único Jefe. El 7 de noviembre una asamblea popular reunida en Caracas propuso la separación de Venezuela de la Gran Colombia y el reconocimiento de Páez como Jefe Civil y Militar. Las plazas de Cumaná, Angostura y Maracaibo eran fieles al gobierno constitucional y reconocían por única autoridad legítima la del Libertador.
Al tener Bolívar noticia de la gravedad de la situación, puesto que parecía aproximarse una guerra civil, se pone en marcha hacia Venezuela.
Llegó a Maracaibo, sigue a Coro, Puerto Cabello, Valencia y Caracas. El retorno de Bolívar cambia el panorama hostil que antes prevalecía.
El miércoles 10 de enero de 1827 es la entrada triunfal en Caracas23.
Los caraqueños lo reciben con entusiasmo y cariño (arcos de palmas verdes, guirnaldas y banderolas dan a las calles un aspecto de feria; las ventanas, balcones y plataformas temporales estaban repletas de damas que lanzaban flores de todas clases y agua de rosas sobre los héroes). Al pasar cerca de la Catedral reconoce a su nodriza en la numerosa y apiñada población que le vitorea. Los tantos años y vicisitudes que habían transcurridos no habían causado mella en su memoria. Tanto la recordaba que la distingue entre la multitud y presuroso desciende del coche en que viajaba atravesando el tumulto de personas para abrazarse de su vieja Hipólita. Lágrimas de gozo y con cuánta alegría y emoción responderá la nodriza a tan especial demostración de afecto. En los días siguientes de los seis primeros meses de ese año, es decir hasta julio, Hipólita sentirá la satisfacción y añorada cercanía del gran hombre a quien, en su etapa vital de lactante alimentara con su pecho, sus manos sostuvieron la debilidad de sus inaugurales pasos, enseñara a reconocer y pronunciar las primeras palabras, guiara en sus juegos infantiles y patrocinara sus travesuras de inocente.
Pero el Libertador retorna a Bogotá24 y como consecuencia de las intrigas palaciegas y envidias de “una banda de tránsfugas, que nunca hemos visto en los combates” (como los califica en una magistral carta que envía a Páez desde Coro fechada el 23 de diciembre de 1826), vuelve a renacer en Caracas y en casi toda Venezuela el sentimiento antibolivariano, alimentado hasta por quienes ejercen funciones gubernamentales. Ese ambiente hostil se convierte en insoportable calvario para aquellos convencidos de la nobleza del sentimiento patriótico y del desprendimiento que anima al Padre de la Patria.
La negra Hipólita siempre estuvo presente y dispuesta a la defensa contra las frecuentes calumnias, críticas implacables o adversos enjuiciamientos que todo el mundo se creía autorizado para lanzar contra un jefe en desgracia, especialmente quienes en la prosperidad se aprovecharon de sus favores.



VII.- SUS ÚLTIMOS AÑOS
Hipólita es ferviente bolivariana. Son más de sesenta años de vida dedicada en sentimiento y acción a cultivar el cariño por la familia Bolívar que es la suya, no sólo por llevar con orgullo ese noble apellido, sino por su convencimiento de la pureza presente en las acciones de “su hijo” Simón y lo descalificado por pérfidos que son quienes siembran y sostienen el sentimiento antibolivariano en nuestro país.
Los achaques propios de una sexagenaria son acrecentados por el inmenso dolor que lacera su alma ante la ingratitud de los caraqueños y los gobernantes para con el hombre que con mayor desprendimiento y entereza se ha sacrificado por el bien de la patria. Son como golpes que van mellando el filo de un espíritu fuerte. Ella no está sola. Vive acompañada de sus descendientes y con la constante visita y cuidados de María Antonia Bolívar, de su hija Valentina Clemente de Camacho, de las hijas de ésta y otras amistades integrantes de la familia Bolívar que tienen palpables gestos y muestras de sincero cariño a la que fue siempre fiel y abnegada servidora integrada a la familia. Con verdadero interés escuchan de sus labios narraciones de sucesos vividos en tiempo ya remotos o de las travesuras del niño Simón.
La noticia de la muerte del Libertador, ocurrida25 en Santa Marta, Colombia, el 17 de diciembre de 1830 es destacada en algunos panfletos que circulan en Caracas con expresiones que por denigrantes retratan a cuerpo entero la bajeza de sus autores. La mezquindad de unos pocos pero que ejercen influencias en el poder público venezolano, aumenta la amargura del cáliz que en esa hora beben los amigos y familiares del Abel americano. Pero es mayor ese acíbar para la abnegada negra Hipólita, cuya leche alimentó el inicio de su vida y con su amor y entrega contribuyó a modelar el grandioso espíritu y la avasalladora voluntad de los cuarenta y siete años de vida terrena de Simón Bolívar, del moderno Macabeo que vaticinara, cuando recién nacido lo tomó en sus manos, el buen sacerdote don José Félix de Xerez y Aristeguieta, miembro influyente de la familia, poco antes del momento de su bautizo.
La abatía también el triste recuerdo de cuando le correspondió atender en su enfermedad y momentos postreros a la frágil figura de María Teresa Rodríguez del Toro, la juvenil esposa que trajo Bolívar desde España para formar hogar en su hacienda de San Mateo. La fiel vieja Hipólita no olvidaba que la muerte frustró su deseo de acunar en su regazo a la descendencia del chico que alimentó de su pecho, en papel de nodriza.
Poco a poco se fue mermando su energía vital. Lo que no disminuyó nunca fue su sincero amor por Bolívar y su responsabilidad en sentimientos y prácticas de la religión católica. En su propio hogar y en la Iglesia de San Pablo dedicaba tiempo prolongado para la oración y su tranquilidad espiritual.
Exhala su último suspiro el día veintiséis de junio de mil ochocientos treinta y cinco, con avanzada edad y próxima a cumplir setenta y dos años.
El jueves 25 de junio de 1835, durante el día y toda la noche fueron de copiosas lluvias. Las nubes se desgranaban y el agua que caía en la ciudad se reflejaba y parecía a las lágrimas de los familiares que velaban los momentos postreros de la negra Hipólita Bolívar, la nodriza del Libertador.
El viernes 26 que era día de luna nueva, y también el sábado 27, fueron días soleados y hermosos, muy apropiados para acompañar, sin prisa, el triste cortejo hasta su última morada. Fue después de las ocho de la noche del sábado cuando volvió a diluviar.
En el folio 47 vuelto, del tercer libro de entierros generales para asentar las partidas de los adultos y párvulos que fallecieron en la Parroquia de San Pablo de la ciudad de Caracas, desde 23 de diciembre de 1833 hasta el 26 de septiembre de 1839, se inserta una con el tenor siguiente: “En la ciudad de Caracas a veintisiete de junio de mil ochocientos treinta y cinco, yo el infraescrito Teniente de Cura de la Parroquia de San Pablo di sepultura eclesiástica con entierro rezado al cadáver de Hipólita Bolívar, adulta, viuda de Mateo Bolívar, recibió los Santos Sacramentos de penitencia, el sagrado viático y extrema unción y para que conste lo firmo, Jacinto Madeleine”.

VIII.- BIBLIOGRAFÍA
EDUARDO BLANCO: Venezuela Heroica. Editorial Diana, México.
R. BLANCO FOMBONA: Mocedades de Bolívar, Editorial Nuevo Mundo
ANDRÉS ELOY BLANCO: La Juanbimbada. Editorial Cordillera, Venezuela.
SIMÓN BOLÍVAR: Obras Completas. Editorial LEX, La Habana, Cuba, 1947.
Diario “AHORA”. Caracas, Venezuela.
Diccionario de Historia de Venezuela. Ediciones Fundación Polar, Caracas Venezuela.
JOSÉ GIL FORTOUL: Historia Constitucional de Venezuela. Ediciones del Ministerio de Educación. Caracas, Venezuela.
INDALECIO LIEVANO AGUIRRE: Bolívar. Ediciones de la Presidencia de la República y de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, Venezuela.
AUGUSTO MIJARES: El Libertador. Edición de la Academia Nacional de la Historia y Presidencia de la República. Caracas, Venezuela.
SIR ROBERT KER PORTER: Diario de un diplomático británico. Ediciones Fundación Polar. Caracas, Venezuela.

NOTAS
1 Población perteneciente a la Provincia de Caracas que fue fundada el 30 de noviembre de 1620.
2 San Hipólito (13 de agosto), un mártir de la Iglesia Católica que vivió en el siglo III. En tiempos del emperador Maximiano, murió en la isla de Cerdeña y su cuerpo, años más tarde, fue llevado al Cementerio de la Vía Tiburtina y enterrado frente a la tumba del Diácono San Lorenzo.
3 Situado en terrenos de la que fue, desde finales del siglo XVI, encomienda otorgada a don Simón Bolívar el viejo (o sea que dicha hacienda perteneció a la familia Bolívar durante más de 350 años. En 1827 el Libertador señala en una carta que su hermana María Antonia estaba pensando en venderla. Así que fue vendida a particulares. Posteriormente, en tiempos del gobierno de Juan Vicente Gómez, fue adquirida por éste.
4 Según consta en el folio 200 del libro 8º de matrimonio de blancos llevado en la Catedral de 1746 a
1782.
5 Así lo recordará el Libertador, por ejemplo, en carta de agosto de 1813, desde Caracas, al coronel J. A.
Pulido, Gobernador de Barinas, y también en carta al coronel J. Félix Blanco, Intendente del Orinoco,
dirigida desde Caracas el 28 de junio de 1827.
6 Había nacido el 9 de diciembre de 1758 (hija de don Feliciano Palacios y Sojo, y doña Francisca Blanco
y Herrera); y fallece, también en Caracas, a los primeros días del mes de julio de 1792.
7 Los pretendientes eran sus primos hermanos: la madre de Pablo Clemente (doña María Petronila
Palacios y Sojo) era tía abuela de María Antonia. Por su parte, el padre de Dionisio Palacios (don
Bernabé Francisco Palacios y Gil de Arratia) era hermano del abuelo por vía materna de Juana. Por ello
debieron solicitar y obtener las dispensas o autorizaciones formalmente otorgadas por las autoridades
eclesiásticas.
8 Ya anciano y enfermo; antes de su fallecimiento en diciembre de 1798, designará para tutores de sus
nietos a: don Juan Félix Palacios y Blanco para el primogénito (Juan Vicente), y para Simón el tío
Esteban, pero como éste se hallaba en España, será el hermano don Carlos Palacios y Blanco.
9 También, entre quienes fueron sus maestros caraqueños, pueden citarse como educadores a: Carrasco y
a Vides, en lecciones de escritura y de aritmética; a Fray Jesús Nazareno Zicardia, al presbítero José
Antonio Negrete, profesor de Historia y de Religión; Guillermo Pelgrón, preceptor de Latinidad; y
lecciones de Historia y de Geografía que le dio Andrés Bello.
10 Carta enviada desde El Cuzco, en 1825.
11 Reláfica de la Negra Hipólita, Nodriza de Bolívar. En el libro “La Juanbimbada”.
12 Bolívar había sido autorizado por el Congreso de Nueva Granada, el 30 de marzo, para invadir a
Venezuela, y conduciendo su ejército sale de Cúcuta (Colombia) el 14 de mayo de 1813 y tras seguidos
triunfos durante cuatro meses (especialmente en Cúcuta, Mérida, Trujillo donde firma el Decreto de
“guerra a muerte”, y Taguanes) llega a su ciudad natal. Valga recordar que en Valencia encontrará una
comisión ( el marqués de Casa León, el presbítero Marcos Ribas, Francisco Iturbe, Felipe Fermín Paúl y
José Vicente Galguera) enviada por el Capitán General Manuel del Fierro para ajustar y firmar las
cláusulas de una capitulación.
13 Bolívar se propuso tomar la Plaza de Puerto Cabello, porque por este punto podían los españoles recibir refuerzos. Pide ayuda a Mariño por mar y por tierra, pero éste no acude a tiempo; entonces, como Reyes Vargas está en Calabozo con más de mil hombres, Bolívar ve el peligro y divide sus tropas: envía seiscientos hombres al mando de Manuel García de Sena, contra Reyes Vargas, y con el resto pone sitio a Puerto Cabello. El 29 de septiembre en las afueras de Puerto Cabello combatirá contra Domingo Monteverde y el siguiente día triunfará en la Batalla de Bárbula sobre el ejército realista que dirigía el coronel Remigio Bobadilla.
14 El 23 de febrero de 1814, diez días después de la heroica defensa de La Victoria por el general José Félix Ribas, acampó Bolívar con su estado mayor y con su guardia en el pueblo de San Mateo. Establece su cuartel general porque es un punto estratégico para vigilar los movimientos del poderoso ejército enemigo reconcentrado en la Villa de Cura. Para el 26 de febrero, las fuerzas patrióticas reunidas en San Mateo ascienden a mil quinientos infantes, con cuatro piezas de campaña de grueso calibre y seiscientos jinetes. Los días 26, 27 y 28 los patriotas dirigidos por Bolívar triunfan sobre los realistas a cuyo frente está el general José Tomás Boves; los días 1º y 2 de marzo en los combates ocurridos en la hacienda de San Mateo. Del 4 al 9 en el sitio de las alturas de San Mateo, las derrotas las sufre el general Francisco Tomás Morales. Los días 16 y 17 de marzo las fuerzas de Bolívar triunfan sobre Boves en el camino de San Mateo. El 20 nueva batalla en San Mateo y el día 25 otra en las alturas de San Mateo triunfando Bolívar en ambas contra el sanguinario José Tomás Boves.

15 Es de recordar que desde junio del año 1814 hasta marzo del año 1816, el Libertador Simón Bolívar no
estará guerreando en territorio venezolano. Después de la “Emigración” hacia el oriente de Venezuela, el
8 de septiembre sale Bolívar desde Carúpano con rumbo a Cartagena, desde allí a las islas del Caribe
(Jamaica, Haití) y en marzo de 1816 viene a Margarita con su expedición libertadora.
16 Obras completas de Simón Bolívar, tomo I, Editorial LEX, La Habana, Cuba, 1947. (p. 755, carta a
Anacleto Clemente).
17 Op. Cit. (p. 1124, carta a María Antonia Bolívar).
18 Por cierto que el Libertador Simón Bolívar le escribe a su hermana, el 20 de diciembre de 1827,
diciéndole que ha quedado satisfecho con los motivos que le había comunicado.
19 Op. Cit. Tomo II (p. 173, carta autógrafa de Hipólita que se encuentra en la colección de Arístides
Rojas).
20 Op. Cit. (p. 229, carta a José Ángel Álamo).
21 Información del diario “AHORA”, Caracas, sábado 1-8-1942.
22 Valga hace notar que, la Negra Hipólita, en su papel de nodriza ocupaba una habitación situada
después del Oratorio familiar, es decir, distante de las habitaciones de los demás servidores.
23 Por las polvorientas calles de Palo Grande y de San Juan (que desde ese momento recibirá el nombre de “Calle del Triunfo”), en un coche de paseo tirado por dos caballos y precedido por las autoridades constituidas, rodeados de oficiales, edecanes, etc. En Antímano se habían incorporado a la vistosa comitiva, los jinetes del “Escuadrón de Lanceros”, la guardia personal de Páez.
24 El 6 de julio parte, camino a La Guaira. Algunos de sus amigos le acompañan al muelle. Entre ellos se encuentran: el coronel Ayala, Gobernador de La Guaira; su Estado Mayor, general Pedro Briceño Méndez, el señor José Rafael Revenga, los coroneles Wilson y Santana, el doctor Charles Moore, su médico personal; y los diplomáticos Sir Robert Ker Porter y John Williamson, de Inglaterra y de Estados Unidos de Norteamérica, respectivamente. Embarca en la fragata inglesa “Druid” que comanda el capitán Ernie Chambers y antes del mediodía zarpa con destino a Cartagena.

25 En la quinta de San Pedro Alejandrino, propiedad de don Joaquín de Mier, y localizada a pocos
kilómetros de la ciudad que fue fundada en 1525 por Rodrigo de Bastidas y es capital del Departamento
de Magdalena. Había llegado a Santa Marta a las siete y media de la noche del 1º de diciembre y el día 6
se traslada en coche a la propiedad del español llamado Joaquín de Mier. El día 10 recibió, del obispo de
Santa Marta, doctor José María Esteves, los Santos Sacramentos. 

 FUENTE
LA NEGRA HIPÓLITA, NODRIZA DEL LIBERTADOR
EDICIONES LIBRERÍA ESTELAR

CARACAS, 2007.