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martes, 21 de septiembre de 2021

La Negra Matea




Por Miguel Acosta Saignes.

Para el diario Últimas Noticias 

20 de septiembre de 1975


Varios periodistas y escritores se han referido al reciente traslado de los huesos de la Negra Matea a la Catedral, junto a los de quienes fueron sus "amos". Símbolos del cambio de los tiempos, es decir, de las estructuras sociales y también de que fue Bolívar el primero de los grandes propietarios de esclavos que les dio libertad y comprendió la tremenda injusticia de tratar a todo un sector de seres humanos sólo como productores, como instrumentos que hablan". Algunos historiadores, como Augusto Mijares, han señalado en sus obras que Bolívar nunca habló de "la negra Matea", sino de Hipólita, a quien llamó su madre y su padre, en una sorprendente calificación muy rica en significados. A la afirmación de que Matea fue sólo medio tardío de propaganda política, algunos han respondido que posiblemente si figuró entre las esclavas de los Bolívar. Como la generalidad de los comentaristas recientes, no discutiremos si Matea fue o no, en persona, criadora o aya del Libertador. De cualquier modo, los huesos de mujer negra que han ido al panteón eclesiástico de los Bolívar resultan expresión de una verdad histórica: la de que el Libertador, como innumerables venezolanos, tuvieron nodrizas y educadoras negras, africanas o descendientes cercanas de africanos, conservadoras de tradiciones, trasmisoras de rasgos culturales traídos del continente africano. Es decir, fueron portadoras vivas de una corriente de transculturación que incorporó a Venezuela, junto a las culturas indígenas y españolas, rasgos y concepciones de la vida de otro continente lejano. Por las nodrizas, por las "mamas" (no mamás) entraba en la formación psicológica y en la educación, un contingente de otro mundo, raíz de nuestra nacionalidad, no sólo por la vía de la producción fundamental, sino por la de elementos estructurales de la personalidad.


La "máma" ha sido motivo de consideraciones sociológicas en Brasil por Gilberto Freyre, en Uruguay por Ildefonso Pereda Valdés. En un ensayo que escribimos en 1955, publicado en el libro colecticio "Historia de la Cultura en Venezuela", nos referimos al tema así "Las negras eran parteras y ayas". Todo blanco llegaba al mundo en manos de la partera negra. Todavía duró esto hasta el primer cuarto del presente siglo. Y el aya, la "criadora", siempre fueron negras. Muchos blancos tenían sus hermanos de leche" Mientras la madre, achacosa, remilgada, o deseosa de conservar los dones de la juventud, encargaba a la "criadora" el amamantamiento del hijo, éste llegaba a ver en su "máma negra" como todavía hace pocos años se decía en Venezuela, a su verdadera mamá a su efectiva madre. Poco se han ocupado aquí los sociólogos en tan fundamental fenómeno, cuya comprensión es indispensable para entender la formación de la que se podría denominar personalidad básica del venezolano a través de los tiempos. Sociólogos de otros países, donde existieron también abundantes comunidades negras, lo han examinado Gilberto Freyre dice de las ayas del Brasil: "Emancipadas, redondeabanse casi siempre como negrotas enormes. Negras a las que se contemplaba en todos sus caprichos, los niños le pedían su bendición, los esclavos la trataban de "señora" los cocheros las llevaban a su lado en el pescante. Y los días de fiesta, quien las viese orondas y presumidas entre los blancos de la casa, tendría que suponerlas señoras bien nacidas... Ildefonso Pereda Valdés, al tratar sobre la influencia africana en el Uruguay escribió: "El ama negra tenía bajo su custodia la educación del niño por la confianza que a través de los años se fue depositando en ella (...) Se notaba una impalpable plasmación del espíritu infantil a través de esta segunda madre que fue la esclava.".


El padre Borges se refirió en un recordado discurso a la influencia que las ayas negras tenían sobre los niños venezolanos coloniales. "El coco -escribió- ese tremendo mito de la infancia, corresponde a una realidad en el mundo de los espíritus. Los niños, transidos de miedo, se acurrucan en sus camitas, escondiendo las cabezas bajo las sábanas. La culpa es la negra Catalina, que se ha puesto a contarles pavorosas consejas"


Aya o no del Libertador Matea representa un prototipo de la formación de la cultura venezolana. Es junto a los que históricamente fueron sus "amos" en el mundo esclavista nacional, la conciencia actual de que nuestra nación tiene raíces culturales en tres continentes y de que los africanos y sus descendientes han estado presente de modo muy vivo en todos los avatares de la formación nacional.

jueves, 25 de junio de 2020

25 de junio: Muerte de la Negra Hipólita



Estatua en bronce de tamaño natural, realizada por el artista Manuel de La Fuente, colocada a un lado de la entrada del parque "Negra Hipólita" en el Paseo Cabriales


Compartimos este excelente trabajo, a cargo de Patricia Protzel, Lic. en Letras, sobre las negras Hipólita y Matea. Hoy en la fecha en la que conmemoramos la muerte de la nodriza del Libertador. 


La madre negra como símbolo patrio: el caso de Hipólita, la nodriza del Libertador


Patricia Protzel A.
Licenciada en Letras y profesora universitaria, Venezuela. Patriciaprotzel@yahoo.com

RESUMEN
Las esclavas de la familia Bolívar, Hipólita y Matea pasaron a la historia gracias a su vínculo con el padre de la patria. De la literatura escrita sobre la negra Hipólita, hasta hoy tiene peso la estrategia discursiva con visos de apología a la madre negra abnegada, que enfatiza los lazos de consanguinidad con la gran familia venezolana a través de la leche y de los afectos prodigados al niño Simón. Esta interpretación historiográfica confraternizadora encubre las contradicciones de género, raza y clase producto de la sociedad colonial, tan patentes en la realidad de la esclavitud. Hipólita se asimila al modelo de las heroínas blancas propuesta por el discurso androcéntrico, a través del concepto de «maternidad republicana» que legitimó la sumisión y la ausencia de derechos políticos de la mujer.


PALABRAS CLAVES: Mujeres, siglo XIX, Venezuela, Historiografía, Hipólita

ABSTRACT
The slaves of the Bolivar family, Hippolyta and Matea passed into history thanks to its link with the father of the country. Of literature written on the black Hippolyta, until now has some weight the discursive strategy with hints of apology to the selfless black mother, which emphasizes the ties of kinship with the great Venezuelan family through the milk and affection lavished to the boy Simon. This fraternized historiographical interpretation covers contradictions of gender, race and class in the colonial society and so evident in the reality of slavery. Hippolyta is assimilated to the white heroines model proposed by the androcentric discourse, through the concept of «republican motherhood» that legitimized the subordination and political disenfranchisement of women.

KEY WORDS: Women, nineteenth century, Venezuela, Historiography, Hippolyta.

Fecha de aceptación: 25 de febrero de 2010 Fecha de recepción: 05 de marzo de 2010




LAS AYAS Y LAS NODRIZAS EN EL DISCURSO ILUSTRADO LIBERAL

Un referente sustantivo de nuestra memoria nacional lo constituye la negra Hipólita, la nodriza del Libertador, quien aparece representada como símbolo de conciliación afectiva de razas y clases por su condición de «madre negra» de Simón Bolívar.
Aunque resulta obvio que fue muy diferente el rol de las mujeres negras al papel de las mujeres blancas en la sociedad del siglo XIX –producto de las relaciones de género dentro de las sociedades esclavistas–, ambas tuvieron un tratamiento similar en la construcción de la mujer como «madre de la nación» e instancia moral del espacio privado. Lo femenino fue convertido en símbolo patrio, pero las mujeres –al igual que los sirvientes, los indios y los esclavos– no se convirtieron en ciudadanas. Mientras que el hombre participa de la nación como ciudadano activo, la participación de la mujer es pasiva y su pertenencia al cuerpo colectivo se efectuó a través de la «maternidad republicana»– un concepto que legitimaba la sumisión y la ausencia de derechos políticos de la mujer.
El modelo de ciudadanía moderno se fundó en base a formas de exclusión y segregación. El orden patriarcal continuó perpetuándose y adoptó rasgos particulares en el proyecto de la élite ilustrada liberal de los países latinoamericanos. A partir de 1870, el liberalismo que se estableció en las nuevas Repúblicas, sustentando nociones típicamente positivistas, se convirtió en un proyecto cohesionador de las élites, en la búsqueda de sus comunes objetivos de crecimiento económico, paz doméstica y prosperidad nacional. La estabilidad política permitiría un clima favorable para alcanzar los efectos «europeizantes» y «civilizatorios» a los que aspiraban las élites, al consolidarse los nuevos estados nacionales:
Frente al constitucionalismo acusado de ser demasiado abstracto triunfó el espíritu pragmático de quienes rendían culto ciego al progreso material. La política científica hizo prevalecer el orden por sobre la libertad, la administración sobre el gobierno. El positivismo resultó ser la ideología legitimadora de un orden en el que la mujer era considerada una amenaza real, aunque en el plano ideal se la encumbrara como madre de la patria (Giordano, 2003: 28).

Escultura de La Negra Matea realizado por Alejandro Colina, único busto que existente  de ella en Venezuela. Se encuentra ubicada en el patio de la Maternidad de Maracay.


Las esclavas de la familia Bolívar, Hipólita y Matea pasaron a la historia gracias a su vínculo con el padre de la patria. Sus historias se construyen alrededor de las relaciones con la figura omnipresente de Simón Bolívar, eje aglutinador de la conciencia histórica de los venezolanos y venezolanas. Sabemos de ellas a través del recurso de la apología a las madres negras. A Hipólita se la conoce como nodriza, más alguna referencia se hace a su rol como soldada fiel a la causa patriota porque acompañó a Bolívar en campaña, como cocinera y enfermera. Aunque blanca criolla, Manuela Sáenz no escapa a esta mirada androcéntrica, sus destacadas actuaciones la muestran como una mujer con definidas preocupaciones por el hecho político antes y después de ser compañera de Simón Bolívar, pero pasa a la historia por su vínculo de amante del Libertador. Esta visión es compartida por otros historiadores, quienes reconocen, pero con cierta reticencia la actuación de Manuela Sáenz; ya que la consideran una mujer transgresora, con cualidades masculinas, una «equivocación de la naturaleza» como la llamó Ricardo Palma (Valdivieso: 2007, 197).
Dado el caso, las mujeres negras tuvieron que enfrentar una triple segregación de clase, género y raza. Las esclavas negras o libertas se diluyen en nuestra historia patria en las categorías de las mujeres del pueblo, las pardas, las clases populares.
No se puede utilizar el término «mujeres» como la categoría única ahistórica y universal, basada en su subordinación, porque acentúa sólo la identidad genérica y deja de lado la clase social y las identidades étnicas.
Resulta tarea obligada deconstruir el discurso de la historia tradicional que invisivilizó al grueso de mujeres del pueblo, integrada por pardas, negras, indias. Por la investigación reciente, especialmente de historiadoras, sale a la luz información sobre la actuación de las mujeres en la historia. Se empieza a reescribir la historia considerando su participación y compromiso diferenciado como género, según sea su condición social, económica, étnica, su cultura y región de procedencia que nos dan nuevas pistas acerca de lo que fuimos y lo que somos.



Negra Hipólita

Obra realizada en resina plástica por Alexis Mujica y que es parte de la colección Fundación Museos Nacionales, ubicada en la Galería de Arte Nacional.


EL DISCURSO PATRIARCAL DE LA HISTORIA AÚN VIGENTE EN EL SIMBOLISMO DE LA NEGRA HIPÓLITA

De la literatura escrita sobre la negra Hipólita, hasta hoy tiene peso la estrategia discursiva con visos de apología a la madre negra abnegada, madre del padre de la patria, que enfatiza los lazos de consanguinidad, con esa gran familia venezolana a través de la leche y de los afectos prodigados al niño Simón, huérfano de padre y madre.
Esta interpretación historiográfica se muestra confraternizadora de razas y clases, su discurso tiene un efecto inclusivo para legitimar la participación de los negros y las negras o afrodescendientes como miembros de la nación venezolana. Es el caso de Carmelo Paiva Palacios, biógrafo de Hipólita Bolívar, quien publica en 1994 en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, «La nodriza del Libertador». El simbolismo de Hipólita se construye alrededor de su condición de madre, que aunque negra, no contradice el modelo que la élite dirigente de la República propone con su discurso. Su actuación y su condición de madre virtuosa, abnegada y fiel servidora, nodriza del más grande prohombre de la gesta de Independencia, se adecuan a los roles «femeninos» y a los estereotipos vigentes sobre «ser mujer» impuestos por la sociedad patriarcal. Sólo que en este caso se trata de «blanquear la negritud».
Hipólita se asimila al modelo de las heroínas blancas propuesta por el discurso androcéntrico hegemónico, con el único fin de legitimar el proceso de «blanqueamiento» -y por ende de mayor civilización-de la mujer venezolana. Sin embargo, la nación venezolana es heterogénea y a la vez fragmentada; esa imagen oficial está muy alejada de la condición social de subordinación e inferioridad de las mujeres negras esclavas o libres.
Una muestra que ilustra la visión sesgada de Paiva Palacios:
«Pocos días después de nacido se traerá desde San Mateo a una joven esclava que en esos días también había sido madre. Se trata de Hipólita, joven de unos veinte años rebosante de buena salud, de agraciada estampa, alta, bien formada y ágil, con opulentos senos que desde entonces y hasta bien crecido alimentarán al niño Simón. Era de por sí una significativa distinción para una esclava el que le correspondiera amamantar a los hijos de los amos(…)lo amaba como un hijo propio y al mismo tiempo lo respetaba como un amo(…)Es imprecisa la fecha de su nacimiento y se da por probable el año 1763, en San Mateo(…)esclava de la familia Bolívar Palacios en la hacienda El Ingenio en San Mateo, pero la vida rutinaria de trabajo en su lar nativo se suspende cuando, en los días finales de 1783, se trae a Caracas para que sirva de nodriza(…)respetuosa y fiel, valiente y abnegada servidora que ganó merecidamente la confianza de sus amos(…)» (Paiva Palacios, 1994: 130; citado en Herrera Salas, 2006:80).
Son llamativos los atributos femeninos, como «abnegada servidora», «fiel», que usa para describir las cualidades morales de Hipólita como modelo de virtud, lo que indica el papel importante que tiene la categoría del género para la construcción de cualquier jerarquía social.
La mujer negra ubicada en el ámbito de la naturaleza se caracteriza por su instinto maternal (un atributo pilar usado para describir la «naturaleza femenina»), opuesta a la ubicación del hombre en el terreno de la razón, representante de la ilustración y del progreso nacional (que corresponde con los conceptos de la naturaleza masculina).Cabe la observación aquí de que el tratamiento del negro esclavo también se adscribirá al ámbito de los instintos, de lo pre-social, de lo bárbaro.
Por otra parte, en la construcción simbólica de identidades, el cuerpo tiene un significado social. Paiva describe el cuerpo de Hipólita como «joven de unos veinte años rebosante de buena salud, de agraciada estampa, alta, bien formada y ágil, con opulentos senos que desde entonces y hasta bien crecido alimentarán al niño Simón».
Esa imagen idealizada del cuerpo femenino de la negra esclava, como el que nutre, el productivo, corresponden a las ideas de la patria como una madre nutritiva, joven y vital como la República.
Sin embargo, la revisión de las fuentes documentales da cuenta de otra realidad, como la del Anuncio de la Gaceta de Caracas del 17 de enero de 1812:
Se huyó el nueve del corriente, a las nueve de la noche, una negra esclava, llamada Azu de nación congo, de edad de 28 a 30 años, estatura mediana, muy fuerte de cuerpo, rostro rojo, figura fina, tiene un dedo en la mano que no puede doblar, el pecho plano, y las tetas le caen al vientre. No habla más que su idioma natural, apenas se explica en francés criollo. El que la conduzca a casa de Mr. Gourgues, numero 57, calle Colón, en esta ciudad o casa de Mr. Nicolas, panadero en La Guayra, recibirá una recompensa» (citado por García, 45).
En esa intención de construir una imagen de la negritud armónica y democrática cónsona con los ideales patrios, se ocultan las profundas desigualdades de la sociedad colonial, centro de acumulación del capitalismo a costa del saqueo ilegítimo, sistemático y violento de sus territorios, recursos y personas. La apropiación de la leche de las madres negras esclavas, forzadas a separarse de sus hijos en función de la alimentación y reproducción de las familias blancas detentadoras del poder es una expresión de esa expoliación del sistema.
Lo cierto es que la esclava negra fue abusada y explotada sexualmente, ella fue despojada de la autodeterminación de su propio cuerpo y fue considerada una «pieza de India» sin atributos humanos, por lo que fue tasada como una mercancía.
Jesús García dice al respecto:
Podemos afirmar que la mujer africana y sus descendientes sufrieron una explotación más intensiva que la de los hombres. El resultado de su trabajo sería expropiado, pero la más terrible expoliación sería la de sus hijos que engendró en los criaderos, los cuales en varias oportunidades les eran arrancados de los brazos para venderlos a otras unidades de producción (1996:54).
Hipólita se casó con otro esclavo de la hacienda de la familia Bolívar y tuvo un hijo, pero no se dan muchos detalles de esta parte de su vida, por considerarlos irrelevantes, ella solamente aparece visibilizada por su vínculo con el Libertador a quien «amaba como un hijo propio y al mismo tiempo lo respetaba como un amo». Paiva con sutileza delimita las relaciones entre clases y razas en términos de subordinación. El amor está subordinado al poder. Se permite, entonces, al negro y a la negra un acceso limitado hacia la «familia nacional», pero su posición dentro de la jerarquía social no le permite salir del estado de un miembro pasivo o de segunda dentro de la comunidad.
La tradición positivista inventa entonces la tesis del mestizaje con la que buscó ocultar la violencia que implicó el proceso de colonización y conquista del territorio venezolano. Esta tradición se mantiene anquilosada hasta hoy.
La incorporación de las madres negras como supuestos miembros de la familia no fue un motivo de distinción ni un privilegio como afirma Paiva Palacios. Ya en 1680 las Leyes de Indias establecen el sistema de castas y de segregación.
Se oculta por omisión o idealización en esta apología la realidad de la mujer esclava, sometida a la voluntad no sólo de sus amos sino de sus amas (lo que revela que las mujeres también estaban estratificadas como los hombres). Amos o amas las podían vender junto con las plantaciones cuando éstas pasaban de manos. Ni la calidad de su trabajo, o su lealtad y afectos creados con la familia de sus amos impedían que fueran vendidas. Incluso eran vendidas en forma separada de sus hijos. Independientemente de los lazos de afecto que establecían con sus amos y amas, ellas no escapaban a su condición de esclavas. La llamada «situación de vientre» evidencia las inhumanas condiciones de las esclavas negras:
Durante el siglo XVIII dicha situación quedaba estipulada en los testamentos, de manera que ellas y los herederos de los amos sabían cuál era la condición legal de los hijos procreados, pero no siempre los amos en el momento de testar, dejaban claramente establecida la situación del vientre, si esto no sucedía, las esclavas demandaban la libertad de sus hijos a los herederos, alegando haberlos procreado después de liberar su vientre. Cuando una de ellas obtenía la libertad pero su vientre quedaba «cautivo», los hijos procreados nacían esclavos(….)ésta fue una de las razones que las llevó a esconderlos en el momento de nacer, a regalarlos, a emprender la fuga, con lo que su afán de libertarlos las hacía poner en peligro su propia vida. Además, estas condiciones sociales las llevaron a ser altamente abortivas. Como la venta del vientre se hacía separada, muchas veces si las esclavas estaban embarazadas en el momento de ser vendidas el vendedor reclamaba como de su propiedad al hijo que iba a nacer (Herrera Salas: 2006 ,27).
En las causas judiciales quedaron registradas las peticiones de libertad, así como los abusos cometidos a los esclavos y esclavas. Las esclavas domésticas apelaron a diversas estrategias para visibilizar sus demandas.
Fueron las nodrizas y otras esclavas domésticas quienes más acudieron a las cortes a reclamar sus derechos: al vivir cerca de los blancos, estas esclavas escuchaban con mucho cuidado las discusiones que éstos sostenían en la privacidad de sus hogares en relación a las nuevas regulaciones legales que gradualmente se fueron adoptando en relación a algunos derechos (Mathurin, 1975/2000:991 citado por Herrera Salas ,60).
El uso o más bien abuso de los cuerpos, el vínculo de subordinación con los amos/as y el uso de las cartas de libertad socavan la pretensión monolítica de construir un modelo androcéntrico hegemónico de nación.
La intención de formar identidad fomentando el sentimiento nacional queda en evidencia en el discurso grandilocuente de Alejandro Freitas, vocero de la Sociedad Bolivariana, quien en su ensayo «Hipólita y Matea, las fieles e inolvidables ayas del Libertador» hace apología al abrazo entre clases y razas:
«Cuando vino a Caracas por última vez en 1827, el Libertador fue homenajeado con gran júbilo, con lágrimas de alegría lo reciben sus fieles e inolvidables ayas(…)aquí termina la historia de dos bellas e inolvidables heroínas, ambas partieron a la gloria de Dios y si así lo dispuso la providencia, allí radiante de luz encontraron a Bolívar, quien después de besar sus canosas y venerables frentes, se unió a las dos en un abrazo grandioso de ternura y heroicidad» (Freitas Alcalá, 1987:81 citado por Herrera Salas,90).
La retórica grandilocuente del discurso de marcado tono afectivo, propicia la identificación conformista y pasiva de los excluidos y mujeres, negros e indios: que se asuman como venezolanos y venezolanas; que amen, sirvan y cooperen en el florecimiento y prosperidad de la Patria aunque pertenezcan a una clase excluida de todos los derechos y prerrogativas de la Constitución, y a pesar de las degradaciones que sufren, que se identifiquen como patriotas leales a la civilización y al orden.
La simbología del abrazo entre las clases, encubre las contradicciones de género, raza y clase producto de la sociedad colonial y tan patentes en la realidad de la esclavitud. El cimarronaje y las continuas rebeliones e insurrecciones de esclavos/as ocurridas a lo largo del periodo colonial y aún en tiempos de la República desmienten estas idílicas pretensiones de igualdad.
Sabemos que el orden social estaba determinado principalmente por las jerarquías constituidas con el criterio de «raza» impuesto por los europeos como sistema de dominación, y que a él se asociaron las desigualdades entre los grupos, los fueros, privilegios y los valores que gobernaron la vida (Aníbal Quijano,1992 citado por Magdalena Valdivieso, 10) .
Durante la Colonia la raza, el género y la sexualidad fueron variables indisolublemente unidas al concepto del honor en la América española. Ser de raza mezclada era sinónimo de ilegitimidad en la sangre. Nacer mostrando en la piel lo negro del blanco conllevaba a un destino de exclusión. Incluso, hubo una legislación sobre el matrimonio, promulgada por los Borbones en 1776, que disponía que en el caso de que un posible consorte tuviera «defectos» de raza, un padre podía recurrir a los funcionarios reales para evitar que un clérigo bendijera ese matrimonio y castigar al vástago rebelde desheredándolo. Los autos judiciales, los disensos, muestran que en la sociedad colonial «raza y género», indicaban con mayor eficacia que el derecho positivo cómo debían atenderse los asuntos privados y públicos.
En los testimonios de viajeros y visitantes del siglo XVI-XIX, diarios de amos y supervisores, entre los expedientes civiles y judiciales derivados de conflictos en las cortes, legajos y oficios relacionados con la administración de las plantaciones, de las dependencias gubernamentales, en los juicios de divorcio, en documentos sobre la esclavitud, en los informes eclesiásticos, en documentos hallados en periódicos de la época encontramos el testimonio de las mujeres negras. Elaborados por terceros a instancias de ellas ya que eran analfabetas, (se les negaba el derecho a aprender a leer porque se podían volver levantiscas) encontramos los reclamos a fin de que se resuelvan sus problemas y se atiendan sus necesidades.
En los disensos se observa la utilización de un doble discurso: el de la mujer maltratada, engañada y ultrajada por el amo y el de la mujer que apela al reconocimiento de sus propios derechos, demostrando un amplio manejo discursivo de ellos, y exigiendo que se cumpla con lo prometido: la libertad. Es el caso harto común de la petición realizada en 1739 por la esclava Anna María al teniente general del partido de Baruta para reclamar el cumplimiento de promesa de libertad hecha por su amo diez años atrás:
El referido mi amo me ofreció ser libre de la sujeción de la servidumbre como le diese ocho hijos que yo pariese estando como estoy casada con un moreno que fue su esclavo llamado Joseph Miguel. Hemos procreado 10 hijos, que los 8 hoy viven y los 2 fallecieron de tierna edad y porque haciendo y cumpliendo con lo prometido es justicia cumpla mi amo con lo que me ofreció» (Quintero, Inés; 2008: 64).
Precisamente estos casos demuestran que el uso discursivo cotidiano de las negras esclavas o libres, a partir de sus demandas, fueron socavando un concepto de nación excluyente, que obliga a resignificarlo a partir de sus propias demandas.
Como bien apuntó Silvia Mallo: «Esta mujer vive en dos mundos: el de los amos (…) y el de las relaciones establecidas dentro mismo de su comunidad esclava» (Mallo.2000:5 citado por Herrera Salas, 148).
Las negras esclavas o libertas desempeñaron un papel importante en la resistencia a la esclavitud, fueron rompiendo los espacios religiosos, que les había impuesto la iglesia católica, las leyes y las costumbres. Fueron construyendo otros espacios dentro del marco del orden colonial. Apenas empieza a reconocerse su papel decisivo en la transferencia cultural y la construcción de la nación.
En definitiva, el género y la raza no son meros elementos incidentales en el proyecto nacional, resultan importantes para dar cuenta de la interacción entre los actores sociales, de las formas en que las relaciones de poder se manifiestan en todos los resquicios de nuestra sociedad; al reconocer la especificidad como grupo étnico y de género, es posible la valoración de su legado histórico-cultural y la asunción como actores sociales protagonistas de su propio destino.




REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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11. Quintero, Inés. (2008). La palabra ignorada. La mujer testigo oculto de la historia de Venezuela. Caracas, Fundación Polar.        [ Links ]


FUENTE:
Protzel A, Patricia. (2010). La madre negra como símbolo patrio: el caso de Hipólita, la nodriza del Libertador. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, 15(34), 65-74. Recuperado en 29 de marzo de 2020, de http://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1316-37012010000100004&lng=es&tlng=es.

martes, 23 de junio de 2020

Herencia africana en el culto a la Diosa María Lionza



Primero que nada, revisemos un poco la historia de la "Trata negrera" hacia nuestro país, para contextualizarnos un poco antes de entrar en materia:

Angelina Pollak-Eltz refiere algo muy importante y que muchos pasan por alto: Los últimos esclavos (de los que se tiene registro) llegaron en 1792, aunque la Trata terminó oficialmente en 1810. A Cuba llegaron esclavos hasta 1880 y en Brasil la abolición de la esclavitud se dio en 1888.

Otro hecho importante para resaltar es que, al menos en nuestro contexto, los esclavos fueron separados al llegar a tierra firme, distribuyendo a las familias africanas entre diferentes dueños, lo que imposibilita mantener cultura e idioma propios.  A esto hay que sumar el hecho de que la Iglesia católica ordena el bautizo y la catequización del esclavo pues, lo considera un humano más. A diferencia de lo que ocurrió en Estados Unidos, donde los protestantes consideraban al negro un ser sin alma"


Zaire, el Congo y Angola fueron los países de donde más se trajeron esclavos (siempre de acuerdo a los registros existentes). Los Yoruba que llegaron a Cuba y Brasil, lo hicieron cuando en Venezuela ya esta actividad entró en desuso, hecho que fomentó en esos países la unión de los africanos en la diáspora y que se lograran organizar y así no perder sus tradiciones y creencias en las colonias

 Pero, ¿cómo entra en el panteón de María Lionza una cantidad de dioses yorubas traídos de Cuba?, dejando atrás a entidades propias como la Reina Negra de Macanao en Nueva Esparta (1603), el brujo Cocofío de Coro (1770) y la misma Reina Guiomar de Buría en Yaracuy (1552) (todos personajes reales de ascendencia africana y que de una manera u otra están ligados a procesos de sublevación esclava y tildados de brujos por los mantuanos.

¿Es acaso la misma dinámica exportadora de Venezuela, como país petrolero, que daba mayor interés y hasta símbolo de status, el poseer artículos del exterior, que a nivel práctico desplazaban lo "hecho en Venezuela"?




El Negro Miguel, la reina Guiomar y el culto a la Diosa aborigen en Yaracuy

Las minas de Buría, en el estado Yaracuy, es el espacio donde se radica la legendaria historia del Negro Miguel, quien inició un reinado cimarrón alrededor del año 1533.

El Negro Miguel, su origen y sus creencias

Dicen, que el Negro Miguel era conocedor de algunos secretos de hechicería propios de la práctica haitiana, pues fue trasladado desde La Española (Actual República Dominicana y Haití) a nuestro país. Aunque su origen no definido, responde a la procedencia de esclavos en venta por los portugueses: Miguel pudo tener su origen en Angola, Mozambique o El Congo. El Negro Miguel, así como su esposa Guiomar y el llamado obispo del cumbe, traerían sus creencias africanas a nuestras tierras, que bien pudieron mezclarse con el sistema de creencias autóctonos de nuestros aborígenes que compartieron durante la estancia en el margen del río Buría.

El Negro Miguel huyó hasta la Montaña de Sorte, en Yaracuy, junto a su grupo de cimarrones, tiempo después fue asesinado por Diego de Losada en la campaña que comenzó en Sorte y lo llevaría hasta la ciudad de Santiago de León de Caracas.


La reina Guiomar y la Diosa de Sorte

Su esposa la reina Guiomar, de quien se señala como la primera espiritista en trabajar el culto a la Diosa que adoraban los indígenas en la Sagrada Montaña, la cual se conoció posteriormente como la Montaña de la Reina (en alusión a la esposa del Negro Miguel). Guiomar fue una mujer bondadosa que se dedicó a atender al grupo que, junto a Miguel, liderarían la primera gesta preindependentista venezolana.

Guiomar es entonces considerada como la primera sacerdotisa de la Diosa de los indios Jirahara, aglutinando las creencias aborígenes con las traídas por los africanos en un solo conjunto.



La reina negra de Macanao

Transcurría el año 1603 cuando una negra esclava que vivió en la Península de Macanao, de la hoy isla de Margarita. Considerada "Reina" por sus compañeros de faena en la pesca de perlas, se desempeñó además como curandera y líder espiritual, lo que inspiraba respeto y admiración.

La sobre explotación, maltrato y exterminio al que eran sometidos aborígenes y negros fueron motivo de la sublevación. Pero fue capturada y decapitada junto con sus compañeros; por las tropas españolas al mando de Juan Cedeño.

Los documentos históricos refieren que un grupo de rebeldes huyó hacia las costas de Cumaná, donde instalan un cumbe que, de acuerdo a Guillent, estuvo ubicado en la "frondosa selva del Tataracual". El Gobernador de la Provincia, Diego Suárez de Amaya, en su informe sobre el hecho señaló que "fue aprisionada una negra a quien por muchas apariencias habían nombrado los otros alzados su reina" pero sin dar a la luz el nombre de quien llevó a cabo la primera rebelión venezolana liderizada por una mujer.




Cocofío, el curandero de la Sierra de Coro

El Negro Cocofío de Coro, en el estado Falcón, inició la campaña por la sublevación de los esclavos alrededor de 1770. Además de su oficio como curandero que lo llevó a visitar plantaciones y cumbes, era el mensajero de la noticia de un supuesto decreto del Rey de España, Carlos III, que otorgaba la libertad, pero que había sido silenciada por los blancos para evitar la fuga de sus esclavos. 

El desempeño de Cocofío como portador de una esperanza para su gente hasta el año de su muerte en 1792, se considera además como precursor de la sublevación que en 1795 realizaran el zambo José Leonardo Chirinos y el loango José Caridad González; quienes pidieron aplicar "La Ley de los Franceses", que no es otra cosa que la República, el legado fundamental de la Revolución Francesa, a la cual interpretaban como el fin de la esclavitud.




Referencias bibliográficas:

Álvarez, M. (2010) Historia de Lucha de la Mujer Venezolana
Magallanes, M. (1983) Luchas e Insurrecciones en la Venezuela Colonial
Pollak-Eltz, A. (2000) La esclavitud en Venezuela: Un estudio histórico-cultural
Romero, V. (2000)  Historia de Venezuela



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miércoles, 8 de marzo de 2017

La Negra Matea Bolívar

Busto de la Negra Matea Bolívar en la Maternidad de la ciudad de Maracay, Edo. Aragua

Por: Janite Fuentes
El 21 de septiembre de 1773 nació, la Negra Matea Bolívar, quien fue en vida la aya del Libertador Simón Bolívar. Hija y nieta de esclavizados, por tradición adoptó el apellido de sus dueños, nació en Hato El Totumo, al sur de San José de Tiznados, estado Guárico, y falleció en en 1886 a la avanzada edad de 112 años, longevidad que causó asombró en sus tiempos.

Matea estuvo viviendo en la hacienda de los Bolívar en San Mateo y también en la casa de María Antonia, hermana del Libertador. Hizo de aya, muy niña, de los Bolívar más pequeños, entre ellos Simón, un tanto menor que ella.
La Negra Matea vio morir a Antonio Ricaurte en la batalla de San Mateo, luego Bolívar le otorga libertad, sin embargo, ella no se quiso ir, se quedó con la familia. Parte junto con María Antonia, hermana de Bolívar a La Habana, Cuba, huyendo de la persecución de los realistas. Una vez liberada la patria regresa a Venezuela y se entera de la muerte de su tan querido Simón.

FUENTE

El escultor venezolano Alejandro Colina y su obra "Negra Matea" en el taller

Antonia Esteller Camacho Clemente y Bolívar, quien fue pedagoga y escritora, redactó una biografía de Matea en la que señala que al llegar a la casa de Juan Vicente Bolívar, padre del Libertador, Matea fue bien recibida por la esposa María de la Concepción Palacios y Blanco, al lado de la cual aprendió con esmero el arte culinario y donde sus postres se hicieron muy famosos.

Cuando se supo en Caracas la muerte del Libertador, acaecida en Santa Marta - Colombia, el 17 de diciembre de 1830, Matea compartió con la familia la gran pena que los agobiaba.
Matea vivía, entonces, en la casa de María Antonia Bolívar Palacios, quien era casada con Pablo Clemente y Palacios. A la muerte de ésta, la negra vivió con la hija de María Antonia, Valentina Clemente de Camacho.

La gente en Caracas se asombraba de la longevidad de Matea, quien acompañó al entonces Presidente de la República Antonio Guzmán Blanco, cuando trasladaron los restos del Libertador desde la Catedral de Caracas hasta el Panteón Nacional, el 28 de octubre de 1876. Matea tenía entonces 103 años.
Muerte de Maria Teresa del Toro 
(La negra Matea acompaña a Bolívar en tan doloroso momento)

“Cuando algún caballero venía a visitar la casa, Matea lo confundía siempre con algunos de los personajes de la Independencia, así es que no lo anunciaba sino con el nombre de Montilla o Sucre o cualquier otro general de tan alta talla”, escribió Antonia Esteller Camacho Clemente y Bolívar, quien asegura que la negra justificaba sus malas palabras diciendo que las había aprendido de José Tomás Boves (comandante del Ejército Real), cuando la batalla de San Mateo (1814).


Matea murió en Caracas a la edad de 112 años y seis meses, el 29 de marzo de 1886.
FUENTE


LA NEGRA HIPÓLITA, NODRIZA DEL LIBERTADOR




Escultura del parque "Negra Hipólita" en la ciudad de Valencia, Edo. Carabobo

Por: Carmelo Paiva Palacios

PRESENTACIÓN
El presente trabajo fue publicado, por primera vez, en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Tomo LXXVII, Nº 307, Caracas, Agosto-Septiembre de 1994, en las páginas 130-138 y la página 147.
Ese mismo año de 1994 fue editado, en forma de folleto, con el sello de la “Librería Estelar” de Caracas. Ahora, esta tercera edición, a 180 años del regreso triunfal del Libertador Simón Bolívar (por última vez en vida) a su ciudad natal. Transcurridos 244 años del nacimiento y 172 de la desaparición física de la negra Hipólita, nodriza del Libertador. Se trata íntegramente del texto dado a conocer en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia; aunque se agregaron unas pequeñas notas al pié de página con el fin de explicar, especialmente, el nombre homenajeado y precisar el lugar del fallecimiento del Libertador.


I.- EN EL DINTEL DE LA GLORIA
La grandeza de una persona tiene su medida y equivalencia en la obra que le haya correspondido participar. Una humilde mujer que pudo haber pasado inadvertida se agiganta en el tiempo por haber contribuido en la crianza de un personaje de inmensa significación en la construcción de las naciones del continente americano. La negra Hipólita es recordada por su papel de nodriza de Simón Bolívar, el Libertador. Ella desempeñó a cabalidad el trabajo que le correspondió en los primeros años de la vida de quien es reconocido por la historia como Libertador y Padre de cinco naciones en la América del Sur.
Hipólita fue uno de los pilares principales que sostiene el escenario de los primeros años de Bolívar y dejará indelebles señales porque está comprobado que en la psicología de un hombre participa activamente todo lo que le rodea en la niñez. Entre los pocos personajes del recuerdo de años infantiles que aparecen mencionados en los escritos de Bolívar destaca la figura de la negra Hipólita, a la que considera y reconoce como madre y padre.
Es imprecisa la fecha de su nacimiento y se da por probable el 13 de agosto del año 1763, en San Mateo1, localidad del hoy Estado Aragua, y bautizada con el nombre inscrito en el santoral católico2 para conmemorarse en el mencionado día. Esclava de la familia Bolívar Palacios en la hacienda “El Ingenio”3 en San Mateo; pero la vida rutinaria de trabajo en su lar nativo se suspende cuando, en los días finales del mes de julio de 1783, se le trae a Caracas para que sirva de nodriza a un niño recién nacido en la casa de sus amos, vendrá a desempeñar la obra que significará su grandeza y hará perdurable su nombre.

En los tiempos de zafra, es decir de cosecha en una hacienda, si era necesario incrementar el número de trabajadores, los amos acostumbraban trasladarlos desde alguna otra propiedad. Es así como Mateo, también siervo de la familia Bolívar, oriundo de la hacienda “Santo Domingo de Macaira” localizada en la jurisdicción del cantón Caucagua, conoce, se enamora y contrae matrimonio con la joven Hipólita. Ella estará en fecha de parto al momento de nacer el cuarto hijo de doña María de la Concepción Palacios de Bolívar.
Durante una década cesará de su ocupación ordinaria en la hacienda y estará en forma exclusiva al cuidado y crianza del niño Simón. Ella desde joven fue buena como jinete, por lo tanto no representará ninguna dificultad impartir las primeras lecciones de cómo montar y jinetear a un niño que con el correr de los años cabalgará las distancias y caminos más sorprendentes que pueda imaginarse.
Hipólita era una mujer sencilla, ordenada, que ponía su empeño y tezón en atender cabalmente las tareas que le fuesen asignadas. Respetuosa y fiel, valiente y abnegada servidora que ganó merecidamente la confianza de sus amos.
Bolívar decreta y concede la libertad a los esclavos casi desde el comienzo de la lucha independentista y después, en 1821, a los pocos que le quedaban. Pero la negra Hipólita sigue fiel porque era un lazo de amor y agradecimiento mutuo el que la unía a esa excepcional familia.



II.- SU PAPEL DE NODRIZA
El cuarto hijo del matrimonio formado por el coronel don Juan Vicente Bolívar y Ponte, y doña María de la Concepción Palacios y Blanco, nace en Caracas el 24 de julio de 1783. La madre es muy joven todavía (se había casado el primero de diciembre de 17734, ya para cumplir la edad de quince años por haber nacido el 9 de diciembre de 1758); sin embargo, no puede amamantarlo pues se tiene que alejar del niño a la presentación de los síntomas de la grave enfermedad del pecho que años después la llevará a la tumba. Por unos pocos días el niño fue alimentado por la vecina y amiga de su madre, doña Inés Mancebo de Miyares5 (esposa de don Fernando Miyares González, quien después fue gobernador nombrado por el Rey para la Provincia de Maracaibo a principios del siglo XIX y, más tarde, Gobernador o Capitán General de Venezuela).
Pocos días después de nacido, se traerá desde San Mateo a una joven esclava negra que en esos días también había sido madre. Se trata de Hipólita, joven de unos veinte años rebosantes de buena salud, de agraciada estampa, alta, bien formada y ágil, con opulentos senos que desde entonces y hasta bien crecido alimentarán al niño Simón. Era de por sí una significativa distinción para una esclava el que le correspondiera amamantar a los hijos de sus amos. En el caso de Hipólita la situación es por demás singular porque le corresponderá suplir las faltas del padre y de la madre.
El 18 de enero de 1786, a los sesenta años de edad, muere el padre y queda huérfana esa familia de niños (María Antonia, 9 años; Juana, 7; Juan Vicente, 5; y Simón, 3 años), con una madre de precaria salud que sólo le sobrevivirá seis años, pues morirá en 1792 cuando contaba la edad de treinta y cuatro años6. De modo que antes de cumplir los nueve años, Simón había perdido a sus progenitores y tendrá que conformarse con el afecto maternal y la constante magnificencia de su esclava nodriza.
Hipólita no solamente hizo de madre alimentándolo, sino que como fiel y abnegada servidora de la familia se encargó completamente del niño dirigiendo y cuidando sus primeros pasos, enseñándole las primeras palabras, sustituyendo al padre y compensando los mimos que la madre enferma no podía prodigarle. Efectivamente, ella se consagró al pequeño Simón exclusivamente y sobrepasa en su desempeño la responsabilidad que como nodriza le correspondía.
Comprobación de ello es el reconocimiento que le hace Bolívar ya adulto cuando la llama madre y en carta dirigida a su hermana María Antonia refiriéndose a Hipólita expresa: “su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella”.
Después de la muerte de doña María de la Concepción, ese mismo año contraerán matrimonio las dos hermanas7: María Antonia con don Pablo Clemente y Palacios, el 22 de octubre de 1792; y dos meses más tarde, Juana con don Dionisio Palacios y Blanco. El niño Simón queda bajo la potestad y tutorías de su abuelo don Feliciano Palacios8 y de su tío Carlos Palacios, y encargados de su educación en diferentes momentos figuran9, principalmente, el Padre capuchino Francisco de Andujar, Licenciado Miguel José Sanz y don Simón Rodríguez. Pero la abnegada negra Hipólita siempre estará cumpliendo su papel, y evitará que sea mayor el trauma psicológico que pudo ocurrirle al niño al perder a sus padres en tan tierna edad. Se había ido a vivir con María Antonia y por eso el chico se fugaba de la casa de sus tutores y buscaba refugio en el hogar de su hermana mayor, donde encontraba las caricias y el regazo de su nodriza.
Disfrutaba las innumerables narraciones fantásticas y la protección y apoyo a sus infantiles travesuras.



III.- INFLUENCIA EN LA FORMACIÓN DEL CARÁCTER DE BOLÍVAR.
Lo amaba como a un hijo propio y al mismo tiempo lo respetaba como a un amo. La falta de los cuidados naturales que doña Concepción, la madre debilucha ya y prematuramente agotada no podía prodigarle, fue compensada con creces por los mimos excesivos y amorosos de la esclava.
No hubo capricho ni solicitud que la fiel y abnegada negra Hipólita no estuviera pronta a satisfacer, ni antojo al cual escaseara la disposición de darle gusto. Esta circunstancia es por demás importante y significativa para la formación del alma del futuro Libertador. Resulta fácil suponer que desde entonces se creyó con derecho a mandar y a ser obedecido. Es muy probable que, desde aquellos momentos, entendió la satisfacción de todos sus deseos como un hecho normal y natural no sujeto a controversias. El torrente impetuoso de las energías de una raza fuerte, como era característica de la familia Bolívar, encontró en las facilidades y mimos de su infancia canales expeditos, en los cuales sus fuerzas vitales aprendieron a vivir vertiéndose hacia fuera, saboreando desde temprano los encantos del mundo exterior. Su personalidad se va desarrollando robustecida por un profundo sentimiento de optimismo, que le será decisivo en las singulares luchas de su vida excepcional.
Son muchas las crónicas y noticias que se refieren a sus años infantiles donde abundan en anécdotas sobre los caprichos y singularidades que se observaban en el menor de los Bolívar, en ellas se le presenta como el niño voluntarioso y difícil de soportar, en la espera de que quienes le rodeaban estuvieran dispuestos a someterse a sus deseos so pena de despertar las intemperancias del fuerte carácter que todos reconocerán desde sus años juveniles hasta los postreros de su existencia terrena.
El inmenso amor que Hipólita sentía por Simón Bolívar es correspondido firmemente por éste. Son múltiples las muestras de ello en palabra y acción. Valga recordar, por ejemplo, las tiernas palabras donde el Libertador menciona a “su” madre Hipólita, precisando a su hermana María Antonia que “no he conocido otro padre que ella”10. A ese amor lo acompaña la permanente y fiel disposición de la servidora. Ella sabía ocupar muy bien su lugar y estaba en todo tiempo y con dedicación total a atender sus necesidades y caprichos para evitar que fuese a crecer con resentimientos o traumas ante la falta de calor y apoyo paterno del que carecerá desde una muy corta edad.
Se criará Simón Bolívar en un ambiente de amor, respeto y aceptación de gentes negras y blancas, ricos y pobres, amos y esclavos. Ese ambiente y la gran contribución de Hipólita, será también crisol donde se moldeará el espíritu, el modo de ser y actuar del futuro paladín de la libertad del continente. Es por ese ambiente y formación que con toda pujanza “defiende a los chiquito, a los negrito, a los blanquito, contra el grandulón”, como escribe en un poema Andrés Eloy Blanco11.
Es preciso reconocer que Hipólita no solamente hizo de madre alimentándole, sino que se encargó completamente del niño dirigiendo sus primeros pasos, sustituyendo al padre que faltó en 1786. Efectivamente ella se consagró al pequeño Simón exclusivamente. No lo abandonó un momento. Vigorosa y joven, con toda la intensa afectividad de su raza, fue bien acogida entre la numerosa esclavitud de la familia Bolívar-Palacios para el oficio de nodriza de Simón, oficio que ella cumplió con esa capacidad de entrega leal y rotunda de que es capaz la raza negra. Pues en ninguna otra raza se da aquella disolución del propio yo en aras de otro afecto, la entrega plena de una vida a otra existencia como si la propia no tuviera un fin distinto.



IV.- CON BOLÍVAR EN LA LUCHA.
No estará presente cuando, tras la fulgurante Campaña Admirable12, regresa el general Simón Bolívar a la capital de Venezuela el 7 de agosto de 1813 y es aclamado y reconocido con el título de “Libertador”, porque la negra Hipólita vive trabajando en la Hacienda San Mateo. Pero al saber que su amo ha salido a combatir, viene solícita a acompañar al ejército bolivariano en los enfrentamientos de finales de septiembre de 1813 en Puerto Cabello13, en la Batalla de Araure del 5 de diciembre, en la que el Libertador Bolívar obtiene uno de sus mayores triunfos frente al ejército conjunto de los feroces jefes realistas coronel José Yañez y general José Ceballos. Será mayor la participación de Hipólita en los hechos guerreros que en febrero y marzo tienen como escenario a San Mateo14 con costosos triunfos que el ejército comandado por Bolívar se acredita sobre las fuerzas que responden al mando de los sanguinarios generales realistas José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales.

Se multiplicaba la valentía y arrojo de la nodriza del Libertador: Pendiente y dispuesta a atender a su amo en lo que se refiere a su alimentación, al lavado y planchado de sus ropas; pero también al mismo tiempo prestando ayuda, socorriendo y dando ánimo a los heridos. ¡Cómo de útil para todos esos menesteres le resultaba su experiencia de buena jineteando caballos, adquirida en los años de su juventud!
La vida de la guerra no era lo que más le atraía. Estaba allí más por admiración a Bolívar, por el orgullo que sentía ante la valentía y don de mando mostrado, a la edad de treinta años, por quien de niño se alimentó de su pecho y cuyo carácter contribuyó a formar. Corto pero intenso fue el tiempo en que Hipólita está presente con Bolívar participando en lucha por la independencia. Era como una especie de inseparable asistente, quien desafiaba peligros y seguía a su hijo de crianza con heroica decisión, con integral apego, en vigilancia contra posibles atentados. Hipólita se multiplicaba, se tornaba beligerante, abría sus blancos ojazos en seguimiento asiduo del infatigable capitán. Iba y venía de un sitio a otro para consolar viudas que acababan de perder a sus maridos, animar a los desalentados y a los vacilantes, reanimar a los acobardados, infundir a todos la fe y la esperanza en la hora fatal del vencimiento.
En los años posteriores no volverá a estar con Bolívar en el campo de batalla15. Ella se queda en San Mateo y cuando esta hacienda deja de estar bajo la administración directa de los Bolívar, se radicará en Caracas, en la jurisdicción de la Parroquia San Pablo y tendrá su casa en un barrio situado donde está hoy día la urbanización El Silencio.



V.- DE BOLÍVAR PARA HIPÓLITA
La distancia no era óbice para que el Libertador se mantuviese pendiente y preocupado por atender la situación de su siempre querida Hipólita. Estando en Guayaquil, el 29 de mayo de 1825 envía una carta a su sobrino Anacleto Clemente encargándole que del producto del arrendamiento de la Hacienda San Mateo se pase mensualmente “treinta pesos para que se mantenga mientras viva”16. Debió ser éste un ingreso permanente que asegurara el sostener un nivel de vida más que regular; sin embargo, consideraciones que no vienen al caso en esta oportunidad, lo hacen inexistente pasado cierto tiempo. Tan pronto como recibe noticias de la irregularidad, escribe a su hermana María Antonia desde el Cuzco, el 10 de julio de 1825 diciéndole: “te mando una carta de mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiere, para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche ha alimentado mi vida y no he conocido otro padre que ella”17.
Cuando vuelve a Caracas en busca de frenar el movimiento que años después significará la separación de Venezuela de la Gran Colombia, toma personalmente providencias en beneficio de su antigua nodriza que ahora rebasa los sesenta y cuatro años; y antes de partir instruye por escrito, el 2 de julio de 1827, a su hermana María Antonia con una especial recomendación para que del dinero que quedaba en su poder entregara a Hipólita cuarenta pesos. Meses después María Antonia le escribirá al Libertador, desde San Mateo, explicándole los motivos18 que le imposibilitaron a cumplir las órdenes que le dejara en favor de Hipólita.
Otra demostración de la preocupación del Libertador está en la carta dirigida en septiembre, desde Bogotá, a su amigo caraqueño José Ángel Álamo. Precisamente, el 3 de noviembre de 1827, Hipólita Bolívar envía una carta al mencionado señor Álamo en los siguientes términos: “Mi estimado señor: He recibido una carta de mi amo Simón, fecha 21 de septiembre de Bogotá en que me dice que me recomienda a su merced para que me supla la suma de 30 pesos mensualmente. Creo que su merced lo verificará y espero que su merced tendrá la bondad de contestarme lo más pronto posible, porque estoy muy necesitada y debiendo mucho, porque desde que mi amo se fue no he recibido ni medio de mesada. Me alegraré que su merced se halle sin novedad y mande a su humilde servidora”19.
La instrucción dada era que se podía librar contra el Libertador por la pensión de un año, más o menos. Álamo cumple con la solicitud y prueba de ello es que el 19 de diciembre de 1827 en carta enviada desde Bogotá le dice: “Muchas gracias, mi querido Álamo, por la bondad con que Ud. Ha atendido la recomendación que le hice a favor de la viejita Hipólita: no esperaba menos de la buena amistad de Ud.”20.
Hipólita, en Caracas, vivía en el número 5, tercera casa hacia la izquierda, de la calle de La Amargura en la Urbanización El Silencio.
Nunca abandonada ni arropada por la miseria. Allí era visitada por María Antonia Bolívar, su hija Valentina Clemente de Camacho y por las hijas de ésta. Allí vivirá hasta la fecha de su fallecimiento. Por cierto que esa su casa es derribada a finales de julio de 1942 para la reurbanización de El Silencio; la puerta de dicha casa era de tablero o cuadritos de buena fabricación y fue donada a la Casa Natal del Libertador por el Banco Obrero (el doctor Diego Nucete Sardi, Director Gerente de dicho Banco hace la entrega y la recibe el señor Emilio Beiner a nombre del doctor Vicente Lecuna)21. Dicha puerta una vez restaurada; pero dejándole todo su aspecto antiguo, con la clara certeza de constituir un recuerdo de valor histórico, fue colocada en una pared de la izquierda de la Casa Natal, que era donde vivían las mujeres del servicio22.

Detalle del bautizo del Libertador, en brazos de la Negra Hipólita

VI.- BOLIVARIANOS Y CONTRARIOS
Desde el año 1825 ya está tomando cuerpo el sentimiento que traerá la desintegración de la obra unificadora del gran Libertador. En Venezuela, el 30 de abril de 1826, las tropas y autoridades de la ciudad de Valencia reconocieron a Páez como Jefe Militar, y pocos días después tanto Caracas como el resto del país le reconocieron como único Jefe. El 7 de noviembre una asamblea popular reunida en Caracas propuso la separación de Venezuela de la Gran Colombia y el reconocimiento de Páez como Jefe Civil y Militar. Las plazas de Cumaná, Angostura y Maracaibo eran fieles al gobierno constitucional y reconocían por única autoridad legítima la del Libertador.
Al tener Bolívar noticia de la gravedad de la situación, puesto que parecía aproximarse una guerra civil, se pone en marcha hacia Venezuela.
Llegó a Maracaibo, sigue a Coro, Puerto Cabello, Valencia y Caracas. El retorno de Bolívar cambia el panorama hostil que antes prevalecía.
El miércoles 10 de enero de 1827 es la entrada triunfal en Caracas23.
Los caraqueños lo reciben con entusiasmo y cariño (arcos de palmas verdes, guirnaldas y banderolas dan a las calles un aspecto de feria; las ventanas, balcones y plataformas temporales estaban repletas de damas que lanzaban flores de todas clases y agua de rosas sobre los héroes). Al pasar cerca de la Catedral reconoce a su nodriza en la numerosa y apiñada población que le vitorea. Los tantos años y vicisitudes que habían transcurridos no habían causado mella en su memoria. Tanto la recordaba que la distingue entre la multitud y presuroso desciende del coche en que viajaba atravesando el tumulto de personas para abrazarse de su vieja Hipólita. Lágrimas de gozo y con cuánta alegría y emoción responderá la nodriza a tan especial demostración de afecto. En los días siguientes de los seis primeros meses de ese año, es decir hasta julio, Hipólita sentirá la satisfacción y añorada cercanía del gran hombre a quien, en su etapa vital de lactante alimentara con su pecho, sus manos sostuvieron la debilidad de sus inaugurales pasos, enseñara a reconocer y pronunciar las primeras palabras, guiara en sus juegos infantiles y patrocinara sus travesuras de inocente.
Pero el Libertador retorna a Bogotá24 y como consecuencia de las intrigas palaciegas y envidias de “una banda de tránsfugas, que nunca hemos visto en los combates” (como los califica en una magistral carta que envía a Páez desde Coro fechada el 23 de diciembre de 1826), vuelve a renacer en Caracas y en casi toda Venezuela el sentimiento antibolivariano, alimentado hasta por quienes ejercen funciones gubernamentales. Ese ambiente hostil se convierte en insoportable calvario para aquellos convencidos de la nobleza del sentimiento patriótico y del desprendimiento que anima al Padre de la Patria.
La negra Hipólita siempre estuvo presente y dispuesta a la defensa contra las frecuentes calumnias, críticas implacables o adversos enjuiciamientos que todo el mundo se creía autorizado para lanzar contra un jefe en desgracia, especialmente quienes en la prosperidad se aprovecharon de sus favores.



VII.- SUS ÚLTIMOS AÑOS
Hipólita es ferviente bolivariana. Son más de sesenta años de vida dedicada en sentimiento y acción a cultivar el cariño por la familia Bolívar que es la suya, no sólo por llevar con orgullo ese noble apellido, sino por su convencimiento de la pureza presente en las acciones de “su hijo” Simón y lo descalificado por pérfidos que son quienes siembran y sostienen el sentimiento antibolivariano en nuestro país.
Los achaques propios de una sexagenaria son acrecentados por el inmenso dolor que lacera su alma ante la ingratitud de los caraqueños y los gobernantes para con el hombre que con mayor desprendimiento y entereza se ha sacrificado por el bien de la patria. Son como golpes que van mellando el filo de un espíritu fuerte. Ella no está sola. Vive acompañada de sus descendientes y con la constante visita y cuidados de María Antonia Bolívar, de su hija Valentina Clemente de Camacho, de las hijas de ésta y otras amistades integrantes de la familia Bolívar que tienen palpables gestos y muestras de sincero cariño a la que fue siempre fiel y abnegada servidora integrada a la familia. Con verdadero interés escuchan de sus labios narraciones de sucesos vividos en tiempo ya remotos o de las travesuras del niño Simón.
La noticia de la muerte del Libertador, ocurrida25 en Santa Marta, Colombia, el 17 de diciembre de 1830 es destacada en algunos panfletos que circulan en Caracas con expresiones que por denigrantes retratan a cuerpo entero la bajeza de sus autores. La mezquindad de unos pocos pero que ejercen influencias en el poder público venezolano, aumenta la amargura del cáliz que en esa hora beben los amigos y familiares del Abel americano. Pero es mayor ese acíbar para la abnegada negra Hipólita, cuya leche alimentó el inicio de su vida y con su amor y entrega contribuyó a modelar el grandioso espíritu y la avasalladora voluntad de los cuarenta y siete años de vida terrena de Simón Bolívar, del moderno Macabeo que vaticinara, cuando recién nacido lo tomó en sus manos, el buen sacerdote don José Félix de Xerez y Aristeguieta, miembro influyente de la familia, poco antes del momento de su bautizo.
La abatía también el triste recuerdo de cuando le correspondió atender en su enfermedad y momentos postreros a la frágil figura de María Teresa Rodríguez del Toro, la juvenil esposa que trajo Bolívar desde España para formar hogar en su hacienda de San Mateo. La fiel vieja Hipólita no olvidaba que la muerte frustró su deseo de acunar en su regazo a la descendencia del chico que alimentó de su pecho, en papel de nodriza.
Poco a poco se fue mermando su energía vital. Lo que no disminuyó nunca fue su sincero amor por Bolívar y su responsabilidad en sentimientos y prácticas de la religión católica. En su propio hogar y en la Iglesia de San Pablo dedicaba tiempo prolongado para la oración y su tranquilidad espiritual.
Exhala su último suspiro el día veintiséis de junio de mil ochocientos treinta y cinco, con avanzada edad y próxima a cumplir setenta y dos años.
El jueves 25 de junio de 1835, durante el día y toda la noche fueron de copiosas lluvias. Las nubes se desgranaban y el agua que caía en la ciudad se reflejaba y parecía a las lágrimas de los familiares que velaban los momentos postreros de la negra Hipólita Bolívar, la nodriza del Libertador.
El viernes 26 que era día de luna nueva, y también el sábado 27, fueron días soleados y hermosos, muy apropiados para acompañar, sin prisa, el triste cortejo hasta su última morada. Fue después de las ocho de la noche del sábado cuando volvió a diluviar.
En el folio 47 vuelto, del tercer libro de entierros generales para asentar las partidas de los adultos y párvulos que fallecieron en la Parroquia de San Pablo de la ciudad de Caracas, desde 23 de diciembre de 1833 hasta el 26 de septiembre de 1839, se inserta una con el tenor siguiente: “En la ciudad de Caracas a veintisiete de junio de mil ochocientos treinta y cinco, yo el infraescrito Teniente de Cura de la Parroquia de San Pablo di sepultura eclesiástica con entierro rezado al cadáver de Hipólita Bolívar, adulta, viuda de Mateo Bolívar, recibió los Santos Sacramentos de penitencia, el sagrado viático y extrema unción y para que conste lo firmo, Jacinto Madeleine”.

VIII.- BIBLIOGRAFÍA
EDUARDO BLANCO: Venezuela Heroica. Editorial Diana, México.
R. BLANCO FOMBONA: Mocedades de Bolívar, Editorial Nuevo Mundo
ANDRÉS ELOY BLANCO: La Juanbimbada. Editorial Cordillera, Venezuela.
SIMÓN BOLÍVAR: Obras Completas. Editorial LEX, La Habana, Cuba, 1947.
Diario “AHORA”. Caracas, Venezuela.
Diccionario de Historia de Venezuela. Ediciones Fundación Polar, Caracas Venezuela.
JOSÉ GIL FORTOUL: Historia Constitucional de Venezuela. Ediciones del Ministerio de Educación. Caracas, Venezuela.
INDALECIO LIEVANO AGUIRRE: Bolívar. Ediciones de la Presidencia de la República y de la Academia Nacional de la Historia. Caracas, Venezuela.
AUGUSTO MIJARES: El Libertador. Edición de la Academia Nacional de la Historia y Presidencia de la República. Caracas, Venezuela.
SIR ROBERT KER PORTER: Diario de un diplomático británico. Ediciones Fundación Polar. Caracas, Venezuela.

NOTAS
1 Población perteneciente a la Provincia de Caracas que fue fundada el 30 de noviembre de 1620.
2 San Hipólito (13 de agosto), un mártir de la Iglesia Católica que vivió en el siglo III. En tiempos del emperador Maximiano, murió en la isla de Cerdeña y su cuerpo, años más tarde, fue llevado al Cementerio de la Vía Tiburtina y enterrado frente a la tumba del Diácono San Lorenzo.
3 Situado en terrenos de la que fue, desde finales del siglo XVI, encomienda otorgada a don Simón Bolívar el viejo (o sea que dicha hacienda perteneció a la familia Bolívar durante más de 350 años. En 1827 el Libertador señala en una carta que su hermana María Antonia estaba pensando en venderla. Así que fue vendida a particulares. Posteriormente, en tiempos del gobierno de Juan Vicente Gómez, fue adquirida por éste.
4 Según consta en el folio 200 del libro 8º de matrimonio de blancos llevado en la Catedral de 1746 a
1782.
5 Así lo recordará el Libertador, por ejemplo, en carta de agosto de 1813, desde Caracas, al coronel J. A.
Pulido, Gobernador de Barinas, y también en carta al coronel J. Félix Blanco, Intendente del Orinoco,
dirigida desde Caracas el 28 de junio de 1827.
6 Había nacido el 9 de diciembre de 1758 (hija de don Feliciano Palacios y Sojo, y doña Francisca Blanco
y Herrera); y fallece, también en Caracas, a los primeros días del mes de julio de 1792.
7 Los pretendientes eran sus primos hermanos: la madre de Pablo Clemente (doña María Petronila
Palacios y Sojo) era tía abuela de María Antonia. Por su parte, el padre de Dionisio Palacios (don
Bernabé Francisco Palacios y Gil de Arratia) era hermano del abuelo por vía materna de Juana. Por ello
debieron solicitar y obtener las dispensas o autorizaciones formalmente otorgadas por las autoridades
eclesiásticas.
8 Ya anciano y enfermo; antes de su fallecimiento en diciembre de 1798, designará para tutores de sus
nietos a: don Juan Félix Palacios y Blanco para el primogénito (Juan Vicente), y para Simón el tío
Esteban, pero como éste se hallaba en España, será el hermano don Carlos Palacios y Blanco.
9 También, entre quienes fueron sus maestros caraqueños, pueden citarse como educadores a: Carrasco y
a Vides, en lecciones de escritura y de aritmética; a Fray Jesús Nazareno Zicardia, al presbítero José
Antonio Negrete, profesor de Historia y de Religión; Guillermo Pelgrón, preceptor de Latinidad; y
lecciones de Historia y de Geografía que le dio Andrés Bello.
10 Carta enviada desde El Cuzco, en 1825.
11 Reláfica de la Negra Hipólita, Nodriza de Bolívar. En el libro “La Juanbimbada”.
12 Bolívar había sido autorizado por el Congreso de Nueva Granada, el 30 de marzo, para invadir a
Venezuela, y conduciendo su ejército sale de Cúcuta (Colombia) el 14 de mayo de 1813 y tras seguidos
triunfos durante cuatro meses (especialmente en Cúcuta, Mérida, Trujillo donde firma el Decreto de
“guerra a muerte”, y Taguanes) llega a su ciudad natal. Valga recordar que en Valencia encontrará una
comisión ( el marqués de Casa León, el presbítero Marcos Ribas, Francisco Iturbe, Felipe Fermín Paúl y
José Vicente Galguera) enviada por el Capitán General Manuel del Fierro para ajustar y firmar las
cláusulas de una capitulación.
13 Bolívar se propuso tomar la Plaza de Puerto Cabello, porque por este punto podían los españoles recibir refuerzos. Pide ayuda a Mariño por mar y por tierra, pero éste no acude a tiempo; entonces, como Reyes Vargas está en Calabozo con más de mil hombres, Bolívar ve el peligro y divide sus tropas: envía seiscientos hombres al mando de Manuel García de Sena, contra Reyes Vargas, y con el resto pone sitio a Puerto Cabello. El 29 de septiembre en las afueras de Puerto Cabello combatirá contra Domingo Monteverde y el siguiente día triunfará en la Batalla de Bárbula sobre el ejército realista que dirigía el coronel Remigio Bobadilla.
14 El 23 de febrero de 1814, diez días después de la heroica defensa de La Victoria por el general José Félix Ribas, acampó Bolívar con su estado mayor y con su guardia en el pueblo de San Mateo. Establece su cuartel general porque es un punto estratégico para vigilar los movimientos del poderoso ejército enemigo reconcentrado en la Villa de Cura. Para el 26 de febrero, las fuerzas patrióticas reunidas en San Mateo ascienden a mil quinientos infantes, con cuatro piezas de campaña de grueso calibre y seiscientos jinetes. Los días 26, 27 y 28 los patriotas dirigidos por Bolívar triunfan sobre los realistas a cuyo frente está el general José Tomás Boves; los días 1º y 2 de marzo en los combates ocurridos en la hacienda de San Mateo. Del 4 al 9 en el sitio de las alturas de San Mateo, las derrotas las sufre el general Francisco Tomás Morales. Los días 16 y 17 de marzo las fuerzas de Bolívar triunfan sobre Boves en el camino de San Mateo. El 20 nueva batalla en San Mateo y el día 25 otra en las alturas de San Mateo triunfando Bolívar en ambas contra el sanguinario José Tomás Boves.

15 Es de recordar que desde junio del año 1814 hasta marzo del año 1816, el Libertador Simón Bolívar no
estará guerreando en territorio venezolano. Después de la “Emigración” hacia el oriente de Venezuela, el
8 de septiembre sale Bolívar desde Carúpano con rumbo a Cartagena, desde allí a las islas del Caribe
(Jamaica, Haití) y en marzo de 1816 viene a Margarita con su expedición libertadora.
16 Obras completas de Simón Bolívar, tomo I, Editorial LEX, La Habana, Cuba, 1947. (p. 755, carta a
Anacleto Clemente).
17 Op. Cit. (p. 1124, carta a María Antonia Bolívar).
18 Por cierto que el Libertador Simón Bolívar le escribe a su hermana, el 20 de diciembre de 1827,
diciéndole que ha quedado satisfecho con los motivos que le había comunicado.
19 Op. Cit. Tomo II (p. 173, carta autógrafa de Hipólita que se encuentra en la colección de Arístides
Rojas).
20 Op. Cit. (p. 229, carta a José Ángel Álamo).
21 Información del diario “AHORA”, Caracas, sábado 1-8-1942.
22 Valga hace notar que, la Negra Hipólita, en su papel de nodriza ocupaba una habitación situada
después del Oratorio familiar, es decir, distante de las habitaciones de los demás servidores.
23 Por las polvorientas calles de Palo Grande y de San Juan (que desde ese momento recibirá el nombre de “Calle del Triunfo”), en un coche de paseo tirado por dos caballos y precedido por las autoridades constituidas, rodeados de oficiales, edecanes, etc. En Antímano se habían incorporado a la vistosa comitiva, los jinetes del “Escuadrón de Lanceros”, la guardia personal de Páez.
24 El 6 de julio parte, camino a La Guaira. Algunos de sus amigos le acompañan al muelle. Entre ellos se encuentran: el coronel Ayala, Gobernador de La Guaira; su Estado Mayor, general Pedro Briceño Méndez, el señor José Rafael Revenga, los coroneles Wilson y Santana, el doctor Charles Moore, su médico personal; y los diplomáticos Sir Robert Ker Porter y John Williamson, de Inglaterra y de Estados Unidos de Norteamérica, respectivamente. Embarca en la fragata inglesa “Druid” que comanda el capitán Ernie Chambers y antes del mediodía zarpa con destino a Cartagena.

25 En la quinta de San Pedro Alejandrino, propiedad de don Joaquín de Mier, y localizada a pocos
kilómetros de la ciudad que fue fundada en 1525 por Rodrigo de Bastidas y es capital del Departamento
de Magdalena. Había llegado a Santa Marta a las siete y media de la noche del 1º de diciembre y el día 6
se traslada en coche a la propiedad del español llamado Joaquín de Mier. El día 10 recibió, del obispo de
Santa Marta, doctor José María Esteves, los Santos Sacramentos. 

 FUENTE
LA NEGRA HIPÓLITA, NODRIZA DEL LIBERTADOR
EDICIONES LIBRERÍA ESTELAR

CARACAS, 2007.